Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 22, miércoles 4-05. Último día en Guadalupe

Islote Toro visto desde Guadalupe
Foto: Grupo Ecología y Conservación de Islas

Aún no clareaba cuando oí ruidos en el pasillo, abrí la puerta de la cabina y al asomarme vi que eran Jim, Paul y Sato que se apresuraban para ir a bucear. Los ayudé a cargar sus equipos hasta la cubierta de botes, en donde ya los esperaba una panga de la cooperativa pesquera.

            Aunque en el último momento me invitaron a ir con ellos, sólo de ver los gruesos trajes de buceo, sentir la fresca temperatura del agua y pensar en los tiburones blancos, me hicieron perder todo interés. Además temí que mi inexperiencia en el buceo documental les arruinara su trabajo.

            Entonces fui a la cocina, me serví café, que por cierto todas las mañanas era excelente, y después subí al puente para ver el amanecer en compañía de Evelyn, con quien charlé largo y tendido sobre la intervención francesa en México.

            Durante el desayuno Ray recordó a todos que esa noche partiríamos rumbo al pequeño archipiélago de Coronado o Coronados, como también se le conoce. Recomendó que el día lo dedicaríamos a explorar la costa de la isla en los botes y también que un grupo hiciera un recorrido por tierra.

            Yo me uní a Rocío, Marcela, Ramón e Isidore, quienes tenían mucho interés en encontrar alguna colonia de elefantes marinos; así que en uno de los botes nos dirigimos hacia la costa oriental de la isla. Mis amigos biólogos se habían propuesto fotografiar un ejemplar macho de la especie, monstruos que pueden llegar a medir hasta 5 metros de largo y pesar dos toneladas. Marcela advirtió que las posibilidades de encontrar a esos animales eran escasas, ya que la mejor época del año para observarlos es durante el invierno, cuando se concentran en ciertas playas pedregosas para que las madres den a luz y los machos se apareen con las hembras de su harén. No obstante, teníamos esperanza porque algunos individuos suelen permanecer en tierra hasta principios de mayo, en un lugar conocido como Cañones Gemelos, situado en la costa noreste.

            Por desgracia, a la mitad del trayecto el motor del bote repentinamente dejó de funcionar. Peter, que manejaba la lancha, trató de repararlo al tiempo que los demás luchábamos remando en contra de la poderosa Corriente de California que nos arrastraba hacia el sur. Finalmente, no nos quedó más remedio que solicitar ayuda por radio.

            Como pudimos, nos acercamos a la orilla y en cuanto la profundidad lo permitió, Peter lanzó el ancla. Sin otra cosa mejor que hacer, nos acomodamos para observar el agreste y pedregoso litoral de la isla.

            De pronto escuchamos un fuerte resoplido que provenía del lado contrario, al voltear descubrimos que no estábamos solos, un curioso lobo marino se acercó a investigar quiénes éramos los extraños que invadíamos sus dominios. Después de todo la suerte nos sonreía, ya que se trataba de un ejemplar joven de lobo fino de Guadalupe, el único pinnípedo endémico del Pacífico mexicano, el mismo que los zoólogos consideraron extinto durante las primeras décadas del siglo pasado.

            El lobo fino se distingue de su pariente californiano por poseer un pelaje tupido y oscuro. Se reproduce únicamente en Isla Guadalupe, aunque en fechas recientes se registró una pequeña colonia reproductiva en las islas San Benito. Son animales que rara vez se alejan de la costa y por ello es relativamente sencillo encontrarlos la mayor parte del año.

            Durante las casi dos horas que demoró el rescate, el gracioso bigotón hizo toda clase de peripecias alrededor del bote, aligerándonos la espera, así que el tiempo pasó volando.

            Mathias, el segundo ingeniero del barco, un francés de muy mal carácter, fue quien acudió a auxiliarnos. Al llegar, lo primero que hizo fue discutir con Peter y luego muy enfadado abordó nuestro bote para revisar el motor y sin hacerle absolutamente nada, pidió que le dieran marcha y ¿qué creen? Encendió al primer intento.

            Entonces “el gruñón” regresó orgulloso a su lancha, pero el motor se apagó nuevamente. Ya imaginarán su reacción. Haciendo ademanes y diciendo improperios intentó repararlo, pero no lo logró y tuvieron que remolcarnos de vuelta al barco.

