Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 21, martes 3-05. Isla Guadalupe


Ilustración:Víctor Busteros

Esa mañana recibimos la visita de personal del apostadero de la Armada de México en Guadalupe, el cual tiene sus instalaciones en un lugar denominado Campo Sur, una península explanada precisamente al sur de la isla y a poca distancia del sitio en el que habíamos anclado. Como siempre, los efectivos de la Marina hicieron una breve inspección, revisaron los permisos y dieron indicaciones; dos de ellas restricciones que resultaron muy mala noticia para la expedición.

            La primera era que no se podría utilizar el helicóptero para sobrevolar la isla y sus alrededores. Asimismo, los buceos quedaron condicionados a la compañía de algún guía autorizado por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP).

Pese a la contrariedad, Ray no se desanimó y de inmediato nos puso a trabajar en la reseña histórica y geográfica de Guadalupe. Mientras tanto, los documentalistas y naturalistas, acompañados de Juan, se apresuraron a desembarcar para hacer un recorrido por tierra.

 A diferencia del atolón de Clipperton y el archipiélago de Revillagigedo, algunos investigadores dicen haber encontrado en Guadalupe indicios de presencia humana precolombina. Sin embargo, tal teoría todavía es débil, ya que se basa principalmente en leyendas de la tradición oral de algunas tribus norteamericanas.

            Aunque es probable que los primeros europeos en avistarla hayan sido los miembros de las expediciones de Juan Rodríguez Cabrillo, del pirata Drake o inclusive de alguna nao que pasó cerca; el descubrimiento oficial de la isla se le atribuye a Sebastián Vizcaíno, marino, militar y hombre de negocios. Un respetado personaje español de principios del siglo XVII que realizó en varias ocasiones la travesía Acapulco-Manila-Acapulco y que además es reconocido como uno de los primeros exploradores del Mar de Cortés y la costa occidental de Baja California.

            Guadalupe se encuentra a 260 kilómetros al oeste de la península de Baja California; su centro geográfico se ubica en los 32 grados, 24 minutos, 22 segundos, latitud  norte, y los 117 grados, 14 minutos, 36 segundos, longitud oeste. Es una cadena volcánica de relieves abruptos que se extiende a lo largo de 35 kilómetros, con una variación de anchos entre los 5 y 10 kilómetros. La superficie total de la isla es de alrededor de 244 kilómetros cuadrados y aunque en las partes altas hay algunos reductos boscosos, la mayor parte es pedregosa y semidesértica. Su costa es acantilada, sobre todo en la parte norte, donde hay paredes con alturas superiores a los 800 metros. La máxima elevación insular corresponde a un monte denominado Augusta, situado en el tercio norte y que tiene una altura de 1298 metros sobre el nivel del mar.

            Políticamente, Guadalupe le pertenece al estado de Baja California, en específico al municipio de Ensenada; con el cual, a través de la Armada de México, mantiene comunicación permanente vía aérea y marítima.

            Al igual que el resto de las islas oceánicas de México, resulta difícil encontrar información histórica sobre Guadalupe; paradójicamente es más fácil encontrar datos antiguos de ella en el extranjero, la mayoría recabados por cazadores y exploradores que alguna vez la visitaron.

            No obstante su aparente esterilidad, Guadalupe alberga ecosistemas únicos, con uno de los mayores endemismos insulares de plantas y aves de toda Norteamérica. Sin embargo, esa riqueza se ha visto severamente afectada por la intromisión humana, la cual por desgracia ya ocasionó la pérdida irreparable de varias especies.

El principal problema ambiental de Guadalupe inició hacia finales del siglo XVIII, cuando cazadores rusos instalaron campamentos peleteros para procesar la carne, aceite y pieles de nutrias, focas, lobos y elefantes marinos que mataban en los alrededores. Todo parece indicar que aquellos forasteros introdujeron ganado caprino (Capra hircus) para proveerse de carne y leche durante sus largas estadías. Indefensa ante los arrasadores herbívoros exóticos, la peculiar vegetación insular se vio vulnerada y al menos una docena de especies vegetales endémicas se extinguieron y muchas más se encuentran en peligro. Las cabras devoraron la poca vegetación existente y desde entonces impiden el desarrollo de los también endémicos bosques de cipreses, pinos y encinos, así como de unas singulares palmas de abanico, pues se comen sus renuevos apenas germinan. La pérdida de cubierta vegetal también ha generado erosión y la desecación de varios manantiales. 

