Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Una isla legendaria

Derroteros oceánicos de la Nao de China
Ilustración tomada de exploramex.com

Para reseñar la historia de Clipperton hay que remontarse a la época en que España buscaba afanosamente una ruta al lejano Oriente. Cristóbal Colón dio el primer paso al descubrir el continente americano, al que inicialmente confundió con las entonces llamadas Indias, luego siguió el descubrimiento del océano Pacífico y la conquista de los pueblos americanos. El Imperio español, ávido de las especias asiáticas, no vaciló en encontrar una ruta desde sus nuevos territorios en América; es así como fueron descubiertas todas las islas del Pacífico mexicano, incluida una muy rasa y pequeña, que los marinos hispanos nombraron Médano, palabra que literalmente significa duna o bajo de arena.

            Hay varias versiones acerca del descubridor del atolón, algunas refieren que fue Fernando de Magallanes, el famoso navegante lusitano al servicio de la Corona Española, que dicen la encontró en 1521 y la llamó San Pedro. No obstante, la versión más fidedigna, por ser además la mejor documentada, refiere que en el año 1526, el capitán Álvaro de Saavedra, cumpliendo una encomienda de Hernán Cortés y en ruta a las islas Molucas disputadas por España y Portugal descubrió un cayo con un farallón en el extremo sureste, al que más tarde bautizaron como Médano. Por su proximidad con la ruta entre México y Perú, pero sobre todo porque servía de referencia para encontrar la corriente marina que facilitaba la navegación hacía Filipinas Corriente Ecuatorial del Pacífico el atolón fue anexado de inmediato a las posesiones de la Nueva España.

            En 1564, cuatro naves capitaneadas por los ilustres marinos vascos, Miguel López de Legaspi y Andrés de Urdaneta, partieron a la conquista de las Filipinas. La bitácora de aquel épico viaje asienta que de Barra de Navidad (Jalisco) se dirigieron hacia el puerto de Acapulco y desde ahí enfilaron al suroeste hasta las inmediaciones de Médanos (Clipperton), un islote que otros marinos usaron como referencia para virar al oeste y de esa forma aprovechar la corriente que atraviesa el océano Pacífico hasta el archipiélago de las Marianas y la isla de Guam. La histórica expedición marcó el inicio de La Nao de China o Galeón de Manila, nombre como también se les conocía genéricamente a los barcos que realizaban esa travesía y que durante el resto de la época colonial unieron al Imperio español con Asia.

            Establecida la ruta de ida, Urdaneta se esforzó por encontrar el camino de regreso o tornaviaje, que finalmente descubrió en 1565, navegando desde Manila hacia el archipiélago japonés, de donde viró rumbo al oriente para aprovechar la Contracorriente Ecuatorial que atraviesa el ancho Pacífico hasta California y luego bordeando la costa hasta la bahía de Acapulco. Precisamente por esa razón los marinos de La Nao conocieron muy bien la ubicación de todas las islas mexicanas en el Pacífico, incluidas las arrebatadas por Estados Unidos frente a la Alta California y por supuesto la sureña Médanos (Clipperton), pues todas se encontraban más o menos próximas a sus rutas.

            Plata, porcelana, marfil, perlas, artesanías, seda, algodón, especias, cacao, vino, aceite de oliva, papa, camote y granos, entre otras valiosas mercaderías, eran transportadas por La Nao. Tales riquezas pronto despertaron el interés de temibles piratas, principalmente holandeses e ingleses, que hoy se sabe utilizaban las islas mexicanas para emboscar a los vulnerables galeones españoles. Uno de aquellos bucaneros era el capitán inglés Jonh Clipperton, famoso por haber encabezado un motín en contra del célebre navegante, explorador y corsario, William Dampier. Desde 1705 el capitán Clipperton utilizó Médanos como escondrijo para atacar a los galeones provenientes de Acapulco y creyéndose descubridor del atolón, lo bautizó como C. John Clipperton´s island, según consta en cartas de navegación británicas de la época.

            En 1711 el capitán Michel du Bocage, marino mercante francés, se aproximó a la isla e igual que el capitán Clipperton, creyó haberla descubierto; entonces procedió a situarla geográficamente y la bautizó como Ile de la Possession, que en francés significa isla de la posesión; frase que, probablemente traducida de forma errónea, originó el otro nombre con el que también se le conoce: Isla de la Pasión.

            Circunstancias como las anteriores, sumadas a los constantes reportes de descubrimientos falsos, causaron confusión entre cartógrafos europeos de la época, que consideraron la existencia de una isla diferente a Médanos (Clipperton), sin darse cuenta que en realidad se trataba de la misma.

