Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 3, viernes 15-04. Un despertar fantasmal


La hora programada para llegar a Clipperton eran las seis de la mañana, pero la mayoría de los expedicionarios despertamos mucho antes al escuchar ruidos extraños. El barco había disminuido notoriamente la velocidad y en cubierta la tripulación realizaba maniobras. Subimos para averiguar qué sucedía y encontramos al equipo de geólogos preparando apresuradamente a Jonás, una sonda sonar con forma de avión, mucho más grande que la utilizada por Rocío e Isidore. El ambiente esa madrugada era bastante singular, ya que el mar, en contraste con el día anterior, se encontraba sumamente calmo y cubierto de una densa bruma que los reflectores del barco iluminaban, parecía como si fuese un gran velo que nos cubría de la oscuridad. Los documentalistas no dejaron pasar la oportunidad y de inmediato iniciaron grabaciones del extraño fenómeno óptico; los demás, sin saber exactamente qué pasaba, sólo observamos.

            Minutos más tarde Jonás fue sumergida desde una estructura desplegada en la cubierta de popa. Los geólogos bajaron a la cabina del sonar y el primer oficial se acercó para explicarnos que nos encontrábamos aproximadamente a 40 millas náuticas (74 kilómetros) de la isla y que desde allí sondearían el fondo marino para obtener imágenes del relieve de la cordillera volcánica que creó al atolón.

            Todas las islas exteriores del Pacífico mexicano son de origen volcánico y desde el punto de vista geológico relativamente jóvenes. También son conocidas como islas oceánicas, ya que emergieron desde el lecho marino, lejos de la plataforma continental. Clipperton se encuentra sobre la margen de una fosa alargada, profunda y transversal a la costa continental, conocida como la Fractura de Clipperton, que a su vez se encuentra sobre la Dorsal del Pacífico, una franja elevada del piso oceánico que se extiende desde el Pacífico Sur hasta la costa de Centroamérica y desde las islas Galápagos, frente a Ecuador, hasta las Revillagigedo, frente a México.

            Con la sonda Jonás bajo la superficie, el barco continuó a baja velocidad. Por consiguiente tardaríamos más en divisar Clipperton Rock, un farallón de aproximadamente 30 metros de altura que permite localizar la isla a distancia, pero eso solamente si la bruma desaparecía. Adela y yo subimos al puente con la esperanza de ver en el radar el atolón, y así fue. Olivier Cardan, segundo oficial del Albatrus, nos mostró en el extremo superior de la pantalla un tenue contorno situado en los 10 grados, 18 minutos, latitud norte, y 109 grados, 13 minutos, longitud oeste; que indudablemente era la legendaria Isla de la Pasión, pero además se observaban varios puntos a su alrededor, que luego supimos eran barcos. Después de escuchar algunas emisiones, el radio-operador dijo que quizá eran pesqueros costarricenses. Inmediatamente surgió una pregunta: ¿Qué hacen esos barcos dentro de aguas francesas?

            Están pescando furtivamente respondió muy enfadado el capitán.

            De hecho, a todos nos pareció que los misteriosos barcos se alejaron en dirección oeste al percatarse de la presencia del Albatrus, aparentemente con la intención de evitar ser identificados. El capitán anotó el incidente en la bitácora de navegación para posteriormente dar parte a las autoridades francesas. Sin embargo, es importante aclarar que la situación de Clipperton es debatible, ya que la legislación internacional correspondiente a las 200 millas náuticas (370.4 kilómetros) de Zona Económica Exclusiva (ZEE), incluida en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), sólo es válida si las islas están habitadas o tienen vida económica propia. Por tal motivo, Francia únicamente puede exigir el respeto de 12 millas náuticas (22.2 kilómetros) de Mar Territorial (MT) en torno a su deshabitado atolón.  

            Muy cerca de Clipperton fluye la Corriente Ecuatorial del Pacífico, misma que transporta ricos nutrientes que atraen especies migratorias muy codiciadas por la industria pesquera internacional, entre otras, el atún de aleta amarilla (Thunnus albacares) y el atún patudo (Thunnus obesus). Para la tripulación no fue extraño encontrar barcos furtivos explotando los vastos recursos pesqueros existentes entorno al atolón. El capitán Pichard comentó que en expediciones anteriores, además de barcos costarricenses, habían detectado pesqueros coreanos, hondureños y peruanos, todos operando ilegalmente dentro de aguas patrimoniales francesas. A propósito, nos dijo que el gobierno francés frecuentemente otorga permisos para que la Flota Atunera Mexicana pesque dentro de la ZEE perteneciente a Clipperton y que inclusive los helicópteros de los barcos mexicanos suelen aterrizar en el atolón.

            De cualquier forma, la base naval francesa más cercana está en el archipiélago polinesio, a 4 mil kilómetros de distancia, por tal motivo les resulta casi imposible custodiar adecuadamente las inmediaciones del pequeño atolón. Igualmente las flotas pesqueras, cada día mejor equipadas con sofisticados instrumentos, burlan fácilmente la escasa vigilancia gala.

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