Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Probablemente la última isleña

Mirada de Margarita

Por lo investigado, sabíamos que en julio de 1917 los sobrevivientes de Clipperton fueron rescatados por un barco de la marina estadounidense que los llevó a Salina Cruz y que algunos se quedaron a vivir en la zona del golfo de Tehuantepec. Por supuesto aprovecharíamos nuestra breve estancia para buscar cualquier información al respecto. Al día siguiente, desayunamos temprano y enseguida tratamos de localizar al cronista de la ciudad, a quien desafortunadamente no encontramos, ya que se encontraba de viaje en la capital oaxaqueña. Sin embargo, en la plaza principal Adela le preguntó a un anciano si sabía algo sobre la Isla de la Pasión y grande fue la sorpresa cuando le respondió que en el puerto vivía una señora muy mayor, que algunos decían era de allá. Sin pensarlo dos veces le preguntamos dónde encontrarla y corriendo fuimos a buscarla. 

            A unas pocas calles de ahí encontramos la casona que habita quien podría ser la última mexicana viva nacida en Clipperton. Con mucha emoción, y sobre todo curiosidad, llamamos a la puerta. El trío de ingenuos esperábamos que abriera una adorable viejecita, que ávida de compañía nos invitaría a pasar para narrarnos su historia. Lamentablemente no ocurrió así, quien nos recibió fue una muchacha de nombre Alejandra, que luego de oír el motivo de nuestra visita dijo: 

            A la que buscan es a mi bisabuela, pero será imposible que platiquen con ella, pues ya es muy grande y a consecuencia de una enfermedad perdió el habla. 

            Entonces el padre de la joven, don Antonio Sánchez, se acercó para presentarse. Le explicamos los detalles de la expedición que iniciaríamos en unas horas y amablemente accedió a platicarnos lo poco que sabía de su abuela, quien posiblemente nació en Clipperton, la Isla de la Pasión, donde creen quedó huérfana.


            ¿Doña Margarita era uno de los niños rescatados por el barco Yorktown? Preguntó Adela.


            Tal vez respondió don Antonio, quien aclaró que la infancia de su abuela siempre había sido un misterio.



            Nunca conocimos a nadie de su familia, aunque ella siempre aseguró que tenía una tía en la capital del país. El único documento oficial que posee es su acta de matrimonio, fechada en 1930, que dice es oriunda de Acapulco. Lo poco que la familia sabe de la abuela nos lo platicó un amigo suyo que falleció hace como treinta años y que siempre dijo que ella era de la isla. ¿Pero cómo saberlo? Concluyó don Antonio.

            ¿Quieren conocerla? Preguntó.

            Ya imaginarán nuestra respuesta. Caminamos unos metros hacia el patio interior de la casa y allí, sentada en una silla mecedora, con la cabeza inclinada y la mirada perdida, estaba doña Margarita Pérez.

            ¿Qué edad tiene? Preguntó Juan.

       Creemos que noventa y cuatro años contestó Alejandra, mientras acariciaba cariñosamente a la consumida ancianita.

            Luego se agachó y viéndola a los ojos le dijo:

            Mira Marga, tienes visitas que quieren saber dónde naciste. 

            Haciendo un gran esfuerzo la señora levantó su cabeza y nos miró.

¿Viene mucha gente a verla? Pregunté.

            A veces. Hace como año y medio vinieron unos señores de la capital y preguntaron lo mismo que ustedes comentó Alejandra.

            Durante algunos minutos permanecimos observando a la enigmática señora, barajando las posibilidades de que fuese una de las sobrevivientes de Clipperton o uno de los niños que regresaron en el último viaje del barco mexicano de reabastecimiento. Quizá nunca lo sabremos. Finalmente nos despedimos de los Sánchez y regresamos al hotel para recoger nuestras cosas, ya que se aproximaba el momento de hacernos a la mar.

            Mientras Juan gestionaba los últimos trámites en la Capitanía de Puerto, Adela y yo dedicamos la tarde a conocer el centro de Salina Cruz y encontramos datos interesantes:

            El nombre de Salina Cruz es alusivo a una cruz de madera sobre las salinas, que se dice encontraron en el lugar los primeros exploradores españoles. La población se ubica en la costa oeste del Golfo de Tehuantepec, a 270 kilómetros de la ciudad de Oaxaca. Fue en este lugar donde el conquistador Hernán Cortés mandó construir los barcos con los que más tarde se descubrirían la península de Baja California y la isla Socorro.

