Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Clipperton a la vista

Ilustración: Víctor Busteros

A las 7:30 de la mañana empezó a clarear, aún estábamos lejos de la isla y prevalecía la bruma, así que bajé a la cabina del sonar para averiguar qué sucedía. Los geólogos y algunos curiosos se encontraban reunidos alrededor de dos pequeños monitores admirando las imágenes que enviaba Jonás. Ambas pantallas proyectaban el perfil del fondo marino. A medida que el barco avanzaba, claramente disminuía la profundidad y se iba distinguiendo la pendiente oriental de la cordillera volcánica que dio origen al atolón.


            No pasó mucho tiempo cuando nuevamente el barco se detuvo, esta vez a petición de Ray, quien solicitó a la tripulación poner una lancha en el agua para filmar la llegada del Albatrus a la isla. Dos marineros y los documentalistas abordaron la embarcación y se dirigieron al frente del barco, que lentamente seguía avanzando. Una suave brisa soplaba del sur y la bruma empezó a disiparse. Cuando la mayoría estábamos distraídos viendo cómo se alejaba el bote, alguien con binoculares desde la baranda del puente gritó: L île (la isla, en francés). Justo frente a la proa, más o menos a 3 millas (5.5 kilómetros) se asomaba entre la bruma Clipperton Rock, el característico farallón del atolón.

            A medida que el sol salía, la suave brisa se convirtió en un moderado viento que descompuso la tranquilidad del mar. El oleaje entonces permitió ver una línea de rompientes a lo largo de la costa. El capitán ordenó rodear la isla para encontrar el mejor lugar de anclaje. La sonda Jonás fue subida a ras de superficie para evitar que chocara con las barreras coralinas, pero siguió operando en busca de un fondo adecuado para el ancla. Mientras tanto, otro grupo de tripulantes se dio a la tarea de subir a cubierta al Eol (hélice en francés), el pequeño helicóptero del barco.

            Rodear el perímetro de la isla, de aproximadamente 12 kilómetros, a la velocidad mínima del buque, nos llevó poco más de una hora, pero con la emoción sólo me parecieron unos minutos. Finalmente el barco se detuvo por completo y soltó el ancla de proa, quedando a media milla (0.9 kilómetros) de la costa suroeste de Clipperton, frente a un sitio que los galos llamaron Le Port” (el puerto, en francés) y que según mis cálculos corresponde al mismo lugar en el que hace un siglo se encontraba el muelle de la compañía guanera.

Tras una minuciosa revisión, Terry, el piloto del helicóptero, acompañado por el primer oficial Aceves, emprendieron el vuelo con el objetivo de hacer un reconocimiento aéreo y encontrar un buen lugar de desembarque. El aparato dio un par de vueltas y luego aterrizó en la isla. La lancha de los documentalistas enfiló hacia Le Port y aunque tuvo algunas dificultades con las olas, llegó sin novedad a la playa.


            Ray repasó los argumentos, hizo algunos ensayos de las entrevistas y luego nos informó que al desembarcar realizaría una pequeña filmación y reseña del arribo. Por la tarde haría un par de entrevistas y al día siguiente abordaría los temas históricos. El plan contemplaba además un día para realizar filmaciones correspondientes al entorno natural y otro para explorar.

            La tripulación bajó dos lanchas más para llevarnos a tierra. Recuerdo claramente el espectacular color azul del agua y cómo, a medida que nos acercábamos a la costa, era posible ver el coral y algunos peces en el fondo, incluido un pequeño tiburón. Y sobre nuestras cabezas, decenas de aves marinas vigilando nuestros movimientos. Por fin, luego de la insalvable mojada al sortear las furiosas olas, llegamos a la playa de la desolada Isla de la Pasión.

            Ray reunió a los expedicionarios para hacer una toma grupal y luego nos dio oportunidad de explorar un poco. El helicóptero regresó al barco y minutos después trajo a la isla a Paul Duncan, el director de cámaras, con dos grandes cajas que contenían el resto del equipo fotográfico y de video-filmación. La mayoría nos dirigimos a la ribera de la laguna interior; desde ahí parte del grupo se dirigió al farallón y otros hacía el palmar.

