Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 18, sábado 30-04. Marea de fondo


Luego de mi habitual baño nocturno, me tiré en la cama y, rendido, dormí de corrido hasta el amanecer. Cuando desperté supe que el barco ya había reiniciado la travesía por el característico ruido; me levanté y salí en búsqueda de mis compañeros. Durante el trayecto hacia el comedor percibí cómo el Albatrus se movía otra vez de modo inusual, cabeceando de proa a popa. Supuse que había mala mar y cuando pude asomarme por una de las ventanillas del pasillo me di cuenta que no me equivocaba, la superficie del océano parecía un lomerío.


            En el comedor encontré al primer oficial Aceves anotando en el pizarrón de informes el nuevo huso horario (una hora menos), mismo que entraría en vigor a partir de nuestro arribo a Alijos. Le pregunté por los demás y me contestó que nuevamente había una crisis de mareados. Apenas terminó de decirlo y comencé a sentirme mal. Tratando de no ser evidente, salí a la cubierta de proa, donde Jim y Paul guardaban su cámara de video tras haber hecho varias tomas de una familia de ballenas. A pesar de que respiré aire fresco y fijé la vista en el horizonte, aumentó mi malestar; así que discretamente entré al barco y regresé a mi cabina para ingerir cuanto antes el medicamento anti-mareo, pero cuando abrí la puerta apareció Juan al borde del vómito y tal escena hizo empeorar aún más mi condición. A toda prisa saqué el Dramamine de la maleta y sin gota de agua tragué una pastilla completa, luego salí de nuevo a la cubierta e hice todo lo posible por controlarme, pero ya era demasiado tarde, abatido me uní a un nutrido contingente de expedicionarios y tripulantes vomitones, que ante la mirada vigilante del médico de abordo, que por cierto también padecía el mismo mal, depusimos desde la baranda de popa los resquicios de los otrora deliciosos tacos dorados de pescado. Ya imaginarán el triste espectáculo.     

            Alijos es un grupo de rocas volcánicas que sobresalen a la superficie del mar, lejos de la plataforma continental. Se ubican en las coordenadas 24 grados, 57 minutos, 4 segundos, latitud norte, y 115 grados, 44 minutos, 50 segundos, longitud oeste; a unos 300 kilómetros de la costa occidental de la Baja Sur, aproximadamente a 345 millas náuticas (640 kilómetros) al noroeste de Cabo San Lucas. La navegación hasta ese lugar en condiciones normales nos llevaría alrededor de 20 horas; sin embargo, el capitán informó que retrasaría nuestro arribo para coincidir con el amanecer del día siguiente.

            Ese trayecto del viaje siempre lo recordaré como una de mis peores experiencias y es que vomité tanto que hubo momentos en los que sentí no lo superaría; además me dejó como secuela una mayor intolerancia al olor del diésel quemado.

            Caída la tarde, el mar se apaciguó y casi todos recobramos parcialmente la salud. Aprovechando que la mayor parte del grupo continuaba recostado en la cubierta de popa, combatiendo la deshidratación con agua de limón; Juan narró otras historias que conocía acerca del Galeón de Manila. Debo comentarles que bajo tales circunstancias sus relatos causaron mayor impacto y es que en general todos estábamos tan sensibles, que eso sin duda nos hizo entender mucho mejor lo difícil que debió haber sido la experiencia de navegar en La Nao de China.

            Imagínense a bordo de uno de aquellos frágiles galeones de madera, sobrecargado, a expensas del viento, las corrientes marinas, las frecuentes tormentas, acechados por piratas, navegando durante meses con una reducida ración de víveres y para colmo, mareados sugirió Juan.

            En efecto, los viajes de La Nao de China eran bastante penosos, principalmente por el tiempo que llevaba la descomunal travesía oceánica. El viaje de ida, es decir, la navegación de Acapulco a Manila, en promedio requería de tres meses y su partida se programaba entre marzo o abril para que la llegada a Filipinas no coincidiera con la época de tifones. En cambio, el tornaviaje Manila-Acapulco tardaba no menos de cinco meses y se emprendía entre julio y agosto para evitar la temporada ciclónica en el Pacífico mexicano.

            El viaje normalmente lo realizaban dos barcos que se acompañaban a lo largo de la ruta y para tal empresa los pasajeros y tripulantes debían abastecerse de mucha agua, la cual guardaban en barriles de madera; así como todo lo que pudieran llevar de carne seca, cereales, cítricos, frutas deshidratadas e inclusive animales vivos, como gallinas, cabras e incluso vacas, las cuales sacrificaban y consumían a medida que iban agotando sus reservas de alimento. De hecho, es muy probable que el ganado Cebú, una raza vacuna muy común en América Latina y que es originaria de Asia, llegara a México precisamente en alguna nao que tuvo la suerte de realizar el tornaviaje en un tiempo menor.

            Por múltiples motivos, muchos viajes del Galeón de Manila demoraban más de lo normal en llegar a Acapulco y cuando eso sucedía, eran de esperarse tragedias a bordo. Pero también hubo naos que nunca llegaron a destino y de las que nunca nada se supo.

            Juan platicó que en una ocasión, luego de muchos meses de estar perdida, apareció una nao navegando a la deriva. A bordo se encontraron los esqueletos de sus tripulantes y un par de gatos que quizá sobrevivieron alimentándose de alimañas y de los restos de quienes habían sido sus amos. Un auténtico barco fantasma que, después de todo, cumplió su cometido al traer las mercaderías asiáticas hasta América.

            Como antes, los interesantes relatos de Juan resultaron una magnífica terapia que sirvió para olvidar el mal día y al caer la noche, prácticamente todos pudimos cenar algo ligero antes de irnos a la cama.

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