Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

La primera aventura

Tiburón sedoso
Foto: Alex Chernikh

A mediodía, después del almuerzo, bajé al laboratorio del barco donde encontré a Rocío e Isidore analizando algunos fragmentos de coral que obtuvieron en su último buceo. Acompañados de los biólogos Ramón María y Marcela Suárez, habían realizado por lo menos tres inmersiones alrededor de la isla. Justo cuando llegué recordaban un incidente con tiburones de los conocidos como Galápagos (Carcharhinus galapagensis). Según contó Rocío, un par de tales animales permanecieron a su lado durante todo el buceo, observando con mucha curiosidad cómo extraían muestras coralinas del fondo. Obviamente lo curioso para mí era oírlos tan tranquilos después de que ese par de bichos los habían custodiado mientras hacían su trabajo.

            ¿Entonces han visto muchos tiburones? Pregunté. 

            Menos que en otras ocasiones contestó desilusionado Isidore.

            Y luego me preguntó:

            ¿Bucean los mexicanos esta tarde con nosotros?

            Por supuesto respondí fingiendo mucha seguridad.

            Desde el primer día en el atolón, el tema de sobremesa siempre fueron los mentados tiburones. Todos, incluso los que no buceaban, los habían visto; algunos durante los viajes en lancha, otros cuando pescaban en cubierta o caminando desde la playa. Así que la emoción de bucear paulatinamente se convirtió en preocupación y aún más cuando Juan nuestro temerario compañero de plano se rajó”, argumentando en broma que él no bucearía con escualos porque era necesario garantizar que uno de los tres mexicanos terminara la expedición para relatar lo ocurrido. A pesar de ello, Adela y yo sabíamos que si no aprovechábamos la oportunidad luego nos arrepentiríamos, así que nos dimos ánimo y seguimos firmes con la decisión de bucear esa tarde.

            Previo al gran momento, Jim Watson, fotógrafo subacuático de la expedición, mostró un video que en ese momento editaba. Se trataba de su buceo del día anterior ¿y qué creen? Los protagonistas no eran tiburones, sino bellísimas formaciones coralinas y peces multicolores de arrecife. Aquellas imágenes ayudaron a relajarnos un poco.

            Alrededor de las 3:30 p.m., Rocío nos dio la orden de prepararnos y enseguida subimos a la cubierta de lanchas con el resto de los expedicionarios que bucearíamos; Isidore asignó las parejas e hizo algunas recomendaciones. La inmersión sería en la pared exterior de la barrera noroeste de la isla, lugar en el que ya habían buceado. La consigna fue: Entramos todos juntos y salimos todos juntos. Luego dio algunas instrucciones en francés a los tres buzos que llevaban los “bastones espantatiburón. 

            ¿Qué dijo? Le pregunté a Adela.

            Es mejor que no sepas respondió nerviosa.

            Al bajar a los botes inflables, la adrenalina me fluía como nunca, pero a pesar de ello sentía tranquilidad porque mi pareja era Rocío, sin duda y como dicen los españoles, una experimentada submarinista. Además, Adela venía en el mismo bote y bucearía con el segundo oficial Cardan, quién era el encargado de todas las operaciones subacuáticas de la expedición. En la otra embarcación subieron Isidore y el fotógrafo Jim, acompañados de Didier, Paul y Fermín, cada uno de ellos con bastones espantatiburón.

            A medida que nos alejamos del Albatrus el estrés aumentaba, sobre todo para los mexicanos, que muy atentos en la preparación de los equipos intentábamos mantener la calma. El trayecto hasta el sitio de buceo nos llevó unos diez minutos, en el punto de inmersión los lancheros colocaron los botes proa con proa, nos equipamos y entre bromas nerviosas entramos al agua. Los primeros en arrojarse fueron los buzos que llevaban los bastones e inmediatamente después todos los demás. Al momento de caer al agua mi corazón se desbordaba, no dejaba de repasar mentalmente los incidentes con tiburones que había leído en la historia del atolón. Pero bajo la superficie del mar todo cambió, me sorprendió el azul del agua y la impresionante visibilidad, claramente distinguíamos los manchones coralinos en el lecho marino a 70 pies de profundidad (21.2 metros). Al descender, poco a poco, la belleza natural del entorno submarino de Clipperton me envolvió, al grado que la preocupación por los escualos desapareció.

