Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 4, sábado 16-04. Un merecido homenaje

Foto: gozamos.com

Al terminar la charla, la cual se extendió hasta la madrugada, nos dimos cuenta que la historia había causado sensación entre la mayoría de nuestros compañeros expedicionarios:

            ¡Guau! qué historia exclamó Maurice.

            Y extrañado por la actitud de las fuerzas constitucionalistas, preguntó:

            ¿Qué Carranza no sabía que esos soldados resguardaban territorio mexicano disputado por Francia?

            Y finalizó con una frase elocuente:

            Dejarlos abandonados fue una infamia y no reconocerles hoy su heroico sacrificio es una injusticia tremenda.

            Al día siguiente, muy temprano, iniciamos los preparativos para la ceremonia en honor de nuestros compatriotas. Juan se había levantado mucho antes para escribir un breve discurso que él mismo leería durante el homenaje, Adela y yo desempacamos la bandera y subimos a cubierta para entregársela a Peter Müeller, el contramaestre que la  izaría.

            Esa mañana difícilmente podré olvidar lo que a continuación ocurrió: justo a la hora acordada, toda la tripulación y los expedicionarios, inclusive la mayoría de los que habían pasado la noche en tierra, nos reunimos alrededor de la bandera mexicana que lentamente fue izada en el mástil de proa del Albatrus. El capitán Pichard (francés) y el primer oficial Aceves (español) sorprendieron a todos portando sus uniformes de gala y luego durante el izamiento saludando militarmente a nuestro lábaro patrio. Adela, Juan y yo igualmente saludamos con nuestro brazo cuadrado al pecho. No hubo himno, pero en un abrumador silencio, créanme que en mis entrañas sentía su ritmo y escuchaba sus estrofas.

            Cuando la bandera llegó a lo alto del mástil, Juan visiblemente emocionado y haciendo alusión al comentario que había hecho Maurice, culminó su discurso diciendo que el capitán Arnaud, sus soldados y familias eran héroes injustamente olvidados por quienes escribieron la historia de México. Desde luego agradeció a todos su participación, en especial a los ciudadanos franceses por haber permitido la realización de ese pequeño homenaje. Por último, el capitán Pichard pidió un aplauso en reconocimiento a quienes murieron en cumplimiento de su deber.

            Finalizado el homenaje nos dirigimos a la isla, donde ese día el documental abordaría más temas históricos. Nuestro compañero Toshi Tanaka se encargó de reseñar aspectos poco conocidos de Clipperton e inició hablando sobre el Kinkora: "¿Recuerdan el barco inglés con cuyos restos Arnaud construyó tanques de agua y casas para sus soldados? Bueno, cuando aquel enorme barco de tres mástiles encalló, por lo menos seis de sus tripulantes murieron al intentar llegar a la playa. ¿Devorados por qué creen?"

            Los supervivientes, la mayoría japoneses, encontraron en el atolón a un puñado de empleados de la Oceanic Phosphate Company, la empresa norteamericana que con argucias se estableció en Clipperton para explotar el guano. Los náufragos recibieron la oferta de regresar en el vapor Navarra, el cual daba servicio a la compañía guanera. El trato era simple: mientras llegaba el buque trabajarían recolectando guano a cambio de agua y comida. Pese a la oferta, cuatro marineros del Kinkora decidieron hacerse a la mar en una pequeña embarcación y dieciséis días después llegaron a Acapulco. Por desgracia, los que se quedaron fueron esclavizados por los empleados guaneros y esa situación generó un violento motín que terminó con la muerte de dos náufragos. Meses más tarde la noticia de lo ocurrido llegó a San Diego, California, con el vapor Navarra, donde también se rumoró falsamente sobre una probable ocupación inglesa de la isla. Tales hechos fueron publicados en agosto de 1897 por el Herald de Nueva York y gracias a ello las autoridades mexicanas se enteraron y reaccionaron enviando un barco el Demócrata a Clipperton.

            El historiador Tanaka también habló sobre la breve ocupación francesa luego del fallo arbitral que le dio posesión. Para ese entonces Clipperton había perdido gran parte del valor que hubiera podido tener para los intereses galos: el guano ya no era económicamente atractivo, el canal de Panamá lo administraba el Tio Sam y la inhóspita isla estaba muy, pero muy lejos de sus demás posesiones coloniales. A pesar de ello, en 1935 instalaron una guarnición militar e intentaron mantenerla. Cabe mencionar que meses atrás de que eso ocurriera, un famoso pescador deportivo visitó el atolón; se trataba del presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt, quién años más tarde (1938) regresaría y manifestaría interés por la isla.

            Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Francia se replegó y tuvo que abandonar Clipperton. Sin embargo, ante la posibilidad de que fuera tomada por la Armada Imperial Japonesa, los Marines estadounidenses la ocuparon y en ella permanecieron secretamente hasta el fin del conflicto.

            Al respecto el historiador mostró copias de documentos que, según dijo, describían un bien orquestado plan japonés que pretendía destruir el canal de Panamá mediante aviones bombarderos que partirían desde enormes submarinos de 120 metros de eslora, apostados en torno a Clipperton, una poderosa arma secreta denominada Sen Toku, que por desgracia para unos y fortuna para otros, nunca se utilizó. A los mexicanos además nos sorprendió ver mapas adjuntos que señalaban con detalle medio centenar de operaciones que la Marina Imperial Japonesa realizó, antes y durante la guerra, en nuestras costas e islas. Pero ya platicaré de ello más adelante.

            Durante la posguerra, Francia intentó en distintas ocasiones desarrollar el potencial pesquero de la zona, incluso proyectó la construcción de una base atunera en Clipperton, pero su lejanía no ayudó y con el tiempo todos los proyectos fueron abandonados. Más recientemente (1981) la Academia Francesa de Ciencias de Ultramar y El Alto Comisionado de la República Polinesia Francesa nuevamente intentaron, sin éxito, dotar al atolón de vida económica propia con una base pesquera permanente.

            Un hecho emotivo ocurrió en 1980, cuando Jacques-Yves Cousteau visitó la isla para realizar un documental. En aquella ocasión, el siempre ingenioso comandante del Calypso tuvo la gran idea de invitar a dos mexicanos: uno de ellos el también destacado cineasta submarino Ramón Bravo y el otro, Pedro Ramón Arnaud Rovira ¿recuerdan? El primogénito del capitán Arnaud—. De esa forma y luego de transcurridos 63 años, don Pedro Ramón regresó al terruño que lo vio nacer 71 años atrás. Imaginen lo que sintió al pisar nuevamente Clipperton, su isla; en la que vivió parte de su niñez, con tantas alegrías y tristezas que recordar.

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