Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Historias de La Nao

Grabado del siglo XVII de Catarina de San Juan, "La China Poblana".
Imagen tomada de Wikipedia

Juan narraba algo sobre la China Poblana. Se preguntarán qué relación puede tener ese típico traje mexicano con nuestra expedición y la temática de La Nao.

            En realidad la expresión “China Poblana”, además de referirse al folclórico atuendo, también es el apodo que recibieron distintos personajes: uno encarnado por un ser histórico, rodeado de leyendas, que vivió en el siglo XVII, y otro genérico, representado por una figura social muy popular durante el siglo XIX, que puso de moda el conocido vestido de China Poblana. Sin embargo, es el primer personaje el que nos ocupa y ya verán por qué:

            Establecida la ruta de La Nao se generó un importante vínculo comercial entre la Nueva España con las colonias de otros países europeos en Asia. Con La Nao también llegaron los primeros orientales, quienes como esclavos o inmigrantes vinieron a América para quedarse. Hacia el año 1621, el Marqués de Gélves, Virrey de la Nueva España, manifestó su deseo de adquirir como sirvienta a una muchacha asiática. Su capricho pronto llegó a oídos de mercaderes, que en Filipinas se dieron a la tarea de conseguir una “Chinita”, adjetivo que en aquella época se usaba para referirse cariñosamente a las mujeres de origen oriental. Así fue como el capitán Hipólito Del Castillo de Altra compró en Manila a una joven esclava llamada Mirra, de aproximadamente quince años de edad; luego la trajo a bordo de La Nao, disfrazada de paje para conservarla casta. Después de casi siete meses de navegación llegaron al puerto de Acapulco, ahí el rico comerciante poblano Miguel Sosa, asombrado por la gracia de la Chinita, pagó diez veces más de lo que pagaría el Virrey por ella y logró quedársela. Don Miguel la llevó a Puebla y su esposa Margarita la recibió como sirvienta.

            El matrimonio Sosa nunca pudo tener hijos, razón por la cual trataron a Mirra como tal. Con el tiempo descubrieron que su Chinita en realidad era una princesa hindú, nacida en Rajasthan, que muy pequeña había sido raptada por piratas portugueses para venderla como esclava. Despojada de sus finas ropas, la niña logró escapar de sus captores y luego encontró refugio en una misión jesuita al sur de la India, en donde fue cristianizada y bautizada con el nombre de Catarina de San Juan. Años más tarde fue recapturada por los piratas y llevada a Manila, donde se la vendieron al capitán Del Castillo.

            Debido a su belleza exótica y su peculiar forma de vestir a la usanza hindú, Catarina (Mirra) fue muy conocida y estimada por la sociedad poblana de aquel entonces. Durante algunos años la Chinita vivió feliz con su familia adoptiva. Sin embargo, don Miguel falleció a finales de 1624 y aunque en su testamento otorgó libertad plena a Catarina pues legalmente seguía siendo esclava de los Sosa, ella decidió permanecer al lado de doña Margarita, quien desapareció misteriosamente en 1625.

            Prácticamente en el desamparo, fue recogida por el clérigo Pedro Suárez, quien a pesar de la manifiesta vocación religiosa de la Chinita, arregló que se casara con un mulato jarocho llamado Domingo. Sin embargo, se dice que el matrimonio nunca se consumó carnalmente, pues Catarina en la cama lo evitaba colocando entre ella y su marido imágenes de Cristo y San Juan Bautista, a quien estaba consagrada. Así transcurrieron algunos meses hasta que finalmente Domingo se marchó.

            Posteriormente, Catarina se convirtió en un ser místico que decía tener visiones con el niño Jesús, la Virgen y los ángeles; igualmente existen relatos entorno a que una escultura de Jesús hablaba con ella. La Chinita fue respetada y hasta llegó a ser venerada por miles de personas que la veían como una profetisa, entre ellos el mismo obispo de Puebla, los jesuitas y los sacristanes de la Compañía de Jesús.

            Catarina murió octogenaria en enero de 1688. Sus funerales atrajeron multitudes y fue tal la adoración por ella, que la Iglesia, a través de la Santa Inquisición, prohibió la reproducción de sus retratos para evitar que fuera venerada como una santa. Actualmente, los restos de la princesa Mirra o Catarina de San Juan La China Poblana yacen en la iglesia de la Compañía de Jesús en la ciudad de Puebla.

            Hay muchas otras historias relacionadas a La Nao; una muy conocida entre los católicos mexicanos es la de Felipe de las Casas y Martínez o San Felipe de Jesús, misionero franciscano nacido en la ciudad de México, que en 1597 murió crucificado junto a otros veinticinco mártires en Nagasaki, Japón. Igual hay docenas de narraciones y leyendas sobre las correrías de piratas que atacaron al también conocido como Galeón de Acapulco. Dos de las más famosas son la captura de la nao Santa Ana por el bucanero Thomas Cavendish y el asalto del galeón Covadonga por Lord Anson.

            Como antes mencioné, La Nao de China se estableció en el año de 1565 con el retorno a Acapulco del galeón San Pedro, el cual comandaba el ilustre cosmógrafo vasco, navegante y también fraile agustino, Andrés de Urdaneta; quien procedente de Manila había encontrado la ruta de vuelta a América. Los viajes de La Nao se mantuvieron exactamente dos siglos y medio, hasta que en 1815 el galeón Magallanes hizo el último viaje a Manila y entonces se suspendió definitivamente el servicio. Aquellos épicos viajes, sinónimo de aventura en mares turbulentos, naufragios, motines, asaltos, enfermedad, hambre, sed y muerte, solamente se justificaban por las riquezas transportadas, pero además por el valioso intercambio cultural y tecnológico que se dio. En México, por ejemplo, el uso de la seda en los rebozos, la talavera, infinidad de aportaciones gastronómicas como muchos de los ingredientes del mole y hasta las tradicionales peleas de gallos, son algunos de sus legados. Y qué decir de los inmigrantes filipinos, chinos, coreanos y japoneses, entre otros asiáticos que se establecieron desde el Perú hasta California, quienes generosamente compartieron su cultura y la amalgamaron a la iberoamericana.

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