Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 9, jueves 21-04. Circundando Clarión


Ilustración: Víctor Busteros

Esa noche cerré los ojos y desperté diez horas después. A petición del capitán, mi “roncador” compañero de cabina se había levantado muy temprano para ayudar a entablar comunicación con el Apostadero Naval de la isla e informarles de nuestro arribo. Tal vez por eso también dormí mucho. Como todos los días, lo primero que hice fue ir a la sala de computación para revisar mis correos electrónicos; luego salí a cubierta, donde contemplé a Clarión que lucía bastante oscura por lo nublado del día. Me di cuenta también, que el barco se había detenido aproximadamente a 4 millas náuticas (7.4 kilómetros) de la isla y pronto me enteré por qué. Mientras yo dormía, otra vez los geólogos habían solicitado hacer mediciones con su sonda, pero ésta vez, al intentar recogerla, el cable de la grúa se atascó y durante varias horas tuvieron que trabajar para liberarla.

          Mientras tanto, el resto de los expedicionarios observaban emocionados a media docena de ballenas jorobadas (Megaptera novaengliae) que nadaban a la distancia. Suceso poco usual, ya que dicha especie únicamente permanece en mares tropicales durante el invierno, que es su época de reproducción. Jim y Peter trataron afanosamente de acercarse en uno de los botes, pero antes de lograrlo, el capitán ordenó que regresaran al barco; sin embargo, obtuvieron excelentes fotografías de uno de los ejemplares saltando espectacularmente.

          Procedentes de la costa oeste de Estados Unidos, Canadá y Alaska, diferentes grupos de estos grandes mamíferos migran al sur todos los años para hibernar en el archipiélago hawaiano, Mar de Cortés, litorales de Nayarit, Jalisco, Colima e islas Revillagigedo.

          La ballena jorobada o yubarta, como también se le conoce, es un cetáceo que llega a medir hasta 16 metros de longitud y pesar 35 toneladas; se caracteriza por una pequeña aleta dorsal situada sobre una joroba en el tercio posterior del cuerpo y poseer enormes aletas pectorales de hasta 5 metros de largo. Además, emite enigmáticos sonidos conocidos como “cantos”, que repite constantemente durante su estancia en aguas tropicales. La especie estuvo al borde de la extinción a causa de la cacería comercial de la que fue víctima por parte de balleneros japoneses, rusos, noruegos y, aunque a veces no lo quieran admitir, también por canadienses y estadounidenses. No obstante, fue protegida y actualmente se estima que en el Pacífico Norte existen entre 6 y 7 mil ejemplares, de los cuales por lo menos la mitad nacieron en aguas mexicanas. Se calcula que todos los años, durante el invierno, 700 ballenas jorobadas visitan las tibias aguas de Revillagigedo para aparearse y también para parir a sus crías, tras dos años de gestación.

          Por fin, a las 10:30 a.m., Jonás estaba a bordo y antes de anclarnos frente a la Bahía del Azufre, lugar en el que se encuentra el Apostadero de la Armada de México, el capitán pidió hacer un recorrido alrededor de la ínsula, desde el sur y en sentido contrario a las manecillas del reloj. Clarión es la isla mexicana más alejada del territorio continental, se ubica en las coordenadas 18 grados, 21 minutos, latitud norte, y 114 grados, 43 minutos, longitud oeste; aproximadamente a 1100 kilómetros al oeste de Manzanillo y a 708 kilómetros al suroeste de Cabo San Lucas. Tiene forma alargada, de 8.5 kilómetros de largo por 3.2 de ancho y una superficie de más o menos 20 kilómetros cuadrados. Es la segunda isla en tamaño del archipiélago y geológicamente la más antigua. Al igual que las demás, es de origen volcánico, se diferencia por su característico color verde grisáceo, efecto visual producido por los pastizales que crecen sobre las rocas basálticas. Debido a esta peculiaridad, en algunas cartas de navegación europeas también se le denominó la “Isla Verde”.

          El litoral de Clarión básicamente es una pared acantilada, únicamente hay pequeñas playas en la costa sur central. Un atractivo natural impresionante se encuentra frente al extremo noroeste de la isla, sitio donde se yerguen majestuosos farallones labrados por el mar, conocidos como Rocas Monumento. Entre estos farallones se destaca uno bellísimo llamado El Castillo, formación rocosa con un gran arco al centro que hace fiel alusión a su nombre. Todos a bordo quedamos maravillados ante tal panorámica.

