Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 23, jueves 5-05. Rumbo a Coronado


Rancho atunero
Foto: Animal Gourmet

La mañana siguiente desperté cuando el barco empezó a moverse. A toda prisa subí a la cubierta para despedirme de Guadalupe. Todavía no salía el sol pero ya había suficiente luz para apreciar con detalle los imponentes acantilados de la costa oeste, los cuales a medida que nos acercamos al extremo norte se convirtieron en paredes verticales de cientos de metros de altura; una barrera natural que atrapa las nubes bajas que viajan de norte a sur con la famosa Corriente de California, continuación de la Contracorriente Ecuatorial o Kuro Siwo. Al detenerse en ese punto, las nubes descargan humedad en la porción septentrional de la isla, justamente donde están el aguaje y los bosques.

            Recorrer la isla de un extremo a otro le llevó más de una hora al Albatrus y luego continuamos en dirección norte-noreste, hacia la última parada de la expedición, el pequeño archipiélago de Coronado, situado aproximadamente a 197 millas náuticas (365 kilómetros) de la punta norte de Guadalupe y a 17 kilómetros al noroeste de las playas de Rosarito (Baja California). La navegación hasta ese lugar nos llevaría alrededor de 20 horas, así que llegaríamos al amanecer del día siguiente.

            La mañana transcurrió tranquila hasta que al filo del mediodía apareció un pequeño barco que se desplazaba lentamente frente al Albatrus, de momento creímos que era un atunero que hacía maniobras de lance, pero al irnos acercando nos dimos cuenta que avanzaba remolcando una enorme red circular, de aproximadamente 40 metros de diámetro, que en su interior “hervía” de atunes vivos.

           ¿Por qué hacen eso? Preguntaron algunos de nuestros compañeros.

             Los arrean a ranchos atuneros, donde antes de sacrificarlos los engordarán para luego exportarlos a Japón y hacerlos sushi respondió Adela.

            ¿Ranchos atuneros? Cuestionaron.

            Sí, son corrales o jaulas en el mar, cercanos a la costa de Ensenada (Baja California). A lo largo de varios meses ahí engordan a los atunes con sardinas y otros alimentos procesados, ricos en grasas y aceites. Posteriormente, cuando los peces alcanzan la talla deseada, son sacrificados, congelados y exportados a los mercados de subasta en Japón, país en el que los compradores llegan a pagar una verdadera fortuna por ellos explicó Adela.

            A partir de la instalación de los primeros ranchos atuneros en 1994, la actividad se convirtió en una importante alternativa económica para la industria atunera mexicana, que como ya hemos visto ha sido muy castigada por los embargos estadounidenses. Igual ocurrió con la decadente flota sardinera, que se reactivó para proveer de alimento a los insaciables atunes en proceso de engorda.

            La bonanza que ha propiciado esta actividad, pareciera ser una gloriosa solución a la problemática de la pesquería del atún en México; pero no hay que engañarnos, el costo ambiental de los ranchos atuneros es enorme. Por un lado no reduce la sobreexplotación que sufre el atún, principalmente de las variedades aleta amarilla y aleta azul; al contrario, aumenta y propicia depredación en grandes volúmenes de otras especies, como la sardina que se utiliza para alimentar a los atunes cautivos. Asimismo, la mortandad durante el arreo del atún suele ser muy alta y sigue existiendo captura incidental de delfines y otros animales amenazados. Por otro lado, los ranchos producen cantidades extraordinarias de desechos orgánicos que contaminan directamente las aguas adyacentes a los corrales; igualmente el hacinamiento del atún incide en la aparición de enfermedades contagiosas, que frecuentemente se propagan en los ecosistemas circundantes. Para combatirlas, los atuneros utilizan cantidades industriales de medicamentos que se disuelven en el agua; incluidos antibióticos. Además es muy común el uso de hormonas y anabólicos para engordarlos con rapidez; un cóctel de sustancias peligrosas, que aparte de los impactos negativos que pueden tener sobre la salud humana, también envenenan el medio ambiente marino. Y por si todo lo anterior no fuera suficiente, la mayoría de las empresas que operan los ranchos de engorda son de capital extranjero: japonés, por supuesto.

