Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 19, domingo 1-05. Rocas Alijos

Ilustración: Víctor Busteros

Durante la madrugada el bamboleo del barco aumentó significativamente; sin embargo, ya nadie se mareó y eso fue una gran ventaja, porque a la mañana siguiente el mar estaba encrespado por el viento y el oleaje. Otra vez se trataba de un frente frío, que por desgracia nos alcanzaba en el peor momento, ya que sus efectos harían imposible acercáramos a Alijos y por supuesto los documentalistas tendrían que cancelar su anhelado buceo.

            Por la bravura del océano, el capitán dio la orden de que nadie saliera a cubierta y eso decepcionó bastante al grupo. A pesar de ello, Ray y Maurice le solicitaron permitiera que únicamente los documentalistas salieran para hacer tomas de las rocas, y aunque tal petición no le agradó mucho, accedió, siempre y cuando lo hicieran de forma segura. Entonces Jim, Sato y Paul subieron a la cubierta de proa, equipados con traje de buceo, cuerdas, chaleco salvavidas y sus cámaras submarinas.

            Mientras ellos hacían lo suyo, el resto tratábamos de localizar Alijos a través de las ventanillas. Al principio no vimos nada, pero cuando el barco cambió de dirección aparecieron las tres rocas principales del escollo, las cuales además de estar mucho más cerca de lo que todos esperábamos, eran azotadas por una impresionante marejada que creaba una escena soberbia.

Era sorprendente el gran número de aves marinas que volaban sobre las rocas sorteando el temporal. Obviamente Diana, la ornitóloga, y los demás biólogos estaban encantados tratando de identificarlas; entre ellas había pájaros bobos enmascarados y fragatas. Pero lo que más llamó nuestra atención fue una parvada de vistosas golondrinas de la variedad conocida como gallito marino (Sterna antillarum browni), especie endémica de California que, para no variar, se encuentra en peligro de extinción.

De acuerdo al atlas de taxonomía de Diana, los gallitos marinos son animales que habitan en ambientes costeros y por ello su presencia en Alijos resultó totalmente inesperada. No obstante, también se trata de un ave migratoria, que quizá tenga el hábito de hacer incursiones mar adentro para alimentarse.

            Las labores de los documentalistas demoraron bastante, situación que contribuyó a estresar mucho más al siempre nervioso capitán Pichard, que cada vez que el barco era sacudido por el oleaje se quejaba con el tolerante Aceves. Y no era para menos, en algunos momentos el barco dio tumbos y se inclinó tanto, que más de alguno temió se hundiría.

            Por fortuna, los osados fotógrafos regresaron antes de que Pichard perdiera la paciencia, aunque eso sí, no se salvaron de una fuerte reprimenda por caminar mojados en los pasillos interiores del barco.

            Alijos es un conglomerado de rocas que se extiende en una área aproximada de un kilómetro cuadrado, destacándose tres farallones espigados: el mayor en el extremo sur del escollo, con alrededor de 34 metros de altura sobre la superficie del mar, otro ligeramente menor ubicado al norte y en medio de ambos, uno pequeño con un perfil caprichoso, que desde cierto ángulo asemeja la proa de un galeón hundiéndose. Rocas Alijos igualmente es la cúspide de un volcán extinto que emergió desde el lecho oceánico y aunque no hay mucha información al respecto, seguramente fue descubierto desde finales del siglo XVI por navegantes españoles y por supuesto, muchos piratas también conocían su ubicación. De hecho, una de las mejores descripciones del lugar la hizo en 1704 nuestro viejo conocido el capitán John Clipperton, quien seguramente utilizó las rocas como referencia para hacer de las suyas.

            El nombre Alijos describe muy bien lo que los marinos españoles temían del distante escollo y es que literalmente la palabra significa cargamento de contrabando, oficio que en la época colonial era propio de la piratería.