            En el fondo fuimos recibidos por un numeroso grupo de peces lora o napoleones (Chilinus undulatus), una vistosa especie cada vez menos frecuente debido a la sobreexplotación de que ha sido objeto. En el cardumen destacaba un enorme ejemplar macho, que con sus fuertes dientes incisivos, en forma de pico de loro, roía las puntas calcáreas del coral en busca del diminuto pólipo, o pulpa coralina, que es la base de su alimentación. Decenas de pequeños peces de arrecife acompañaban a los napoleones, compitiendo por los despojos.

            El ambiente submarino de Clipperton es especial precisamente por la Corriente Ecuatorial que lo abastece de organismos marinos de otras latitudes. Las estructuras arrecifales del atolón, muchas de las cuales sobresalen de la superficie cuando baja la marea, están integradas por algunas variedades que únicamente podemos encontrar al sur del Ecuador. Varios son los factores que favorecen el desarrollo del delicado ecosistema submarino clippertoniano, uno de ellos es la temperatura del agua, que a lo largo del año se mantiene, en promedio, a 25 grados centígrados, pero tal vez el principal es que se encuentra lejos y relativamente ajeno al factor humano.

            Los arrecifes de coral los podemos encontrar en todos los mares tropicales del planeta, es el ecosistema más rico y biodiverso que existe, inclusive superior a las densas selvas húmedas, donde en una pequeña área coexisten infinidad de organismos.

            Se puede decir que el coral es un ente simbiótico, es decir, que está compuesto por dos organismos que coexisten y progresan en equilibrio: el pólipo, perteneciente al reino animal, y el alga, al vegetal. El pólipo tiene la capacidad de absorber el calcio del agua para construir un exoesqueleto con intrincadas formas arquitectónicas que le sirven de hogar al alga. En reciprocidad el alga le brinda protección y alimento al pólipo. Ambos, agrupados en colonias, crean estructuras arrecifales que a su vez son hábitat de infinidad de especies.

            Como les comenté anteriormente, el coral es un organismo sumamente delicado y además de muy lento crecimiento. Sin embargo, en algunas regiones del planeta y después de muchísimo tiempo, ha llegado a constituir grandes barreras de miles de kilómetros de longitud, como la de Australia, la más grande del mundo. En nuestro país el coral se distribuye en pequeños arrecifes en el océano Pacífico, de regular tamaño en el golfo de México y un gran sistema arrecifal discontinuo en el Caribe, que se extiende hasta Honduras, siendo este el segundo más extenso del planeta.

            Inmediatamente después de llegar al fondo enfilamos rumbo a la pared exterior del arrecife, ubicada como a 30 metros del lugar en el que nos habíamos reunido; durante el trayecto Jim accionaba indiscriminadamente su cámara, aprovechaba que la fauna marina del atolón tolera que los buzos se acerquen a centímetros. Las lámparas de su equipo además nos permitieron disfrutar del exuberante colorido submarino. En eso estábamos, cuando se me ocurrió voltear hacia mi costado derecho; lo primero que vi fue la cara de Adela, su expresión denotaba terror. Inmediatamente pensé: ¡ya llegaron! Pero cuando dirigí la mirada a la izquierda... ¡sorpresa! Una pareja de sigilosos delfines mulares (Tursiops truncatus) nadaba a nuestro lado. Jim apagó las luces de su equipo e intentó acercárseles; pero tras unos segundos, los animales se alejaron.