            La ocasión resultó una buena excusa para que los documentalistas solicitaran el helicóptero y así poder ir a echar un vistazo desde las alturas, petición que extrañamente no objetó el capitán; entonces Terry se dispuso a preparar al Eol y en pocos minutos estaba listo para volar. Tan pronto se elevó, se dirigió a la red que arrastraba el barco atunero y, tras un breve sobrevuelo, regresó con elocuentes imágenes que sirvieron para entender mejor la penosa situación que deben resistir los peces antes de llegar a los corrales de engorda.

            Cuando son capturados, los atunes inútilmente intentan escapar nadando a gran velocidad y saltando sobre la superficie del agua, mientras lo hacen suelen golpearse entre sí, causándose heridas que algunas veces resultan mortales. Aquellos que logran sobrevivir, aún deben soportar varios días, incluso semanas, mientras son arrastrados lentamente dentro de la red hasta llegar al rancho atunero.

            La cercana presencia del Albatrus y el sobre vuelo del Eol molestó a los tripulantes del barco atunero, quienes lo hicieron saber con gestos no muy amigables que digamos. Por tal motivo, en cuanto quedó asegurado el helicóptero en su plataforma, nuestro barco reanudó la navegación a velocidad crucero.

            Durante la tarde, el tema de conversación fue nuestro próximo destino, un archipiélago cercano a la costa, que a pesar de ser pequeñito cuenta con mucha historia y anécdotas que contar. Para empezar debo decir que las ínsulas que lo conforman, eran bien conocidas desde tiempos precolombinos por las etnias indígenas de la región, las cuales las consideraban un lugar sagrado, ya que de acuerdo a sus creencias, en ellas se originó la vida.

            El primer europeo en avistarlas fue Juan Rodríguez Cabrillo, uno de los soldados que acompañaron a Hernán Cortés en la conquista de Tenochtitlan. Desde su descubrimiento en 1542 han sido conocidas con diversos nombres: Coronado, Coronadas, Desiertas, De la Momia, Del Muerto, Sarcófago, etcétera. Y aunque se dice que Cabrillo las llamó originalmente islas Desiertas, poco después fueron rebautizadas como Islas Coronado; quizá en honor al explorador Francisco Vázquez de Coronado, uno de los hombres que por aquellos años vinieron a México con don Antonio de Mendoza, primer virrey de la Nueva España.

            Las Coronado se encuentran en la ruta de cabotaje que durante la época colonial seguían los navíos españoles desde Acapulco (Guerrero) y Barra de Navidad (Jalisco) hasta el Cabo Mendocino, al norte de California. Igualmente por ahí solían pasar en sentido contrario las naos procedentes de Filipinas, por ello no debe extrañarnos que existan innumerables leyendas de piratas en torno a ellas. Sin embargo, es su historia reciente la que resulta bastante interesante.

            Durante la segunda década del siglo XX, época de la prohibición en Estados Unidos, los ciudadanos de aquel país se veían obligados a cruzar la frontera para beber una copa de alcohol, o bien recurrían al contrabando. Precisamente por su ubicación geográfica, las Coronado se convirtieron en el mejor centro de almacenamiento y distribución para los traficantes de licor. Por aquellos años en la isla Coronado Sur, en la que existe una pequeña caleta, los contrabandistas construyeron un lujoso casino con club de yates y se dice que el dueño era el mismísimo Al Capone, el famoso gángster de Chicago.

            En aquel exclusivo lugar, testigo de faustuosas fiestas, desfilaron celebridades de Hollywood, magnates del mundo de los negocios y por supuesto no faltaron personalidades de la política y del crimen organizado estadounidense.

            Aunque la construcción y funcionamiento del casino aparentemente habían sido concesionados por el gobierno de México, la realidad era que contaba con total autonomía, factor que aunado al abandono en el que se encontraban las islas por la efervescencia política que vivía nuestro país, provocaron que la soberanía mexicana sobre las Coronado quedara en entre dicho.

            Al terminar la prohibición alcohólica (1933), el auge del casino decayó; no obstante, siguió funcionando para un selecto y elitista grupo de extranjeros que lo frecuentaba como lugar de retiro y descanso, algo parecido a lo que hoy conocemos como Spa.

            Un incidente curioso ocurrió en el verano de 1943, durante la Guerra del Pacífico, por aquel entonces el comandante de un barco de la Marina estadounidense, que regresaba a su base en el puerto de San Diego, decidió hacer prácticas de tiro en contra de la isla Coronado Sur, acción que causó un tremendo susto a quienes allí se encontraban y una severa reprimenda al irresponsable capitán de navío que ordenó abrir fuego en contra de una isla mexicana.
           
