Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Antecedentes

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Junio 5 de 2002
CLIPPERTON, ISLA DE LA PASIÓN
Por: Víctor Busteros / Club de Buceo Poseidón


Remoto y olvidado territorio, alguna vez mexicano, en el que eventualmente ondea la bandera francesa. Así definen algunos geógrafos a Clipperton o Isla de la Pasión; atolón de origen volcánico-coralino que tiene una superficie de 7 kilómetros cuadrados y 11 kilómetros lineales de playa, resguardada por un arrecife de coral único en su tipo. La isla está deshabitada y se ubica en el Pacífico Nororiental, al sur de Cabo San Lucas y al oeste de Nicaragua.

            Clipperton fue hasta enero de 1931 territorio insular mexicano, pero tras el fallo de un tribunal internacional con el parcial arbitraje de Vittorio Emanuele III, rey de Italia, la isla pasó a la jurisdicción de la aún más lejana Polinesia Francesa.

            Marinos españoles descubrieron el atolón en el siglo XVI, y por su importancia como referente en la ruta hacia las Filipinas fue anexado inmediatamente a las posesiones de la Nueva España con el nombre de Médanos. Sin embargo, su nombre actual se lo debe a John Clipperton, pirata inglés que operaba en las inmediaciones. Paradójicamente la ilícita actividad del bucanero y otros exploradores como Edward Belcher contribuyeron a la correcta localización cartográfica de la isla, terminando con la confusión internacional del pretendido dualismo entre la isla real y una inexistente “Isla de la Pasión”, promovido por Francia desde el siglo XVIII.

            Las cartas de independencia otorgadas a México transmiten debidamente la propiedad legal del atolón, pero sin una posesión efectiva comprobada, en 1858 el capitán de un barco francés, en ruta a Hawái, levantó un acta de toma de posesión y posteriormente notificó la adquisición, iniciando así la controversia.

            El gobierno de Porfirio Díaz intentó mantener presencia permanente en Clipperton; esfuerzo que dio origen a la legendaria tragedia del capitán Ramón Arnaud, quien con un pequeño grupo de soldados y sus respectivas familias, mantuvo patrióticamente la soberanía mexicana en el lejano territorio, todo ello a pesar de que permanecieron abandonados a causa de la Revolución.

            Hoy en día Clipperton es una posesión francesa deshabitada, prácticamente abandonada, únicamente visitada por expediciones de científicos, aventureros y desde luego por la Marina Francesa. Desgraciadamente pocos mexicanos conocen su historia y quienes han oído hablar de ella la consideran una pérdida más sin importancia. Sin embargo, la isla cuenta con casi medio millón de kilómetros cuadrados de zona marítima exclusiva.

            Independientemente de los beneficios territoriales, si nuestro país recuperara a Clipperton, ampliaría el recién creado Santuario Ballenero Mexicano, pasando de 3 a 3.5 millones de kilómetros cuadrados. Además recobraría el arrecife coralino más espectacular del Pacífico Nororiental y podría evitar que las grandes potencias (Francia y EUA) pretendan utilizar el atolón como basurero nuclear o para realizar experimentos militares.

            Si bien no existe forma de protestar el laudo arbitral de 1931, algunos especialistas en derecho internacional afirman que sí es posible buscar un nuevo juicio, aportando pruebas que avalen la propiedad histórica de México sobre la isla. Igualmente existe la posibilidad de llegar a un acuerdo diplomático que le permita a México administrar junto con Francia el territorio insular y su zona económica exclusiva; opción que sería la más conveniente para ambas naciones, pues sumando esfuerzos resultaría más fácil mantener presencia permanente en el atolón.

            Lamentablemente parece que ni Francia, ni  México, están interesados en Clipperton, situación muy riesgosa porque Estados Unidos en reiteradas ocasiones ha mostrado un discreto interés por el atolón, en el que bien podría hacer valer su famosa Doctrina Monroe: "América para los americanos".
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Así, con la nota anterior, la cual escribí para una revista especializada en temas ambientales, inicia mi relato. De hecho, gracias a ella recibí la invitación para participar en la expedición a las islas exteriores del Pacífico Mexicano, efectuada en abril de 2005. 