            En 1821 España reconoció la independencia de México en los Tratados de Córdoba y con ellos le heredó las posesiones correspondientes a la Nueva España, incluido el atolón en cuestión; tal como se puede comprobar en el primer mapa oficial mexicano, elaborado en 1825 por mandato del presidente Guadalupe Victoria. Sin embargo, la remota isla era como hoy un lugar inhóspito y sin ningún valor aparente, motivo por el cual durante muchos años permaneció sin llamar la atención.
           
            A mediados del siglo XIX los ingleses revolucionaron las técnicas agrícolas utilizando el guano, compuesto orgánico que procede de las excretas de aves marinas y que por sus altas concentraciones de ácido fosfórico, potasio y nitrógeno resulta un magnífico fertilizante para los cultivos. ¿Y dónde creen que había gran cantidad de guano?

            En 1854, el gobierno del ingenuo presidente Antonio López de Santa Anna concesionó a una compañía franco-mexicana la explotación de los entonces valiosos depósitos de guano distribuidos en todas las costas e islas de México, exceptuando las islas Marías. Sin embargo, la empresa concesionaria siempre tuvo problemas con antagonistas norteamericanas, que ilícitamente o bajo argucias legales explotaban el guano dentro del territorio mexicano. Decepcionados por tal situación, los franceses relacionados a la compañía, que además conocían perfectamente el potencial guanero de Clipperton, viajaron a Francia para revelar la ubicación de la isla y proponerle al mismísimo emperador Napoleón III apoderarse de ella para explotarla. De esa forma fue como el gobierno francés ordenó enviar el buque mercante LAmiral, en el cual, sin desembarcar, el teniente de navío Victor Le Coat de Kerwéguen levantó un acta de posesión de la ínsula a favor de Napoleón III y sus herederos.

            A pesar de todo, Francia nunca hizo por ocupar Clipperton. En cambio, en 1892 la empresa Oceanic Phosphate Co. de San Francisco (California) se instaló sigilosamente en el atolón, bajo el argumento que entonces permitía a los ciudadanos estadounidenses ocupar y explotar cualquier isla guanera, siempre y cuando no le perteneciera a ningún país (The Guano Islands Act). Pero en 1897 el gobierno de México se enteró de que extranjeros explotaban sin autorización los valiosos recursos naturales de Clipperton y de inmediato envió el buque cañonero Demócrata para averiguar qué ocurría. Al llegar a las proximidades, el comandante Teófilo Genesta advierte la bandera estadounidense y, considerando el acto una afrenta, envía un bote con hombres armados para que expulsen a los intrusos de territorio nacional. En la acción el pequeño bote se volcó al cruzar las furiosas rompientes. Los marinos, sin embargo, lograron llegar a la playa, pero en el incidente perdieron sus armas y la enseña nacional.

            Desde el Demócrata, el comandante Genesta observó cómo su gente obligó a los intrusos (dos alemanes y un inglés) arriar la bandera extranjera y envío otro bote para auxiliarlos y reponer la bandera mexicana perdida en la volcadura, pero nuevamente el oleaje les impidió llegar a la costa. Entonces un valiente marino, de nombre Julián Santos, se arrojó al agua llevando consigo el lábaro patrio y nadando cruzó las turbulentas aguas infestadas de tiburones, hasta llegar a la playa. Fue así, el 14 de diciembre de 1897, que el primer teniente Rafael Pereyra izó la bandera de México en Clipperton.
          
          Al enterarse de dichos acontecimientos, el gobierno francés presentó por primera vez a México sus pretensiones sobre el atolón, basándose únicamente en el acta de posesión levantada cuarenta años atrás por la tripulación del L’Amiral. Ante tal amago, el gobierno del general Porfirio Díaz decidió reforzar sus actos de soberanía en la isla y en abril de 1898 concesionó la explotación guanera de Clipperton a la Pacific Islands Co. Ltd., de Londres (Inglaterra). Meses más tarde ordenó la instalación de un destacamento militar permanente y la construcción de un faro.

           Por aquellos años el auge económico del guano había decrecido significativamente, por lo que a muchos sorprendió el repentino interés galo por un atolón que, además de pertenecerle históricamente a México, se ubicaba a 4 mil kilómetros de las colonias francesas en la Polinesia. Cuál sería entonces la razón de tanto interés. La respuesta, obviamente, estaba en Centroamérica, donde en ese momento Francia construía un canal a través del istmo de Panamá, con el cual se unirían los océanos Pacífico y Atlántico. Obra colosal que sin duda revolucionaría la transportación marítima, ahorrando mucho dinero y tiempo a las navieras. Clipperton entonces cobraba un especial interés estratégico para los franceses, ya que podría utilizarse como punto de reabastecimiento, principalmente en las rutas entre el canal y los puertos de Norteamérica y la Polinesia.

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