Pero quizá la historia más interesante de Coronado es la que aparece en la página Web de la organización Isla, Conservación del Territorio Insular Mexicano A.C. y que también publicó el periódico Excélsior a principios de la década de los ochentas, aparentemente parte del acervo documental de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.

            Titulada: “Osado rescate de Isla Coronado”, la nota es una narración anecdótica de un teniente coronel de nombre Ismael Llamas, quien relata los pormenores de una expedición que, bajo sus órdenes, permitió a México recuperar Islas Coronado.

            La historia se desarrolla en 1947, época en la cual el teniente coronel Llamas estuvo al frente de la guarnición militar “El Ciprés” en Ensenada, lugar en el que se enteró de islas mexicanas, aparentemente ignoradas por el gobierno, que eran ocupadas ilegalmente por extranjeros, e impulsado por su espíritu nacionalista se lanzó al rescate de ellas.

            De acuerdo a la nota, además de recuperar las islas de Coronado, Llamas también intentó rescatar las ocho islas del Archipiélago del Norte; pero para no desencadenar un conflicto diplomático se lo impidieron las propias autoridades mexicanas.

            Verídica o no, esta narración es evidencia del descuido, por no decir abandono, que a lo largo de por lo menos un siglo y medio prevaleció en la mayor parte del territorio insular mexicano. Leerla me alentó a investigar más, principalmente para saber qué tan cierto era aquello de que los Estados Unidos se apropiaron ilegalmente de las ocho islas que integran el Archipiélago del Norte, algo que por supuesto nunca me extrañó.

            En efecto, luego de la guerra contra Estados Unidos, nuestro país firmó los Tratados de Guadalupe Hidalgo, con los cuales fue despojado de un poco más de la mitad de su territorio; sin embargo, en dichos documentos nunca se mencionaron las islas San Miguel, Santa Cruz, Santa Rosa, Anacapa, Santa Bárbara, San Nicolás, Santa Catalina y San Clemente (Archipiélago del Norte), ubicadas frente a la costa sur de California. Es más, el documento oficial que bilateralmente establece el nuevo límite fronterizo entre las dos naciones, únicamente contempla territorio continental y una legua marina (3 millas náuticas) adyacente a la costa del Pacífico; lo cual excluye al Archipiélago del Norte, que si bien en aquel entonces estaba deshabitado, legalmente le pertenecía a México desde 1821, pues se describía expresa y cartográficamente como una de las posesiones de la Nueva España independiente. Así que técnicamente estamos hablando de territorio mexicano ocupado por los Estados Unidos de América.
           
 
Ilustración: Víctor Busteros

En diferentes ocasiones, México manifestó tibiamente su derecho soberano sobre esas islas, varios expertos en derecho internacional coincidieron en que había bases fundadas para hacer una reclamación formal. Inclusive la misma Corte Internacional de la Haya sugirió en 1970 que nuestro país tenía elementos suficientes para reclamar la posesión del archipiélago y en 1976 el propio Departamento del Interior de los Estados Unidos expresó su preocupación ante tal escenario.
           
El tema ha sido debatido a lo largo de décadas por geógrafos, historiadores, juristas, políticos y periodistas. Sin embargo, sólo existe un estudio oficial, realizado durante la gestión del presidente Manuel Ávila Camacho, con el cual se evaluaron las posibilidades reales de recuperar las islas. Se presume que dicho análisis resultó negativo, ya que el extenso documento terminó archivado y clasificado. Aunque vale la pena mencionar que de vez en cuando aparece la propuesta de algún diputado que intenta reabrir el caso.

            La triste realidad es que si alguna vez hubo oportunidad de recuperar el Archipiélago del Norte fue antes de la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces la mayoría de sus islas se poblaron y por lo menos en dos de ellas el “Tío Sam” construyó instalaciones militares estratégicas; de esas que tienen misiles y submarinos nucleares, motivo suficiente para nunca devolverlas a México. No obstante el enojo que nos pueda causar este abuso, la experiencia debe servirnos de ejemplo para evitar que ocurra otra vez, como precisamente sucedería en caso de que el gobierno de México concesione islas a transnacionales como Chevron-Texaco.

            La charla sobre Coronado causó tanto revuelo como la de Clipperton. Para la mayoría de los expedicionarios el tema era inédito y desde luego surgieron muchas dudas y preguntas que se extendieron hasta muy tarde, acrecentando el interés general por conocer el lugar.

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