            Por un momento creí que en esa inmersión no veríamos nada más, ya que desde mi niñez había escuchado la frase que dice: Donde hay delfines no hay tiburones y la verdad, hasta ese día creía en ella. Sin embargo, lo que presenciamos a continuación la convirtió en una tremenda falacia. Para empezar un tiburón sedoso (Carcharhinus falciformis) tan largo como una persona, apareció de la nada y se aproximó tanto, que Jim pudo tocarlo. Isidore y Cardan nos indicaron que bajáramos a un pequeño claro arenoso entre las formaciones coralinas. Así lo hicimos y de rodillas sobre el fondo nos agrupamos para admirarlo. Luego llegaron otros dos y tal como los hemos visto en los documentales de televisión, empezaron a dar vueltas alrededor de nosotros. Maravillado por sus estilizadas siluetas y majestuosos movimientos, más que miedo, me sentí afortunado de poder disfrutar la presencia de esas maravillosas criaturas.

            Por encima, dentro del círculo que describían los tiburones, la pareja de delfines apareció de nuevo. Increíblemente, ni los escualos, ni los mamíferos marinos se mostraron preocupados los unos de los otros, aunque eso sí, nunca se acercaron tanto entre ellos, como lo hicieron con nosotros.

            La mayor parte del buceo permanecimos admirando el extraordinario espectáculo. Habían transcurrido aproximadamente 25 minutos y el segundo oficial Cardan revisó el aire que nos quedaba y luego hizo la señal para subir. Lentamente iniciamos el ascenso, todos juntos, tal como se había planeado nos dirigimos a la superficie. En el proceso los escualos se quedaron en el fondo, pero los delfines nos siguieron. Al emerger, los botes rápidamente se aproximaron rápidamente y los lancheros, visiblemente exaltados, nos apresuraron a salir del agua. Cuando uno de ellos señaló hacia el sureste entendimos el porqué de su preocupación. Una nube negra como la noche se apreciaba del otro lado de la isla. Apenas subimos a las embarcaciones comenzó la lluvia, al principio moderada, pero al poco tiempo se desató un diluvio, que aunado a fuertes rachas de viento nos impidió ver el barco, ubicado aproximadamente a una milla (1.8 kilómetros), y lo que era peor, tampoco veíamos la costa. Por fortuna, los experimentados marineros y las brújulas de los equipos de buceo nos ayudaron a volver al Albatrus con seguridad.

            El viento provocó que durante algunos minutos lloviera horizontalmente, por ello los buzos nos sentíamos más cómodos con los trajes de neopreno puestos. Durante el regreso, los delfines siguieron a los botes y su compañía en cierta forma nos relajó. Luego vimos el barco y todos respiramos más tranquilos, aunque para ese entonces el mar había embravecido y la maniobra para que los buzos subiéramos a bordo se convirtió en todo un desafío.

            Primero se acercó nuestra lancha, Adela y Rocío se apresuraron a subir por la puerta de embarque, donde ya las esperaban los marineros. Las olas y el movimiento del barco complicaban muchísimo la maniobra, pero afortunadamente en el primer intento las dos lograron subir; luego se acercó la otra lancha y todos los buzos con sus equipos abordaron. Siguió nuestro turno y a pesar de algunos malabares, lo logramos. De inmediato el contramaestre Müeller puso el brazo de la grúa a estribor para subir los botes que permanecían en el mar y en una maniobra digna de una exhibición de destreza náutica, subió las dos lanchas, al mismo tiempo y con sus respectivos lancheros.

            A bordo del Albatrus el nerviosismo de la tripulación era evidente, más aún porque en tierra permanecía un importante contingente y el helicóptero. Preocupado por la situación, el capitán Pichard ordenó encender el motor principal del barco por si fuera necesario alejarse de la costa. Simultáneamente, Marc, el meteorólogo de la expedición, desplegó un extraño instrumento en la cubierta de proa, que luego nos explicó servía para medir la presión atmosférica, la precipitación pluvial y la velocidad del viento durante las tormentas.

            En el puente, Ferdinan, el tripulante encargado de las comunicaciones y el pronóstico del tiempo, se encontraba totalmente desconcertado ante las imágenes del Doppler (radar meteorológico), el cual mostraba como responsable de la repentina tormenta a una nube cuya base era inferior a un kilómetro de diámetro, pero que se desplazaba con gran poder huracanado.