            En el año de 1907 el presidente Porfirio Díaz inauguró aquí la línea ferroviaria que, a través del istmo de Tehuantepec, unió al océano Atlántico desde el Puerto de México, hoy Coatzacoalcos, con el océano Pacífico.

            En los astilleros de Salina Cruz se han construido algunos de los barcos más grandes y modernos de la Armada de México, entre ellos el buque multipropósito Zapoteco, el cual entró en operaciones en 1986 y que yo prácticamente estrené en 1988, cuando participé en la expedición del Club de Buceo Poseidón a Isla Socorro.

            Actualmente Salina Cruz es un importante puerto de altura y cabotaje, preponderantemente utilizado por la industria petrolera. Desde aquí, por medio de buques tanque, se abastecen de combustible puertos y termoeléctricas instaladas a lo largo de la costa del Pacífico de nuestro país. Desgraciadamente, por esa misma razón, en el lugar se perciben cicatrices causadas por derrames de la paraestatal petrolera PEMEX. Pese a ello, el puerto y sobre todo sus alrededores son muy bonitos.

            Al anochecer, ya reunidos con Juan, recibimos la llamada de Ray indicando que el Albatrus entraría a puerto aproximadamente a las ocho de la noche, por lo que deberíamos estar una hora antes en la Capitanía de Puerto para abordarlo. Con nerviosismo nos apresuramos a las oficinas de dicha dependencia, donde personal de la Administración Portuaria Integral (API) revisó nuestros papeles y equipaje. Terminado el trámite nos sentamos en el muelle a esperar.

            Justo a la hora programada vimos las luces del barco aproximarse al puerto interior, a medida que eso sucedía aumentaba la emoción…

            ¡Es enorme! Dijo Adela.  

            Juan y yo, sin decir palabra, únicamente observamos atentos las maniobras de atraque. A continuación la tripulación bajó la escalinata y autoridades del puerto subieron a bordo para realizar la inspección rutinaria.

            Transcurridos unos minutos, alguien desde cubierta nos invitó a subir, enfilamos por la escalinata y con el tradicional Bienvenidos a bordo fuimos recibidos por Román Aceves, primer oficial del navío, y Ray González, líder de la expedición. De inmediato nos condujeron hasta nuestras cabinas, donde dejamos el equipaje y posteriormente nos acompañaron a conocer el barco y su tripulación. Al final del recorrido llegamos al puente para presentarnos con Laurent Pichard, capitán del barco, quién nos dio algunas indicaciones.

            Debido a que el Albatrus recargaría combustible, sería hasta la madrugada cuando emprenderíamos la travesía, entonces alguien sugirió que había tiempo para ir a cenar al puerto. Sin embargo, debido a cuestiones migratorias, la tripulación no podía bajar a tierra, así que los mexicanos nos solidarizamos y permanecimos a bordo.

            Como antes mencioné, el barco tiene una tripulación operativa de doce personas, todos europeos, y en esta ocasión, además viajaríamos veinte expedicionarios: tres estadounidenses, dos japoneses, doce europeos y tres mexicanos. El idioma oficial en el barco es el francés, pero afortunadamente, de las treinta y dos personas en total a bordo, más de la mitad hablaban español y además nuestra compañera Adela resultaría una excelente interprete, ya que domina el idioma galo.

            Durante la espera, expedicionarios y tripulación nos reunimos en cubierta para conversar sobre el viaje y los objetivos de los diferentes grupos participantes. No obstante, el tema se centró en las experiencias vividas por algunos tripulantes en la isla de Sumatra, en Indonesia, donde un terrible terremoto y posterior maremoto mataron a un cuarto de millón de personas. Por sus relatos nos enteramos que cuando el Albatrus participaba en la colocación de una red de boyas sismológicas para detectar tsunamis, la tripulación encontró cadáveres flotando en diferentes puntos frente a la costa.

             "Había tantos muertos en tierra, que las autoridades indonesias no se preocupaban por rescatar los cuerpos devorados por el mar. Vimos escenas dantescas", comentó uno de los tripulantes al tiempo que mostraba fotografías.

            Finalmente, cerca de la media noche, la mayoría se retiró a dormir. Juan y yo hicimos guardia en cubierta a petición del capitán para apoyar al personal que vigilaba el abastecimiento de combustible. Permanecimos despiertos hasta las tres de la mañana, hora en que sonó una sirena que alertaba a la tripulación para zarpar.

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