            La avería nos arruinó el día, pues después de arribar al barco solamente quedó tiempo suficiente para esperar a los demás expedicionarios, que no tardaron mucho en llegar. A pesar de todo estábamos contentos por el encuentro con el lobo fino, al que pudimos tomarle bastantes fotografías y video.

            Antes de las seis de la tarde todo mundo estaba a bordo del Albatrus. Román tomó lista en cubierta y luego nos dirigimos al comedor. Como era de esperarse, el menú incluía langosta. Cómo olvidarlo.

            Como siempre el primer tiempo fue una refrescante ensalada de frutas y verduras. A continuación disfrutamos del auténtico biscuit o crema de langosta, acompañado de arroz blanco y pan recién hecho por Piero, quien antes de convertirse en marinero fue panadero en su natal Italia. Luego vinieron las langostas cocinadas al vapor con un poco de aceite de oliva, ajo y otras especias secreto del chef. Por supuesto no faltó el vino de mesa, blanco durante la comida y tinto para el postre, el cual consistió en nieve de limón con fruta deshidratada.

            Esa tarde los cocineros también prepararon sashimi con pepino de mar, un par de ejemplares que Jim le compró a los buzos por mera curiosidad. Estos equinodermos, parientes feos de las estrellas y erizos de mar, hasta hace apenas unos años abundaban a lo largo de la costa del Pacífico mexicano y debido a la demanda que existe por ellos en países asiáticos, donde son considerados una exquisitez afrodisíaca y medicinal, sus poblaciones han sido sobreexplotadas, a tal grado que actualmente resulta difícil encontrarlos. Las empresas exportadoras de dicho marisco lo obtienen directamente de las cooperativas que lo extraen artesanalmente del fondo del mar, pagando en promedio 20 pesos por kilogramo. El mismo producto en los mercados de Japón y Corea se vende al público en no menos de 20 dólares el kilogramo.

            La pesquería del pepino de mar es un claro ejemplo de depredación por la vulnerabilidad económica de nuestro país, la insaciable voracidad de los comerciantes  y el escaso o nulo control por parte de las autoridades refirió Juan.

            Al concluir el banquete, Pachi y sus ayudantes, Jean y Piero, recibieron un fuerte aplauso, inclusive hubo propuestas de matrimonio por parte de las cinco muchachas de la expedición, que no ocultaron haber sucumbido a sus habilidades culinarias. Luego se realizó el tradicional sorteo para designar a los lavaplatos y quienes nos libramos de dicho quehacer tuvimos tiempo para admirar un magnífico atardecer desde la cubierta de popa.

            Cuando cayó la noche el clima dejó de ser agradable, el viento frío obligó a que la exhibición fotográfica del día se efectuara dentro del barco y no al aire libre, como lo habíamos hecho antes. Pero el entusiasmo no decayó, todo mundo estaba ansioso por ver el material de los documentalistas. La presentación inició con los videos que hicieron Marcela y Ramón a bordo de la lancha descompuesta, en los que desde luego apareció “Lupe” por aquello de Guadalupe, el simpático lobo fino que nos acompañó mientras llegaba el rescate.  

            A continuación vimos imágenes captadas por el grupo que bajó a tierra, que apoyado por personal de la Armada visitó diferentes lugares del interior de la isla en una camioneta.

            A lo largo de los aproximadamente 20 kilómetros del camino que comunica a Campo Sur con la meseta central de Guadalupe, lugar donde se ubica la pista aérea, Richard fotografió al menos seis conos volcánicos poco erosionados, lo cual, desde el punto de vista geológico, indica un pasado reciente sumamente activo. Por su parte, los biólogos lograron imágenes de varias aves y de un par de ejemplares de las extrañas palmas de abanico de Guadalupe, una de ellas tras un cerco de malla de alambre para protegerla de las cabras. Asimismo, en las inmediaciones de la pista aérea, en la que por cierto reposan los restos destartalados de un viejo avión, lograron video-grabar a una familia de esquivos perros ferales.

            Adela platicó que el marino que guió la excursión, un oficial del que sólo recordó su nombre (José Luis), la sorprendió gratamente por sus amplios conocimientos de la ecología insular, ya que durante el recorrido contestó acertadamente todas y cada una de las preguntas que al respecto le hacían los biólogos.