            Luego de varias horas de incesante bamboleo y la ruptura de algunas piezas de loza que cayeron de los anaqueles de la cocina, Ray aceptó que no valía la pena esperar más, ya que el clima podría no mejorar en días; entonces le pidió al capitán que continuara rumbo a Isla Guadalupe. El barco, que nunca se detuvo, de inmediato enfiló hacia el norte, sin darnos oportunidad de ver por última vez las rocas del escollo.

            La distancia entre Alijos y el extremo sur de la isla Guadalupe es un poco menor a 216 millas náuticas (400 kilómetros), trayecto que, en condiciones marítimas óptimas, el Albatrus podría cubrir en menos de 15 horas. Obviamente no era el caso, por ello nos resignamos a un viaje largo y tortuoso. Pero la mar es impredecible y a tres horas de haber iniciado la travesía, paulatinamente la marejada perdió fuerza y antes del anochecer las condiciones habían cambiado tanto que parecía navegábamos en una laguna. Esa tarde resultó hechizante: un haz de luz se filtró por el cielo nublado durante la puesta de sol, además un grupo de delfines de costados blancos (Lagenorhynchus obliquidens) acompañaron al barco hasta que cayó la noche.
           
En la cena, Jim y Sato exhibieron el video de la familia de ballenas que habían filmado la mañana del día anterior cuando el barco se alejaba de la costa. Se trataba de ballenas grises (Eschrichtius robustus), otra especie que estuvo muy cerca de la extinción y que, aunque parezca extraño, gracias a medidas tomadas por el gobierno mexicano se ha recuperado significativamente.

            Antiguamente en el mundo existían tres grandes grupos de ballena gris: el primero en el Pacífico Occidental, el segundo en el Pacífico Oriental y el tercero en el Atlántico Norte, éste último se extinguió hacia finales del siglo XVII, presuntamente por la cacería de la que era objeto. Actualmente el grupo del Pacífico Occidental es muy reducido; la única población que se mantiene con un número de individuos relativamente abundante es la del Pacífico Oriental, que es precisamente la que visita costas mexicanas para aparearse y parir a sus crías.

            Un lugar de vital importancia para la ballena gris del Pacífico Oriental es el complejo lagunar Ojo de Liebre y Guerrero Negro, ubicado al interior de la Reserva de la Biosfera del Vizcaíno, en Baja California Sur, ya que ahí las hembras de la especie paren a sus ballenatos y los crían durante los primeros meses de vida. Consciente de lo anterior, en 1972 el gobierno del presidente Luis Echeverría declaró a la zona Refugio de Ballenas, convirtiéndola así en el primer santuario ballenero del mundo, el cual ha contribuido a preservar una especie que en los años cuarenta estuvo al borde de la extinción, víctima de una despiadada e insostenible cacería, principalmente por parte de Japón y Rusia.    

            La ballena gris mexicana es el mamífero que realiza la migración más larga en tiempo y distancia. Todos los años, durante seis meses, viaja alrededor de 16 mil kilómetros, desde el frío Mar de Bering en el Ártico, hasta las tibias aguas de Baja California y viceversa. Son animales de hasta 15 metros de largo y 20 toneladas de peso, se distinguen por el color grisáceo de su piel, salpicado de pequeñas manchas blancas; además tienen la curiosa costumbre de emerger de forma vertical hasta la altura de sus aletas pectorales y mantenerse así por breves períodos para observar a su alrededor.

            En las imágenes logradas por los documentalistas, aparecían tres especímenes adultos y uno pequeño, nadando en dirección norte, probablemente de vuelta al Ártico. La verdad si no hubiera sido por Marcela, Ramón y Jim, muchos no hubiéramos sabido de qué especie se trataba.

            Durante la expedición, además de ballenas, también identificamos seis tipos de delfines, incluidas las orcas. En ese sentido, la experiencia compartida por nuestros compañeros biólogos fue muy enriquecedora, pues desde entonces me resulta más sencillo identificar a los cetáceos que ocasionalmente logro avistar.

            Al terminar la exhibición del video, los presentes aprovechamos que el barco prácticamente no se movía y organizamos un divertido torneo de pingpong que nos mantuvo despiertos hasta altas horas de la madrugada.

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