            Durante el siglo XIX, los pescadores, buscadores de guano y balleneros también llevaron perros, gatos e introdujeron ratas y ratones de modo fortuito; mamíferos depredadores que han afectado catastróficamente las poblaciones de muchas aves. De hecho, la mayoría de las especies insulares, endémicas de México, que se reportan extintas, corresponden a Isla Guadalupe. Entre ellas se encuentran el caracara de Guadalupe (Polyborus lutosus), el petrel de Guadalupe (Oceanodroma macrodactyla), el  chivirín cola oscura (Thryomanes bewickii brevicauda), el pájaro carpintero de Guadalupe (Colaptes auratus rufipileus) y el toquí pinto (Pipilo erythrophthalmus consobrinus). En la actualidad hay otras aves de la isla que están al borde de la extinción, como es el caso del junco de Guadalupe (Junco insularis), el gavilancillo colorado (Falco sparverius guadalupensis), el gorrión de Guadalupe (Carpodacus mexicanus amplus) y el reyezuelo (Regulus calendula obscurus).

            En 1875, el botánico inglés Edward Palmer exploró la isla y la consideró un paraíso biológico, ya que durante su estadía de tres meses descubrió por lo menos treinta plantas y once especies o subespecies de aves nunca antes vistas. Por desgracia, algunos de los especímenes que colectó no se han vuelto a encontrar desde entonces.

            El deterioro que ocasionan las especies exóticas ha sido de tal magnitud que a mediados del siglo XX el explorador y cronista de Baja California, Fernando Jordán, describió a la isla como un “cementerio biológico”.

            En Guadalupe no hay mamíferos terrestres autóctonos y es de destacarse la posible ausencia total de reptiles y anfibios, situación que resulta difícil de creer por las grandes dimensiones y variados microclimas que posee.

            En cuanto a insectos, arácnidos y otros bichos, todavía hay pocos estudios, pero se sabe que existen más de cien especies nativas, de las cuales al menos quince son endémicas, muchas de estas son caracoles terrestres que igualmente se han visto afectados por la depredación, sobre todo por parte de los roedores.

            A lo largo del año la temperatura del océano en torno a la isla se mantiene entre fresca y fría, ese factor es la principal razón por la cual los ecosistemas marinos del lugar son tan diferentes al del resto de las islas mexicanas. Igualmente se presenta un elevado endemismo subacuático, con mayor frecuencia entre moluscos y algas de aguas someras. Hay espectaculares bosques de kelp gigante, abunda la sardina (Sardinops saga), el atún blanco (Thunnus germo), la salmoneta (Pseudupeneus dentatus) y por supuesto no faltan las grandes langostas y el exquisito abulón (familia Haliotidae)

            Tal riqueza congrega diversidad de aves marinas y es propicia para la presencia de cuatro especies de pinnípedos: la foca común (Phoca vitulina), el elefante marino del norte (Mirounga angustirostris), el lobo marino de California (Zalophus californianus californianus) y el endémico lobo fino de Guadalupe (Arctocephalus townsendi). A su vez, las colonias de estos mamíferos marinos atraen a los más temibles depredadores del mar: la orca y el tiburón blanco (Carcharodon carcharias).

            A propósito, en los últimos años Guadalupe se ha convertido en uno de los mejores destinos del mundo para observar al legendario tiburón blanco. Durante el otoño, decenas de científicos y cientos de turistas, la mayoría provenientes del puerto de San Diego (California), visitan la isla con la esperanza de bucear en compañía de estos impresionantes escualos, dentro de jaulas protectoras por supuesto.

            Durante el siglo XIX, flotas balleneras de diferentes nacionalidades arrasaron la zona y como antes mencioné, no únicamente mataban grandes cetáceos, también cazaron miles de pinnípedos y nutrias marinas (Enhydra lutris), animales que en aquella época eran muy codiciados por sus finas pieles y aceites.