            Como se aprecia en el mapa, Clipperton es un atolón; es decir, una isla de forma anular ovalada de aproximadamente 3 kilómetros de diámetro, con una laguna central de agua verdosa, la cual, según los geólogos, corresponde al cráter del volcán que emergió desde las profundidades del océano y creó a la isla. Dicho cuerpo de agua tiene fosas muy profundas y el líquido que contiene es un cóctel de agua sulfurosa, salobre y de lluvia, por lo tanto no es potable. La estrecha franja de tierra entre el mar y la laguna se ensancha en algunos lugares y en varios de estos sitios hay palmeras que fueron traídas a mediados del siglo XIX por los guaneros y también cuando fue habitada por mexicanos. El palmar principal y algunas ruinas en el lado oeste del atolón permiten localizar el lugar donde se asentaba la colonia mexicana, la cual estaba constituida por las instalaciones de los trabajadores de la compañía guanera, el campamento del destacamento militar y la casa de la familia Arnaud. Aproximadamente a 3 kilómetros de ahí, en el extremo sureste de la isla, se yergue Clipperton Rock, un farallón en cuya cúspide se ubicaba el faro que mandó construir el gobierno de Porfirio Díaz y del que en la actualidad sólo quedan algunos vestigios.

            Por toda la isla hay evidencia de actividad humana. Entre otras cosas hay chatarra, restos de vehículos y naufragios, aparejos de pesca, desechos militares, placas conmemorativas de otras expediciones, costales de cemento petrificado, una pequeña estación meteorológica en ruinas, una rudimentaria pista de aterrizaje  y mucha basura, sobre todo plástico que ha llegado arrastrado por las corrientes marinas. Todo ello provoca una extraña sensación en el visitante, que bien podría creer que Clipperton está habitada.

            Sólo cuando caminé por la blanca y quemante arena de aquel inhóspito lugar, donde la única vida aparente son unas pocas palmeras, miles de aves marinas y millones de cangrejos, pude entender las terribles condiciones en las que vivieron los últimos habitantes mexicanos, abandonados durante tres largos años; sin agua dulce, con escasísima vegetación y totalmente desprotegidos de tormentas tropicales y ciclones. No obstante, y a pesar de que la isla dista mucho de ser un paraíso tropical, posee una extraña belleza que cautiva.

          Como era de esperarse, de inmediato los franceses instalaron un campamento conformado con tres tiendas de campaña y también armaron una altísima estructura para la antena de los radioaficionados, misma que además sirvió para izar su bandera, a la que minutos más tarde le rindieron honores. Los mexicanos respetuosamente nos acercamos para presenciar en silencio la sencilla pero solemne ceremonia. En el momento que la bandera gala empezó a ondear con el viento del Pacífico, nuestro pensamiento giró en torno al destacamento mexicano que patrióticamente defendió la soberanía nacional y en lo injusta que ha sido la historia al no recomocer el sacrificio de aquellos hombres y rendirles el homenaje que merecen. Un emotivo sentimiento que combinaba nacionalismo, vergüenza y sobre todo tristeza, nos invadió, a tal grado que Adela no pudo contener las lágrimas.
           
            Cuando finalizó el izamiento ya era medio día y como no habíamos desayunado, el hambre nos hizo volver al barco. Durante el corto, pero siempre temerario trayecto en bote hasta el Albatrus, Adela lamentó mucho no haber llevado consigo una bandera mexicana para homenajear a los soldados que sacrificaron su vida por la patria. Gran sorpresa se llevó cuando Juan y yo le dijimos que teníamos una y, por cierto, bastante grande. Los tres sabíamos que para no ofender a nuestros compañeros franceses, que bien podrían lanzarnos a los tiburones desde la borda, debíamos ser muy cuidadosos y entonces acordamos pedir la opinión del capitán Pichard, máxima autoridad francesa de la expedición, para ver si era posible homenajear a nuestros compatriotas, izando la bandera nacional.

            Luego del almuerzo subimos al puente con Pichard, le planteamos la idea y solicitamos su autorización. El capitán accedió sin mayor problema, aunque condicionó informarle a toda la tripulación el motivo de la ceremonia, asimismo nos explicó el protocolo para izar una bandera extranjera en territorio de Francia. Al respecto teníamos dos opciones: la primera era izar nuestra bandera en la isla, en la misma asta pero por debajo de la francesa; o bien, sola en el mástil de proa del Albatrus. Elegimos la segunda opción, para lo cual convenimos realizar la ceremonia a las ocho de la mañana del día siguiente.

            Más tarde regresamos a la isla, donde la actividad era intensa, sobre todo por cuestiones del documental. Aproximadamente a las cinco de la tarde, Ray llamó a Adela y demás personas que serían entrevistadas; así que Juan y yo nos unimos a los científicos que recorrían la isla haciendo mediciones y recolectando muestras. Antes del anochecer regresamos al barco para pasar la noche, sólo un grupo compuesto por radioaficionados y naturalistas se quedó a pernoctar en el campamento.

            Esa noche invitamos a quienes se quedaron en el barco para que nos acompañaran en la ceremonia que realizaríamos al amanecer, todos aceptaron y además algunos nos pidieron que habláramos más sobre la isla. Durante varias horas, sentados en el helipuerto del Albatrus  y admirando la estrellada bóveda celeste, relatamos la historia del atolón que alguna vez fue mexicano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario