Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 7, martes 19-04. De regreso a México


 Ilustración: Víctor Busteros

Justo a las doce de la noche sonó la sirena del barco e iniciamos la navegación con curso norte-noroeste. Los tres mexicanos subimos rápido a cubierta y con la tenue luz de la luna vimos por última vez a la isla que alguna vez fue mexicana. Aceves se acercó para explicarnos que el viaje hasta la isla Clarión en el extremo occidental del archipiélago de Revillagigedo, a 580 millas náuticas de distancia (1,074 kilómetros), nos llevaría alrededor de 35 horas.

Es importante mencionar que la costa mexicana más próxima a Clipperton es precisamente la de isla Socorro, la más grande de Revillagigedo, ubicada a 945 kilómetros al norte. Tal vez por esa razón durante una época los geógrafos consideraron al atolón parte del archipiélago. 

Juan y yo permanecimos en cubierta charlando hasta que perdimos de vista a Clipperton, luego bajamos a nuestra cabina, donde muy cansados caímos como piedras. A las 3:30 de la mañana un rechinido intermitente me despertó: Juan, que dormía en la cama baja de la litera, se había levantado y al salir de la cabina dejó abierta la puerta y el movimiento del barco la hacía moverse de un lado a otro. Me levanté para cerrarla y volví a la cama. Al amanecer me percaté que Juan no había regresado, entonces salí a buscarlo y mientras avanzaba a través de los pasillos del Albatrus, me di cuenta de que algo raro pasaba porque no encontré a nadie, salí a la cubierta superior y entonces entendí que ocurría.

Por lo menos la mitad de los expedicionarios y algunos tripulantes, entre ellos mis compatriotas, yacían quejumbrosos recostados en el piso y con una cara que indudablemente denotaba enfermedad. Pronto me pusieron al tanto de la situación; sufrían una de las peores mareadas de su vida. Jean Pierre, el doctor, se acercó para preguntarme cómo me sentía; le contesté que bien, pero a pesar de ello me hizo tomar una pastilla para el mareo y me ordenó ir a otro lado. Así que fui al comedor, donde desayuné con un pequeño grupo de tripulantes que insistieron mucho en que no dejará de tomar la pastilla.

            De alguna u otra forma siempre había podido controlar el mal del mar, aunque eso sí, al menos en un par de ocasiones anteriores estuve a punto de sucumbir ante sus terribles síntomas. Resulta sorprendente que la ciencia médica aún no pueda explicar con certeza la causa del mareo, padecimiento común incluso entre los marineros más experimentados; mal comparable a una espantosa resaca o cruda por la ingestión excesiva de bebidas embriagantes, pero con la agravante de que puede durar varios días y que además es psicológicamente contagioso. Existen muchos remedios para tratar de evitarlo, pero ninguno para curarlo, cuando uno se marea ya no hay salida; de hecho, ni las adormecedoras pastillitas de Dramamine son garantía para evitarlo.

            Mirar al horizonte, respirar profundamente, recostarse con los pies hacia arriba, ponerse alcohol en la nuca, mojarse la cara, taparse los oídos y la nariz con algodones remojados en alcohol, oír música con audífonos, comer y beber en pequeñas cantidades todo el tiempo, chupar un limón o naranja, recostarse y con los ojos cerrados ubicarse dentro del barco, trazando una línea imaginaria desde la proa hasta la popa, ingerir rápidamente una generosa cantidad de ron o cualquier aguardiente, concentrarse y pensar que todo es mental; son, entre otros muchos, los remedios, o más bien debo decir brujerías marineras para no marearse.

            En lo personal, para sobreponerme al mareo, en cuanto siento ese característico malestar, consistente en un ligero dolor de cabeza, hipersensibilidad a los aromas y el estómago contraído, siempre me funciona salir a cubierta, respirar aire fresco en la proa, mirar hacia el horizonte, comer pequeñas cantidades de fruta y beber a sorbos agua hasta que desaparece la sensación de vértigo. Pero además aplico aquello del control mental y aunque me dé sueño, tomo disciplinadamente el medicamento disponible o en su defecto recurro al fogonazo de ron.

            Debido a lo que en el argot se conoce como marea de fondo, aquella mañana el barco se movía cadenciosamente de arriba hacia abajo y de un lado hacia otro. Aunque tal movimiento era casi imperceptible a la vista, mi estómago actuó como un sexto sentido magnificado. Por si fuera poco, en el interior del Albatrus los olores, en especial los provenientes de la cocina, me resultaron sumamente penetrantes y en consecuencia después del desayuno tuve que iniciar mi terapia anti-mareo. Como no pude salir a cubierta a respirar aire, por aquello del contagio, subí al puente y ahí, apoyado en la baranda exterior, permanecí mucho tiempo luchando mentalmente contra la temible enfermedad marinera hasta que me sentí mejor.

            Al mediodía, la mayoría de los enfermos se habían ido a sus respectivas cabinas, solamente un pequeño grupo, entre ellos Adela, Juan y Maurice, permanecieron en cubierta; decidí entonces desafiar el contagio sugestivo y me acerqué a escuchar lo que platicaban.
 



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