Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Piratas del siglo XXI

Aletas de tiburón

Al término de las dos horas de navegación lenta solicitadas por los geólogos, la tripulación regresó a bordo a Jonás y el barco reanudó la navegación a velocidad crucero. Por temor al mareo, esa noche muchos expedicionarios preferimos permanecer en cubierta respirando aire fresco hasta que el sueño nos venciera. Cuando nos distraíamos viendo las estrellas, por los altavoces el capitán Pichard pidió que los mexicanos nos presentáramos en el puente, rápidamente acudimos y cuando llegamos nos mostró algo interesante: en la pantalla de radar se observaban cuatro puntos que correspondían a barcos ubicados al noroeste de nuestra posición, dentro de la Zona Económica Exclusiva (ZEE) de Isla Clarión. El radio operador Ferdinan explicó que de acuerdo a sus códigos radiales y en especial a algunas emisiones que había escuchado, podía tratarse de barcos japoneses o coreanos que seguramente estaban pescando ilícitamente en aguas mexicanas.

            A diferencia de Clipperton, desde 1979 Clarión está permanentemente habitada por un destacamento naval que le da a México cabal derecho sobre la ZEE de 200 millas náuticas (370 kilómetros) alrededor del territorio insular, tal como lo refiere la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR).

Muy enojada, Adela le pidió a Ferdinan le proporcionara los códigos de radio de los barcos para denunciarlos ante las autoridades mexicanas. El radio operador los anotó en un papel y se los entregó. Sin embargo, todos sabíamos que entre los pesqueros piratas el uso de códigos falsos es práctica común, lo que hace imposible su identificación. La única forma de detenerlos es interceptándolos físicamente.
            Aprovechando la experiencia del primer oficial Aceves, quien alguna vez trabajó como tripulante en un barco atunero, Juan le preguntó:

            ¿Qué estarán pescando?

            Existen dos posibilidades contestó.

            La primera es que sean barcos atuneros que pescaron durante el día y ahora se mantienen cerca de los cardúmenes para continuar mañana. O bien, pueden ser barcos tiburoneros, que previamente tendieron sus líneas y esperan para recogerlas.

            Al igual que en Clipperton, las cálidas aguas de los alrededores del archipiélago de Revillagigedo son sumamente ricas en recursos pesqueros, destacándose varias especies de atún, tiburón y picudos. Lamentablemente, en los últimos años dicha abundancia ha decrecido de forma significativa por la sobreexplotación. Además para nadie es un secreto que flotas pesqueras extranjeras, principalmente de países asiáticos y centroamericanos, se aprovechen de la lejanía y de la escasa vigilancia que prevalece en esa y otras regiones marítimas del Pacífico, correspondientes a la ZEE de México.

            Las flotas atuneras, incluida la mexicana, persiguen a los peces mediante sofisticados equipos de sonar; utilizan tecnología satelital para rastrear las corrientes y temperaturas en la superficie marina, en donde es más probable encontrar los bancos de atún. Además, cuentan con helicópteros para localizar visualmente los cardúmenes y coordinar los lances. El método básicamente consiste en acorralar a los peces mediante un sistema denominado red de cerco. Es importante señalar que en el proceso eventualmente ocurre lo que en el medio se conoce como captura incidental de especies asociadas al atún, que se refiere a otros animales, como pueden ser tiburones, tortugas y sobre todo delfines, los cuales suelen convivir con los grandes cardúmenes de atún.

            Por desgracia, la captura incidental de delfines generalmente termina con la muerte del animal, situación que ha servido de excusa para que el gobierno de Estados Unidos boicotee comercialmente al atún procedente de México (embargos atuneros); una medida injusta, toda vez que la mayor matanza de delfines 250 mil individuos en un año fue ocasionada por los propios atuneros estadounidenses antes de que su flota se retirara del Pacífico Oriental. De cualquier forma, dichos embargos han propiciado que la Flota Atunera Mexicana desarrolle métodos de captura que en la actualidad disminuyeron la mortandad a menos de 1500 delfines al año.

            La verdad es que aun cuando México se esfuerza en evitar las muertes incidentales, los embargos son manejados de acuerdo a los intereses comerciales gringos. En ocasiones son levantados durante algún tiempo, pero después vuelven a ser aplicados con el argumento de que el producto mexicano no puede obtener el etiquetadoDolphin Safe, certificación estadounidense que supuestamente le garantiza al consumidor la protección de los delfines durante la pesquería.

            Por otro lado, la pesca del tiburón se realiza principalmente utilizando líneas largas (palangres o cimbras), que son cables con miles de anzuelos cebados que pueden llegar a medir decenas de kilómetros. Mediante esta técnica se captura tiburón de forma masiva, pero también atún, toda clase de picudos y frecuentemente tortugas. Este tipo de pesquería se realiza mediante barcos que durante el día extienden la línea o palangre y después de una noche la recogen.

            Aceves explicó que los tiburoneros se las arreglan de muchas formas para pescar en jurisdicciones que no les corresponden; las mañas más utilizadas son: aprovechar la oscuridad de la noche para tender sus líneas largas en las zonas prohibidas e inmediatamente después regresar a aguas internacionales; al día siguiente, igualmente por la noche,  incursionan en el área y recogen la captura. O bien, tienden las líneas dentro de la zona prohibida durante la noche y desde aguas internacionales las recogen. La explicación me hizo recordar lo que años antes escuché de “Juanito”, un amigo lanchero de Los Ayala, Nayarit. Él era un asiduo pescador deportivo de dorados (Coriphaena hippurus) y sostenía que en una salida de pesca, a no más de 50 millas (93 kilómetros) de la costa, había encontrado un palangre que de acuerdo a su experiencia difícilmente habría sido mexicano, ya que además de ser bastante largo, estaba fabricado con un fino cable de acero inoxidable y en una de sus boyas tenía antenas y dispositivos electrónicos muy sofisticados, con inscripciones que él supuso eran japonesas.