          Al filo del mediodía, el Albatrus se detuvo y ancló frente a la Bahía del Azufre. Minutos después recibimos la visita de tres marinos mexicanos que inspeccionaron el barco, revisaron los permisos de la expedición y a cada uno de los tripulantes. Juan y el primer oficial Aceves fueron los encargados de recibirlos y explicarles los motivos de la visita. Finalizada la revisión y antes de abordar el bote en el que regresaron a la isla, el marino a cargo nos dijo que el comandante de Clarión nos invitaba a desembarcar, oferta que obviamente era muy esperada.

          Posteriormente, Ray reunió a los documentalistas de la expedición para pedirnos un pequeño resumen de la historia de Clarión y de esa forma armar el guión; igualmente le solicitó a nuestra compañera Adela que se preparara para una nueva entrevista sobre el tema. Inmediatamente Maurice, Evelyn, Toshi y los tres mexicanos pusimos manos a la obra. Mientras tanto, científicos y radioaficionados se dedicaron a alistar sus equipos. Preocupados por aprovechar al máximo la estancia en la isla, los documentalistas pidieron un bote y con sus cámaras fueron a las Rocas Monumento para hacer varias tomas durante la puesta de sol.

          Todo indica que Clarión fue descubierta en 1542 por Ruy López de Villalobos, explorador español que procedente de Barra de Navidad y en ruta al archipiélago que un año después él mismo bautizara como "Filipinas" en honor a Felipe II encontró una isla remota que hasta entonces no figuraba en ningún mapa. Pero como siempre ocurre en estos casos hay otras versiones, entre ellas una que dice fue descubierta en 1615 por Joris van Spilbergen, un refinado corsario holandés, famoso por haber sitiado Acapulco y también por atacar los antiguos puertos de Salagua (Colima) y Barra de Navidad.

          Debido a su extrema lejanía, la isla permaneció olvidada hasta que en 1779 fue redescubierta por José Camacho, otro explorador español que la nombró "Santa Rosa", y en 1790 tomó posesión de ella para la Corona Española. El porqué después la rebautizaron “Clarión” es un misterio, aunque es de suponerse que el nombre es alusivo a la forma y color de una formación rocosa frente a la costa noroeste.

          El tardío redescubrimiento de la isla, la desaparición de varios galeones de La Nao y las continuas fechorías de los bucaneros en contra de los barcos españoles, generaron rumores de un posible tesoro pirata escondido en Clarión. Desde entonces muchos aventureros lo buscaron pero, hasta donde se sabe, nadie lo ha encontrado.

          Hasta hace relativamente poco tiempo Clarión estuvo deshabitada; solamente algunas expediciones de exploradores y científicos, así como balleneros, atuneros, langosteros y otros depredadores; principalmente extranjeros, la visitaban esporádicamente. Fue hasta finales de la década de los setentas que el entonces presidente de México, José López Portillo, ordenó el establecimiento de un destacamento naval con la finalidad de darle validez a la Zona Económica Exclusiva (ZEE) correspondiente a la isla. Así entonces, bajo la denominación “Avanzada Clarión” se hicieron todos los viajes necesarios desde el Puerto de Manzanillo, Colima; con escalas en isla Socorro, hasta instalar la base naval que desde el 28 de enero de 1979 mantiene presencia permanente, salvaguardando la soberanía mexicana en el territorio insular y mar patrimonial de ese lejano jirón de la patria.

          Cabe mencionar que al arribar la Avanzada Clarión encontró evidencia de actividad humana; entre otras cosas: herramienta, tanques para almacenar agua, equipo para pescar y procesar langosta e inclusive una pequeña pista de aterrizaje.

          Desde que estábamos en Clipperton, Toshi Tanaka nos había mostrado documentos que evidenciaban reiteradas incursiones de la Armada Imperial Japonesa a mares mexicanos, operaciones de reconocimiento realizadas antes y durante la Segunda Guerra Mundial; también nos enseñó algunas fotografías que probaban que los marinos nipones hicieron exploraciones en las islas Revillagigedo y se internaron tierra adentro, en regiones despobladas de la costa de Baja California Sur, Sinaloa, Nayarit, Jalisco, Michoacán, Oaxaca y Chiapas. Es más, en Puerto Madero, hoy rebautizado como Puerto Chiapas, durante algún tiempo los submarinos japoneses se reabastecieron de víveres y combustible, apoyados por habitantes de esa región, tal vez miembros de la colonia japonesa allí establecida.