            Sobre los perros, que como recordarán también se trata de una especie introducida, el marino José Luis explicó que son poco amigables, aunque no agresivos con las personas; viven en grupos pequeños y aparentemente subsisten cazando cabras, lo cual haría suponer que su presencia ayuda, de algún modo, a controlar la población del herbívoro. Sin embargo, no se descarta la posibilidad de que también depreden los huevos y pichones de las aves que anidan en el suelo, hábito que igualmente los convierte en corresponsables de la extinción de las especies endémicas desaparecidas.

            A poca distancia de la pista aérea, Diana captó con su telefoto un rebaño de las susodichas cabras; también encontró un viejo y solitario pino muerto, que en su tronco seco tenía señales claras de la glotonería caprina.

            De acuerdo a los registros que dejaron exploradores del siglo XIX, la cordillera y ciertas planicies, tanto de la región norte como central de Guadalupe, poseían bosques de respetables dimensiones; pero a consecuencia de las cabras únicamente quedan dos pequeños reductos boscosos en el norte, zona en la que también se encuentra el mayor aguaje de toda la isla y donde obviamente se concentra el grueso de la población caprina.

            Desde principios de la década de los setentas se han otorgado concesiones a diferentes sociedades cooperativas para que exploten comercialmente a las cabras ferales de Guadalupe. Se estima que desde entonces se han sacrificado por lo menos 100 mil animales y no obstante lo devastadora que pudiera parecer esa cifra, aún faltan años de trabajo para erradicarlas completamente.

            Respecto a lo anterior, es importante mencionar que uno de los más grandes y exitosos proyectos de conservación que hoy en día se aplican en la isla, es el que atinadamente coordina Grupo de Ecología y Conservación de Islas (GECI). Gracias a la iniciativa de esta asociación civil México-estadounidense y al apoyo de la cooperativa que actualmente comercializa en Sonora cabras vivas capturadas en Guadalupe, se han instalado cercas de alambre para proteger de los herbívoros algunas zonas. Dicha medida ha permitido que las semillas de varias plantas y árboles endémicos hayan podido germinar y así empezar a renovarse; algunas especies, luego de un siglo o más de no hacerlo. Un caso destacado es el del pino de Guadalupe, del que actualmente se contabilizan miles de plántulas o renuevos. Además, la erradicación de las cabras ha propiciado la reaparición de seis especies vegetales que se consideraban extintas.

            Como de costumbre, la última parte de la exhibición fotográfica del día correspondió a las imágenes de los documentalistas, que siempre causaban mucha expectación. Esa noche, para no variar, el material que presentaron resultó excelente.

            Si bien las aguas que rodean a Guadalupe son frías; su transparencia y abrupto relieve subacuático son un escenario perfecto para los que gustan de hacer video y fotografía submarina. Además, haber contado con guías que conocían palmo a palmo los alrededores de la isla, facilitó que Jim y Sato hicieran alarde de sus dotes artísticas.

            Mientras acompañaban en sus labores a los buzos de la cooperativa pesquera, lograron imágenes sorprendentes de abulón, langostas, pepinos y estrellas de mar en su medio natural. En una de las dos inmersiones que hicieron también pudieron grabar lobos marinos alimentándose de un enorme cardumen de sardinas y una hembra de elefante marino con su cría.

            La fascinante transparencia del agua que rodea a Guadalupe permite que los rayos solares penetren a profundidades considerables, favoreciendo la fotosíntesis de la abundante vida vegetal que existe en el lecho costero. Grandes extensiones cubiertas de pastos marinos e impresionantes bosques de algas gigantes, son la principal característica subacuática de la zona.

            Aunque las imágenes mostraban lo que había sido uno de los mejores buceos de todo el viaje, para los documentalistas lo más interesante del día fueron los relatos de los pescadores sobre tiburones blancos; aterradoras experiencias con esos temibles escualos, a los que ocasionalmente encuentran mientras realizan su trabajo.

            El tiempo de estancia en Guadalupe resultó insuficiente para todos; en general coincidimos que un día más era necesario para conocerla mejor. Pero por desgracia a esas alturas del viaje el cronograma de Ray no permitía ningún ajuste y con mucho pesar tuvimos que conformarnos con lo poquito que vimos de ese maravilloso lugar.

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