Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 6, lunes 18-04. Último día en Clipperton

Clipperton Rock desde la laguna 
Foto: www.qsl.net

Al día siguiente la actividad inició mucho antes del amanecer, nuevamente el barco estaba envuelto por un denso banco de niebla que impedía ver las luces del campamento en la isla. El capitán citó a todos en el comedor para informarnos que por la noche zarparíamos rumbo a Clarión y que los expedicionarios deberíamos estar a bordo a las tres de la tarde.

            A medida que clareaba, la niebla lentamente se disipó y para las 6:30 a.m., ya era posible ver el farallón de la isla. Rápidamente se organizaron varios grupos para terminar con lo que había quedado pendiente el día anterior. La tripulación se apresuró con los botes para iniciar el levantamiento del campamento y llevar expedicionarios a tierra. Debido a que los mexicanos habíamos terminado nuestro trabajo, el capitán preguntó si Adela y yo podríamos acompañar a Diana, pues necesitaba hacer algunas cosas en el atolón. Adela aceptó de inmediato y luego me explicó lo que en francés le dijo Pichard; Diana debía tomar algunas fotografías y recolectar muestras en la costa oriental.

            ¿Pero cómo llevaremos a Diana si no puede caminar? Pregunté.

            El capitán dijo que desembarcarán uno de los vehículos todo terreno y que el Primer Oficial nos enseñará cómo usarlorespondió Adela.

            Bueno, a final de cuentas daremos un paseo divertido comenté.

            Después de desayunar fuimos por nuestras mochilas, las cuales cargamos con una abundante dotación de agua y protector solar, luego regresamos a cubierta y junto con el primer oficial Aceves, abordamos una de las lanchas. Debido a la maniobra por la tormenta, la playa estaba más lejos del barco. Durante el trayecto de aproximadamente 2 millas (3.7 kilómetros), me llamó la atención ver las anclas del Albatrus levadas. Le pregunté a Aceves el porqué y entonces me explicó que el buque cuenta con un sistema que ellos denominan ancla virtual (posicionamiento dinámico), con el cual es posible permanecer en un punto fijo mediante dos motores eléctricos multidireccionales, que son accionados por la computadora central del barco, misma que integra el Sistema de Posicionamiento Global, mejor conocido como GPS, por sus siglas en inglés; instrumento que funciona por medio de tres o más satélites ubicados en órbitas geoestacionarias del planeta y que sirve para determinar puntos específicos en tierra, con un rango mínimo de error.

            Otra monería del cacharro presumió bromeando el simpático español.

            El GPS es un sistema que ha venido a revolucionar la navegación y la geografía tradicional. De hecho, gracias a ese útil aparato se están redimensionado muchos mapas y rutas alrededor del mundo.

            Al llegar a la isla nos encontramos con Juan, quien se disponía a regresar en el mismo bote en el que habíamos llegado y lo primero que dijo al vernos fue:

            Durante la tormenta vi un fantasma.

            ¿Me dejas ver la botella de tequila que guardaste en tu mochila? Le preguntó Adela en tono burlón.

            No bromeo, ya les platicaré después replicó con seriedad.

            Cuestionándonos si lo que dijo Juan era una de sus acostumbradas bromas, caminamos hasta donde tripulantes, naturalistas y radioaficionados desarmaban el campamento. Poco después vimos que el helicóptero se aproximaba cargando uno de los vehículos todo terreno. Terry, el piloto, cuidadosamente se aproximó a la playa, lo colocó a un costado del campamento, lo desenganchó y posteriormente aterrizó. A bordo de la aeronave también llegó Diana, quien agradeció mucho nuestra ayuda para terminar su trabajo. El primer oficial Aceves procedió a enseñarme cómo utilizar el curioso carrito de seis ruedas, cariñosamente bautizado por la tripulación como Fourmi (hormiga en francés). Al montarlo únicamente encontré una palanca al centro del panel de control y un enorme pedal de freno en el suelo.

            Si mueves la palanca hacia el frente, avanza; si la mueves hacia atrás, retrocede; si la mueves a la derecha, gira hacia ese lado e igual hacia la izquierda explicó Aceves. 

            Pan comido pensé.

            Pero cuando lo intenté no resultó tan sencillo y tuve que practicar un poco antes de que Diana y Adela se atrevieran a subir.

            Antes de dirigirnos al otro extremo del atolón, Aceves se acercó para advertirme sobre una zona con chatarra militar, ya que es posible que existan municiones que aún pueden estallar, por consiguiente me recomendó que al llegar a la parte oriental de la isla, mantuviera al Fourmi cerca de la playa y lejos del mencionado lugar.

Primero nos dirigimos al sur, pasamos frente a Clipperton Rock y sin detenernos seguimos bordeando la laguna; durante el trayecto encontramos los restos de un barco costarricense encallado recientemente. Continuamos por la playa y luego de recorrer casi seis kilómetros, Diana pidió que me detuviera en un sitio en el que había muchos nidos de pájaros bobos enmascarados. Desde el vehículo,  usando binoculares, los observó detenidamente. Adela y yo la ayudamos recogiendo plumas, excretas y tomando fotografías que necesitaba. En una de esas caminatas encontré el sitio referido por Aceves. En efecto, allí pude constatar la existencia de bastantes desechos militares, muy degradados por cierto; incluidas lo que me parecieron municiones de un arma antiaérea. Dichos restos indican el lugar exacto en el que se instalaron los Marines estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial.