          Pero eso no es todo, debido a la casi nula vigilancia, durante décadas y hasta hace relativamente poco, los oportunistas pescadores japoneses se dieron vuelo explotando furtivamente los vastos recursos pesqueros existentes en el Pacífico mexicano, inclusive tuvieron la osadía de establecer campamentos pesqueros, que operaban clandestinamente durante varios meses en diversos sitios de la península de Baja California y las islas Revillagigedo, lugares en los que cazaron las ballenas que quisieron y realizaron toda clase de pesquerías atroces.

          Cuando Toshi terminó de mostrarnos cartas de navegación, mapas y fotografías de aquellas incursiones, recordé que mi padre alguna vez me platicó sobre ello y es que él tuvo el privilegio de conocer la costa jalisciense mucho antes de que se construyeran las carreteras que la comunicaron con Guadalajara, época en la que el hoy caótico Puerto Vallarta era una apacible aldea de pescadores, conocida como Las Peñas y cuando la única forma de llegar a muchas de las poblaciones del litoral central de Jalisco era en avioneta o a caballo.

          Gracias a su gran amigo Gabriel Gallo González, quien tenía familia en Tomatlán, fue como mi padre pudo conocer aquellos incomunicados lugares. Durante las vacaciones de verano, los dos amigos viajaban en autobús desde la ciudad de México, donde estudiaban la carrera de ingeniería mecánica. La primera escala del entonces largo viaje era Guadalajara y luego tomaban otro camión que los llevaba hasta Talpa de Allende, poblado en el que ya los esperaba un guía con caballo y mula para cada uno; desde ahí continuaban en las bestias a través de la abrupta Sierra Madre Occidental hasta Tomatlán, en donde permanecían varias semanas recorriendo los hermosos alrededores, incluidas decenas de playas vírgenes.

          Cuenta mi padre que la primera vez que hizo el viaje fue en 1949 y que por aquella época era común escuchar entre lugareños historias sobre patrullas de marinos nipones explorando la costa. Hechos que ahora yo corroboraba con los mapas y fotografías que nos enseñaba Tanaka.

          —¿Entonces es posible que las cosas que encontró la Avanzada Clarión pertenecían a pescadores japoneses? Pregunté.

          —Tal vez dijo Toshi, quien también mencionó la posibilidad de que pudieron pertenecer a norteamericanos.

          —¿Y la pista de aterrizaje?

          —En la información que tengo de la Armada Japonesa sobre Clarión, nunca se menciona la existencia de la pista aérea, más bien creo que quienes la construyeron y seguramente la utilizaron, fueron los norteamericanos durante la Guerra del Pacífico contestó.

          —¿Entonces Clarión también estuvo ocupada por los gringos? Cuestionó Adela.

          —Por supuesto, y no nada más Clarión, también las islas Socorro, Cedros y Guadalupe sirvieron de bases para los Marines durante la guerra respondió.

          —¿Y el gobierno de México estaba enterado? Intervino Juan.

          —Supongo que en el caso de Guadalupe sí y tal vez en Cedros también, no así en las islas Revillagigedo, que estaban totalmente abandonadas concluyó Tanaka.

          Es importante mencionar que otros visitantes ocasionales del archipiélago eran los propios pescadores mexicanos, quienes procedentes principalmente de Ensenada (Baja California), Manzanillo (Colima), Mazatlán (Sinaloa) y San Blas (Nayarit) se dirigían a la zona de Revillagigedo a capturar de modo casi artesanal atún, marlin, manta-raya, tiburón, tortuga y también las grandes langostas del lugar. Por cierto, Toshi nos platicó que en los bulliciosos mercados japoneses se oferta una costosa variedad de langosta denominada “Clarión”, especie endémica del Pacífico mexicano y que aquí conocemos como langosta azul espinosa (Panulirus inflatus). Según dijo, hoy en día ese exquisito marisco se produce en criaderos de empresas japonesas establecidas en el Sureste Asiático. Habrá que averiguarlo, aunque nadie duda que los nipones hayan llevado langostas vivas, desde Clarión al otro lado del Pacífico, con la finalidad de reproducirlas en granjas.

          En lo personal la plática de Toshi sobre las incursiones japonesas me molestó un poco, sobre todo las recientes operaciones clandestinas de pescadores nipones en Revillagigedo. Pero si a mí me molestó, imaginen a la impulsiva Adela, que apenas podía controlar su furia; de hecho, Juan debió tranquilizarla explicándole que la única intención de Toshi era informarnos de hechos ocurridos en el pasado para, de alguna forma, evitar que vuelvan a suceder. Cabe mencionar que Toshi Tanaka, además de historiador, es un respetado ecologista preocupado por preservar la biodiversidad marina, es un entusiasta promotor de la investigación y desarrollo de prácticas de aprovechamiento sustentable y un activo combatiente de las nefastas técnicas depredadoras que todavía utilizan sus compatriotas.