            La despiadada cacería prácticamente exterminó a la nutria marina, al elefante marino y al lobo fino de Guadalupe. Este último, una especie rara, descrita en 1892 por el estadounidense Charles H. Townsend. En aquel entonces únicamente quedaban unos cuantos ejemplares y poco después no se volvieron a ver y se le consideró extinta, pero en 1926 el zoológico de San Diego (California) sorprendió a los científicos cuando presentó dos especímenes vivos, mismos que habían sido capturados por pescadores, precisamente en Guadalupe. Con los años aparecieron más lobos finos en la isla y desde entonces la especie se recuperó paulatinamente. En la actualidad se estima que su población total ronda los 7 mil individuos.

            La historia de la simpática nutria marina es similar. Hasta principios del siglo XIX era muy abundante desde Alaska hasta Guadalupe, pero fue cazada casi hasta la extinción. Por fortuna, gracias a unos pocos ejemplares sobrevivientes y a que desde 1910 el gobierno estadounidense prohibió su captura, la especie se ha recuperado y en años recientes ya se han reportado avistamientos en México, uno de ellos en Guadalupe.

            La primera vez que el gobierno mexicano reconoció la riqueza ecológica de la isla y actuó para preservarla, fue en 1922, durante el gobierno del presidente Álvaro Obregón, quien la decretó Parque Nacional. Sesenta años después, durante la gestión de Miguel de la Madrid, se le dio la categoría de Reserva Especial de la Biosfera y más recientemente, en el sexenio de Vicente Fox, se le asignaron los estatus de Área Natural Protegida y Reserva de la Biosfera. 

            El grupo de expedicionarios que había desembarcado regresó por la tarde, todos excepto Jim, Sato y Juan, quienes lograron contactar a un buzo abulonero autorizado por la CONANP, que podría fungir como su guía de buceo y que además los invitó a conocer su campamento; el cual se sitúa en la costa occidental de la isla, en un lugar conocido como Campo Oeste, donde viven aproximadamente 30 familias de pescadores.

            Al abordar, los naturalistas inmediatamente empezaron a platicarnos lo que habían observado durante su breve estadía en la isla. Sus narraciones continuaron durante el resto de la tarde y a medida que lo hacían aumentó el interés por ver las imágenes que traerían los documentalistas, pues según dijeron, habían logrado buenas fotografías, entre ellas la de un ave terrestre endémica y otra marina que no habíamos visto antes.

            Al anochecer, se acercó una panga de pescadores con los documentalistas, cargaban dos misteriosos costales que despertaron mucho interés entre los expedicionarios. Al descargar su contenido supimos por qué regresaban tan contentos. Eran deliciosas langostas y abulones que le habían comprado a su anfitrión. Desde luego los biólogos dedicaron unos minutos a examinar los suculentos frutos de mar y enseguida, Pachi, ayudado por Sato, preparó una rica botana de abulón que degustamos mientras se exhibían las imágenes del día.

            La sesión inició con una serie de fotografías que tomó Jim de los islotes Adentro y Afuera, imágenes que sirvieron para aclararnos porqué también son conocidos como islotes Toro y Zapato; realmente no es necesaria mucha imaginación para distinguir esa similitud morfológica. A continuación vimos fotos de otros aspectos geológicos, en ese contexto Richard explicó:

            La edad de la isla se estima entre 7 y 8 millones de años y aunque no cabe duda que su origen es volcánico, en la actualidad no hay actividad evidente. Aparentemente su formación se debe al surgimiento de dos enormes conos volcánicos que en coalición emergieron desde el lecho oceánico a 4 mil metros de profundidad. Uno de ellos es el monte Augusta, situado en la porción norte, y el otro es el monte Picacho, al sur.
           
También vimos fotos de las instalaciones del apostadero de la Marina, el cual cuenta con alrededor de un centenar de elementos que custodian el territorio insular y el océano adyacente. Este destacamento forma parte de la Segunda Región Naval, con base en Ensenada (Baja California).