            Todo inició en mayo de 2002, cuando como amante de la naturaleza y también como colaborador de la organización ambientalista Greenpeace, recibí con júbilo la noticia sobre el Santuario Ballenero Mexicano, el más grande del mundo, creado bajo decreto del presidente Vicente Fox Quesada. 

            Aquella declaración significó un gran triunfo para muchas personas y organizaciones que durante años habíamos pugnado por la creación de una reserva con una extensión de 3 millones de kilómetros cuadrados, que por lo menos en el papel tiene la finalidad de proteger a todos los mamíferos marinos que viven o visitan los mares mexicanos.

 
          Entusiasmado, me apresuré a escribir sobre Clipperton, pensando que era una magnífica oportunidad para recordarle a la comunidad conservacionista que en el Pacífico existe una isla abandonada, con 425 mil kilómetros cuadrados de Zona Económica Exclusiva (ZEE), que bien podría recuperar México para ampliar su recién creado santuario ballenero. 

            La nota se la envié a Adela López, una amiga que en ese entonces se desempeñaba como directora editorial en la revista Econotas, tres semanas después fue publicada en boletines electrónicos y en una página de Internet. La respuesta de los lectores no se hizo esperar. Decenas solicitaron mayor información a la redacción de la revista. Si bien nos dio gusto que muchos se interesaron en el tema, también lamentamos que muy pocos sabían del heroísmo de un puñado de familias mexicanas que, con muchas penurias, permanecieron en Clipperton resguardando la soberanía nacional.

            Entre los que solicitaron más información había alguien llamado Ray González, quien decía estar trabajando en un proyecto relacionado con La Nao de China, la ruta marítima que durante la Colonia unía a la Nueva España con el lejano Oriente. El señor González se manifestaba sumamente interesado en el tema y Adela decidió darle mi dirección de correo electrónico para que se pusiera en contacto conmigo, aunque fue mucho después cuando me escribió. 

            La primera vez que escuché la historia de Clipperton fue en marzo de 1988, en aquel entonces me preparaba para participar en una expedición del  Club de Buceo Poseidón a las islas Revillagigedo, viaje que organizó y lideró mi padre, el ingeniero Cándido Busteros. En esa época la expedición fue todo un acontecimiento y mucha gente de Guadalajara se interesó, entre ellos el destacado naturalista jalisciense Enrique Estrada Faudón, quien años atrás había realizado estudios científicos en el archipiélago. 

            Previo a nuestra partida hacia el puerto de Manzanillo, donde nos embarcaríamos en el Zapoteco, un buque logístico de la Armada, el doctor Estrada nos ofreció una interesante charla sobre Revillagigedo, haciendo referencia a la geología, fauna y flora del lugar, así como de algunas anécdotas, entre ellas una especialmente interesante, ocurrida a finales de la década de los años cincuenta: resulta que cuando la Armada de México llegó al archipiélago para establecer una base naval en Isla Socorro, los marinos mexicanos se llevaron una gran sorpresa al encontrar instalaciones estadounidenses para rastrear satélites; al respecto, el doctor no dudó en mencionar el caso de Clipperton para resaltar la importancia de no descuidar nuestras islas. 

            Desde entonces indagué sobre la isla en documentos oficiales y algunos libros; en especial uno escrito por el jurista Miguel González Avelar, titulado Clipperton, isla mexicana”, el cual explica las circunstancias por las cuales nuestro país fue despojado de ese territorio insular. Otro titulado La Isla de la Pasión”, una novela de la colombiana Laura Restrepo. Y por último La tragedia de Clipperton, Isla de la Pasión”, libro escrito por María Teresa Arnaud de Guzmán, quién relata los recuerdos de su padre, don Ramón Arnaud Rovira, mexicano nacido en la isla e hijo del capitán Ramón Arnaud Vignon, personaje protagónico de la historia. Además encontré una película de 1941, dirigida por Emilio El Indio Fernández, titulada La isla de la Pasión, la cual está basada en testimonios de algunos sobrevivientes. Y dos documentales, el primero del célebre explorador francés Jacques-Yves Cousteau, filmado en 1980, y el segundo producido en el año 2003 por el empresario mexicano Manuel Arango.

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