            Otro sistema para pescar tiburón son las redes de enmalle (trasmallos o redes de deriva), las cuales en algunos casos llegan a medir hasta dos kilómetros de largo y cincuenta metros de profundidad. Los ambientalistas califican a estas redes como paredes de la muerte por ser una técnica no selectiva y altamente depredadora que, además de las especies comerciales, atrapa y mata: aves, tortugas, lobos y elefantes marinos, tiburones, rayas, manta-rayas, picudos, marsopas, delfines y hasta ballenas. Vergonzosamente en México cientos de embarcaciones siguen usando esta técnica asesina para capturar tiburón, ya que las instancias gubernamentales responsables”, no han emitido todavía la norma que regula la pesquería del tiburón y que incluye la prohibición de las redes de deriva.

            Resulta paradójico que México, el país que posee el santuario ballenero más grande del mundo, que cuenta con una legislación que protege a todos sus mamíferos marinos y a siete de las ocho especies de tortuga marina que existen en el planeta, aún permita el uso de redes de deriva, las mismas que están prohibidas en países que aún cazan ballenas por ser consideradas arcaicas y peligrosas para la ecología.

            Todos los años en los mares mexicanos, principalmente durante el invierno, es común encontrar ballenas enmalladas en redes de deriva; unas aparecen muertas y otras lesionadas por la misma causa.  Cabe mencionar que las ballenas enredadas suelen hundirse ahogadas. Los expertos estiman que por cada animal enmallado que se reporta en superficie hay dos muertos en el fondo del océano. Un trágico ejemplo del daño que causan los métodos de pesca no selectivos en nuestro país es la marsopa conocida como vaquita marina (Phocoena sinus), pequeño cetáceo endémico del Mar de Cortés que se encuentra al borde de la extinción; ya que tan sólo unas decenas de ejemplares subsisten con muchas dificultades en una pequeña región del Alto Golfo de California.

            Regresando a la pesca del tiburón, estudios recientes ubican a muchas especies en una situación delicada, precisamente por la sobreexplotación de la que son objeto. Aproximadamente 100 millones de tiburones, rayas y manta-rayas son sacrificados en el mundo cada año. Muchos únicamente por sus aletas, las cuales son utilizadas para elaborar la tristemente celebre sopa de aleta, un popular platillo oriental con supuestas propiedades afrodisíacas. De hecho, hay pescadores especializados únicamente en las aletas, ellos cortan los apéndices y desechan el resto, práctica conocida como aleteo “shark finning”. Algunas veces los escualos desmembrados son arrojados al mar todavía vivos e imposibilitados para nadar, se hunden y mueren cruelmente.

            Los científicos pronostican que de mantenerse las actuales tasas de explotación de peces con esqueletos cartilaginosos (escualos), para el año 2017 se habrán extinguido 20 especies. En ese sentido cabe mencionar que en los últimos 15 años las poblaciones de todas las especies de tiburón han decrecido al menos 50 por ciento. En México un indicador muy claro son las capturas registradas por las propias autoridades en los Anuarios Estadísticos de Pesca, los cuales reportan que en los lugares donde tradicionalmente se ha practicado la pesquería de tiburón, la disminución de capturas, en promedio, supera el 65 por ciento.

            Contrariamente al mito hollywoodense, los tiburones son mucho menos peligrosos de lo que nos han hecho creer. Son seres vitales para los ecosistemas marinos y muy delicados por ser longevos, madurar lentamente y por tener pocas crías tras un largo periodo de gestación. Precisamente por esas razones varias especies se encuentran en una situación de total desequilibrio, puesto que están siendo capturadas mucho más rápido de lo que pueden reproducirse.

            Ante estas cifras, resulta extraño que las autoridades responsables aún no hayan regulado la pesquería del tiburón. Pensando mal, quizá existan manejos turbios para mantener retenida la Norma Oficial Mexicana PROY-NOM-PESC-029, relativa a la pesca responsable de tiburón y especies afines, misma que de ser emitida, seguramente afectará intereses económicos de peces gordos; empresas y funcionarios corruptos que se enriquecen a costa de pesquerías destructivas e insostenibles.

            Al respecto, creo que uno de los peores errores de la administración del presidente Fox fue desincorporar de la Secretaría de Medio Ambiente (SEMARNAT) a la Comisión Nacional de Pesca (CONAPESCA), la cual fue trasladada a la Secretaría de Agricultura (SAGARPA) y con dicho movimiento aumentó el descontrol oficial sobre la actividad pesquera nacional. Para comprobarlo basta echarle un vistazo a un par de estudios publicados en 2004, el primero correspondiente a la Carta Nacional Pesquera, donde se advierte que en general el 90 por ciento de las pesquerías estaban al límite de aprovechamiento o en deterioro y el segundo, del Instituto Nacional de Geografía Estadística e Informática (INEGI), que indica a 364 especies comerciales en niveles de aprovechamiento máximo y a otras 102 sobreexplotadas. Además de otro indicador contundente: a pesar de que la flota pesquera mexicana cuenta cada vez con más barcos de altura y mejor tecnología, las producciones anuales han decrecido o, en el mejor de los casos, solamente se han mantenido. 
           
          Esa noche, Adela decidió permanecer frente al radar, observando el movimiento de los barcos furtivos con la esperanza de recabar información suficiente que ayude a combatir los abusos de piratas modernos que depredan nuestros mares.

No hay comentarios:

Publicar un comentario