            A continuación vimos imágenes de un inmutable albatros de Laysan posado sobre el suelo pedregoso en un sitio próximo al apostadero, un pájaro de gran envergadura que le debe su nombre a la Isla de Laysan, ubicada en la parte occidental del archipiélago hawaiano. Asimismo vimos fotos de varias aves captadas con una lente telescópica, entre ellas un par de pajarillos que Diana cree eran gorriones mexicanos de Guadalupe, una subespecie endémica que lamentablemente está al borde de la extinción.

            Por último vimos fotos de las instalaciones de la cooperativa de pescadores en Campo Oeste, o Tepeyac, como también le llaman. Las imágenes mostraban grandes congeladores atestados de langosta, abulón, pepino de mar, atún y otros peces pequeños. Durante su visita, Jim y Sato conocieron a varios abuloneros y gracias a ello consiguieron que los invitaran a bucear al día siguiente, motivo por el cual, al término de la exposición fotográfica se fueron a dormir, ya que debían madrugar.

            El resto de los expedicionarios permanecimos compartiendo historias que habíamos leído o escuchado sobre la isla:

            Si bien no era frecuente, de vez en cuando alguna Nao de China visitaba Guadalupe. Se sabe que los marinos novohispanos, obligados por las circunstancias propias de la larga travesía desde Asia, exploraron la isla y así descubrieron al menos media docena de manantiales, muchos de los cuales actualmente ya no existen a consecuencia de la deforestación. Igualmente es probable que sobrevivientes de naufragios hayan alcanzado Guadalupe y en ella se quedaron hasta que murieron o fueron rescatados.

            A lo largo del perímetro costero de la isla existen indicios de antiguos visitantes, entre otros se encuentran cruces labradas en las piedras y acantilados, asimismo hay una gran roca con los nombres de barcos y capitanes que ahí estuvieron. Hay también vestigios de construcciones circulares, que en tiempos recientes han causado polémica entre muchos investigadores. Los más conservadores refieren que dichas ruinas corresponden a campamentos de esquimales aleutianos, traídos por los rusos en el siglo XVIII para procesar la carne, pieles y aceite de los mamíferos marinos que cazaban en las inmediaciones. Y otros, los más aventurados, dicen que esas ruinas podrían ser mucho más antiguas, inclusive precolombinas, pues hay varias leyendas, tanto aleutianas, como de otras tribus de Canadá, que hablan de una isla sureña, a la cual viajaban los guerreros durante el invierno para cazar ballenas y focas.

            Toshi Tanaka tenía sorpresas reservadas para los mexicanos y cuando tuvo oportunidad mostró un mapa de Guadalupe, realizado poco antes de la Guerra del Pacífico por el organismo de inteligencia dependiente de la Marina Imperial Japonesa. En ese mapa se señalan con mucha precisión aspectos topográficos, puntos de desembarque y también algunos manantiales de agua dulce que se ubican en la parte central de la isla. Pero había un detalle que me llamó la atención:

            ¿Y la pista de aterrizaje? Pregunté.

            Esa la construyeron los gringos meses después contestó Tanaka.

            Y añadió:

Cuando los estadounidenses se sintieron amenazados, inmediatamente ocuparon todas las islas mexicanas que podrían ser tomadas por el Japón y claro, Guadalupe era una magnífica plataforma para que la Marina Nipona lanzara un devastador ataque sobre las bases navales norteamericanas en California.

            Con la explicación de Toshi me vino a la mente lo que, no hacía mucho, había leído en un viejo libro titulado: “Carniceros de las bolsas grandes”. Una narración anecdótica de un mexicano que fue reclutado por el ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial y que logró llegar a ser miembro del prestigiado cuerpo de paracaidistas en Europa. En dicho libro, el protagonista cuenta que durante su entrenamiento estuvo como radio operador en una isla cercana a su base en California, lugar donde, para no aburrirse, se “divertían” disparándole a los elefantes marinos. Una atrocidad que probablemente ocurrió en Guadalupe.        

            Por alguna razón esa noche no pude conciliar el sueño y tuve que soportar dormitando el nada melodioso concierto de ronquidos de mi querido compañero. 

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