          Al término de su charla, Tanaka dijo una gran verdad: los pescadores furtivos, sea cual sea su nacionalidad, pescarán de todo y en cualquier lugar si no hay quien lo impida. En ese contexto se refirió a un viejo proverbio oriental, que puede sonar semejante a una frase de la Revolución mexicana pero que resulta muy adecuado para entender mejor la problemática: “El mar es de quien lo navega”.

          La verdad, aunque nos duela, es que los más culpables de los saqueos a nuestros mares hemos sido los propios mexicanos por descuidados, pero sobre todo aquellos que sabiéndolo lo permitieron. Al respecto no dudo que muchos funcionarios, de los tres niveles de gobierno, sabían del saqueo de nuestros recursos y seguramente por corrupción no actuaron para detenerlo.

          Al terminar la reunión de argumentistas, Adela estaba muy molesta y para colmo esa tarde en el comedor el menú incluía un exquisito sashimi preparado con marlin, que por cierto fue capturado por un extranjero en aguas mexicanas. Toshi en actitud conciliadora se sentó junto a ella, destapó una botella de sake y nos invitó a todos. Al principio el ambiente en la mesa era muy tenso y permanecimos callados hasta que Juan, refiriéndose irónicamente al gesto de Tanaka, exclamó:

          —Se robaron nuestras langostas y ahora con una botella de arroz fermentado quieren disculparse, si tan sólo fuera una botella para cada uno...

          Todos reímos a carcajadas y contagiamos a otros que ni siquiera sabían por qué; razón suficiente para seguir riendo durante largo tiempo.

          Después de comer y aprovechando la reconciliación, Maurice reunió a nuestra compañera y a Toshi para que Ray les hiciera una nueva entrevista para el documental, la cual abordó los temas tratados.

          Los demás expedicionarios dedicamos el resto de la tarde a descansar y ya que el mar estaba muy tranquilo, alguien sugirió hacer una parrillada en cubierta y por supuesto la idea agradó a todos. Más tarde, ya de noche y ante la mirada inquisitiva del capitán Pichard, los documentalistas regresaron eufóricos porque durante la puesta de sol habían logrado excelentes tomas de las Rocas Monumento, pero además tuvieron la oportunidad de filmar a un grupo de ballenas jorobadas acechadas por orcas (Orcinus orca). Sí, las famosas “ballenas asesinas”; depredadores que acompañan en su migración a las jorobadas preñadas con el fin de devorarse a los indefensos ballenatos recién nacidos.

          Utilizando su equipo de buceo libre, Jim y Sato Suzuki habían nadado muy cerca de los animales, obteniendo excelentes imágenes y sonidos que por supuesto despertaron el interés general; sin embargo, antes de ver y oír la filmación tuvimos que esperar a que limpiaran sus delicados equipos de video e hicieran una edición preliminar.

          Los demás expedicionarios encendimos el carbón del asador y cada quien cocinó lo que quiso. Hubo de todo, desde carne asada, pasando por el consabido marlin a las brasas, hasta pan tostado con mantequilla.

          Poco después, Sato también instaló ingeniosamente el proyector y la pantalla en cubierta, de tal forma que en unos minutos teníamos una improvisada sala de cine al aire libre, donde en amena convivencia disfrutamos de la magnífica filmación lograda horas antes por nuestros compañeros. Durante la proyección pudimos observar cómo seis ballenas jorobadas adultas, en actitud claramente defensiva, resguardaban a dos pequeños ballenatos, mientras tres orcas hacían todo tipo de maniobras a su alrededor con el fin de separarlos de sus madres. Según Jim, experto en filmar cetáceos, la razón por la cual ese grupo de ballenas jorobadas había permanecido más tiempo de lo normal en Clarión era el acoso de las “ballenas asesinas”, las cuales no renuncian fácilmente a una cacería.

          Aunque la velada se prolongó hasta la madrugada, fui de los primeros en irme a dormir, ya que Adela, Marcela, Rocío, Isidore, Ramón, Juan y yo habíamos acordado hacer una buceada muy temprano y de esa forma tener tiempo suficiente para luego desembarcar y conocer la isla.

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