            Colaborar con Diana nos sirvió para conocer mejor a los simpáticos pájaros bobos o alcatraces, nombre con el que también se les conoce por la forma de su cabeza. Esta especie oceánica tropical puede vivir muy lejos de la costa continental y gracias a su incansable instinto pescador permite que otras aves puedan subsistir, tal como sucede con los oportunistas pájaros fragata, que se alimentan robando en pleno vuelo las presas capturadas por los pájaros bobos.

            La humanidad tiene muchas deudas con las aves marinas, ya que son las principales responsables de los depósitos de guano, que ya hemos visto es un abono natural, que durante más de un siglo se utilizó intensivamente para fertilizar cultivos que alimentaron a millones de personas alrededor del mundo. Al respecto Diana platicó que todavía hay agricultores que utilizan el guano, en especial los productores de alimentos orgánicos, ya que es un excelente fertilizante, que no daña la salud humana, ni el medio ambiente.

            Ante tal comentario, resulta interesante preguntarnos qué sucedería si la alimentación orgánica sigue cobrando interés. Tal vez esté por venir un nuevo auge del guano y con él, las islas como Clipperton recobren importancia económica.

            En general las aves marinas siempre han sido parte importante de la actividad humana; valiéndose de ellas, los marinos y pescadores encuentran sus rutas y los lugares donde se concentran grandes cardúmenes de peces. Además, sus plumas sirven para fabricar excelentes señuelos de pesca y en muchas ocasiones, su carne o sus huevos, salvaron de la inanición a los náufragos. Las aves marinas también contribuyen a que la vida vegetal colonice islas lejanas, ya que en sus plumajes o en sus heces transportan semillas de plantas continentales y de otras islas. En fin, sus atribuciones ecológicas son mucho más que regular las poblaciones de peces y producir guano.

            Poco antes del mediodía terminamos la recolección de muestras e iniciamos el retorno al área del campamento. Al pasar frente a Clipperton Rock nos detuvimos para admirar su lúgubre figura, testigo de tantas calamidades allí acontecidas. Adela y yo aprovechamos la oportunidad para tomarnos varias fotos y además escalamos por una ríspida pared en busca del sitio en el que alguna vez estuvo el faro. Con dificultades trepamos hasta encontrar una serie de escalones y siguiéndolos llegamos a lo que supusimos era la base en la que se asentaba el faro mexicano, pero salvo algunos fragmentos de bronce, en el lugar prácticamente no queda nada; sin embargo, llegar hasta ahí bien valió la pena por la espléndida vista. Finalmente regresamos al Fourmi, donde Diana, por obvias razones, debió esperarnos.

            Proseguimos hacía el campamento y cuando llegamos encontramos que todo el equipo había sido levantado y llevado al barco; por un segundo sentí angustia.

¿Y si se olvidan de nosotros? Pensé.

          Pero en cuanto Adela comunicó por radio que habíamos terminado, en minutos vimos al Eol volar rumbo a la isla. A bordo, acompañando a Terry, llegó Aceves, quien cedió su lugar a Diana; a continuación el helicóptero se elevó, sujetamos el Fourmi al aparejo con el cual es transportado por el Eol y se dirigió de regreso al barco.

            Más tarde, Adela, Aceves y yo, regresamos al Albatrus junto con Ray y los tres documentalistas que habían hecho las últimas filmaciones en la parte norte del atolón. Recuerdo que cuando trepé a la lancha lamenté mucho no haber tenido más tiempo para explorar. Luego, mientras todos bromeaban al cruzar las rompientes, imaginé la enorme felicidad que en 1917 sintieron las mujeres y los niños sobrevivientes cuando fueron rescatados por el barco estadounidense que los sacó de ese recóndito lugar.

            Justo a las tres de la tarde, el capitán tomó lista general en cubierta y dio instrucciones a la tripulación para zarpar a media noche. Esa tarde, después de comer, Juan deleitó a la concurrencia platicando su visión de un fantasma nadador: resulta que la tarde anterior, mientras acompañaba a los geólogos Richard y Didier, recolectando muestras de sedimento cerca de la pista aérea, fueron  sorprendidos por la tormenta y cuando regresaban al campamento vio algo grande que cruzaba la laguna:

            Primero creí que quien se había lanzado a la pestilente agua era Richard o Didier, pero cuando me cercioré que ambos caminaban detrás de mí, me asusté mucho. Rápidamente los llamé para que vieran al nadador; sin embargo, avanzó tan rápido al extremo opuesto de la laguna que la tempestad no les permitió verlo con claridad.

            Quizá era una sirena o el fantasma de algún pirata abandonado en la isla sugirió Evelyn.

            O tal vez era el mismísimo Aquaman bromeó Ray.

            Sea lo que haya sido, la historia resultó interesante para todos, en especial para los naturalistas, quienes sugirieron la posibilidad de una anguila gigante o cormorán, e inclusive no descartaron que hubiese sido un pingüino de Galápagos. Pero ninguna de esas explicaciones convenció a Juan, quien insistía haber visto un hombre nadando.  

            Al anochecer, la tripulación estaba muy ocupada en los preparativos para proseguir la travesía, la mayoría de los expedicionarios se reunieron en la cubierta de proa para disfrutar la puesta de sol y los tres mexicanos, desde la baranda de popa, vimos con nostalgia cómo la oscuridad cayó sobre la legendaria Isla de la Pasión.

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