            Durante la crisis, Marc explicó a los expedicionarios que Clipperton se encuentra en una de las regiones con mayor inestabilidad atmosférica del mundo, de hecho, la precipitación promedio anual en la isla oscila entre los 3 mil y 5 mil milímetros por metro cuadrado, un fantástico volumen de agua dulce que de alguna forma explica el porqué pudieron sobrevivir las mujeres y los niños rescatados por el Yorktown. Otro dato relevante de la zona es que por allí pasan la mayoría de las tormentas tropicales del Pacifico Nororiental.

            Marc pronosticó que en un par de horas todo volvería a la normalidad; pero a pesar de su tranquilizador argumento, el capitán decidió alejar al Albatrus de las rompientes; ordenó subir el ancla y despejar la cubierta, a continuación giró el buque, de modo tal que la proa quedó en dirección contraria a la isla y empezamos a avanzar lentamente. El segundo oficial Cardan reunió a todos en la sala de estar, tomó lista y luego por radio se comunicó con el grupo en tierra para determinar quiénes estaban allá.

            Entre tripulantes y expedicionarios, doce personas se quedaron en el atolón: los radioaficionados que permanecían en su campamento, camarógrafos y naturalistas que hacían filmaciones cerca del farallón, y los geólogos, a quienes acompañaba Juan mientras exploraban la costa norte del lago interior. Cardan les hizo saber de la maniobra que realizaría el barco y les pidió reunirse en el campamento.

            Era impresionante cómo las nubes obscuras se movían rápidamente y el viento rompía las crestas del embravecido oleaje; además, los destellos y el sonido de los relámpagos eran intimidantes. Admirar tal poder natural nos hizo reflexionar nuevamente sobre las terribles condiciones en las que debieron vivir los miembros de la guarnición mexicana, quienes seguramente soportaron tempestades mucho peores.

            La tormenta amainó una hora después. No obstante, el mar seguía muy picado y por tal motivo el capitán decidió permanecer lejos de la isla.

            Casi al anochecer, el helicóptero regresó al barco con equipo científico delicado e inmediatamente volvió a tierra llevando víveres para los expedicionarios, que obligadamente tendrían que pernoctar en el atolón.

            A pesar de que no pudimos salir a cubierta por obvias razones, a través de las ventanillas vimos una memorable puesta de sol: justo antes del ocaso, el astro rey apareció en el horizonte, entre un hueco que dejaron las nubes de la tormenta que se disipaba al noroeste, el cielo se iluminó en tonos pastel, mientras a lo lejos, rayos y centellas aderezaron el bellísimo atardecer. Luego cayó la noche y lentamente la mar se tranquilizó.

Pasadas las 22:00 horas, la plataforma de popa se iluminó y minutos más tarde escuchamos al Eol que aterrizaba; en él regresaban el primer oficial Aceves y Diana Noble, naturalista francesa que había sufrido una caída en la zona del farallón. Jean Pierre, el médico de a bordo, la recibió y casi de inmediato le diagnosticó un esguince de tobillo. Inconsolable, la joven científica rompió en llanto cuando le dijeron que tendrían que entablillarle el pie, ya que tal situación podría dejarla imposibilitada para realizar caminatas en el resto de las islas que visitaríamos. Diana recién había culminado sus estudios de zoología con especialización en aves marinas y durante dos años había esperado una oportunidad para estudiar aves oceánicas del Pacífico. La lesión entonces era un verdadero obstáculo para realizar adecuadamente su investigación. A todos nos conmovieron sus lágrimas, en especial al capitán Pichard, quien conocía a Diana desde que era niña, pues su padre había sido compañero en la Marina Francesa.
           
Cerca de la media noche, Juan se comunicó por radio para decirnos que estaba bien y bromeando pidió que por favor le avisáramos a su esposa para que revisara la vigencia de la póliza de su seguro de vida. La verdad para esa hora el mar era un plato y el cielo estaba tachonado de estrellas. Nadie hubiera imaginado que esa bella noche hubiera sido antecedida de una tarde tempestuosa. Cansado me retiré a mi cabina y sin los ronquidos de mi compañero, dormí como bebé.

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