Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 17, viernes 29-04. Camino a la península

La Flota del Tesoro

La mañana siguiente desperté tarde y lo primero que hice fue revisar mi teléfono celular para ver si había señal, pero aún estábamos fuera del área de cobertura. Si bien había mantenido comunicación con la familia por medio del Internet, luego de 17 días de viaje añoraba escuchar las voces de mi esposa e hijos, de modo que impaciente esperaba que ese endemoniado aparato, al que cada vez más personas se subordinan, empezara a funcionar. Durante el almuerzo me di cuenta que no era el único, algunos expedicionarios también portaban sus celulares y de cuando en cuando les echaban una mirada para ver si ya funcionaban. Ante aquella penosa escena de humanos esclavizados por un artificio electrónico, Ray comentó:

            Olvidé decirles que en el barco contamos con un teléfono satelital, con el cual se pueden hacer llamadas desde cualquier parte del globo terráqueo y que está disponible para quien desee usarlo, pero eso sí, les pido moderación porque su costo de operación es bastante oneroso.

            ¿Bromeas? Preguntó Marcela.

            Sí Marce, es bastante caro hacer llamadas con ese cacharro le dijo Ray.

            No me refería a eso. Lo que quiero saber es si realmente tenemos derecho a usarlo en cualquier momento de la expedición aclaró Marcela.

            Por supuesto, de hecho es un servicio incluido en el contrato de arrendamiento del Albatrus. El que quiera usarlo, basta que lo solicite a Ferdinan y él les indicará cómo hacerlo explicó Ray en tono inocente.

          ¿Pero por qué coño no lo habíais dicho antes? Reprochó gruñón Ramón.

            Bueno, como nadie preguntó al respecto, pensé que era mejor usarlo solamente en caso de emergencias y también para evitar problemas de horarios, turnos, etcétera finalizó el díscolo jefe de expedición.

            Ya se imaginarán la reacción de los allí presentes cuando nos enteramos que cada miembro de la expedición tenía derecho a hacer una llamada semanal de cinco minutos. Obviamente los más molestos fueron los expedicionarios que abordaron en Panamá, una semana antes que nosotros.

            A medida que nos aproximábamos a la península de Baja California, aparecieron de nuevo aviones surcando el cielo y aumentó el tráfico marítimo, principalmente de yates y uno que otro pesquero. Al mediodía Ray y Maurice se reunieron conmigo en la cubierta de proa y juntos vimos cómo se acercaba un buque carguero repleto de contenedores multicolores, el cual navegaba en dirección sureste, probablemente con destino al Puerto de Manzanillo.

            Observándolo con sus binoculares, Ray exclamó en tono irónico:

            ¡He ahí la nueva Nao de la China!

           Lo dirás de broma, pero ese barco va atiborrado de fayuca china comenté.

            ¿Qué es fayuca? Preguntó Ray.

            Así llamamos en México al contrabando expliqué.

            Ray bajo los binoculares, me miró y de pronto corrió al interior del Albatrus.

            Sorprendido le pregunté a Maurice: ¿dije algo malo?

            E igualmente extrañado, sólo encogió los hombros.

            Instantes más tarde, Ray regresó acompañado de Jim cargando una de sus cámaras. Apresuradamente se abrieron paso hasta la punta de proa y grabaron al carguero pasando a la distancia. Después Ray se acercó y relajadamente me dio las gracias.

           ¿De qué? Cuestioné sin saber a qué se refería.

            De darme una magnífica idea para el documental respondió.

            Pero ¿cuál idea? Repliqué.

            Que el contrabando de La Nao aún existe culminó.

            Atentos a nuestro diálogo, el resto de los argumentistas coincidieron en que el actual proceso de globalización, sin duda, revivió antiguas rutas comerciales con Asia, e igual que en el pasado, además del comercio legal existe un importante tráfico de mercancías ilegales o contrabando, que aunado a la injusta fusión de mercados, ha propiciado, por un lado, que los países pobres sobreexploten sus recursos naturales con terribles consecuencias ambientales, y por el otro, que cada vez más países sufran elevadas tasas de desempleo, ocasionadas por los precios sin competencia de los productos asiáticos que invaden sus mercados internos. Aparentemente la República Popular China, hoy convertida en la fábrica del mundo, es la nación más beneficiada con la apertura comercial mundial; pero igual que ocurrió en los tiempos de La Nao de China, ese éxito está basado en la explotación de su pueblo. La triste realidad es que los únicos beneficiados, en ambas épocas, han sido grandes capitales distribuidos entre un puñado de familias que lamentablemente son insaciables y abusan de su poder económico para enriquecerse todavía más.

            A propósito del tema, Juan aprovechó para referirse a otras coincidencias y curiosidades. Para empezar platicó que los occidentales, equivocadamente, hemos menospreciado la capacidad náutica de los antiguos pueblos asiáticos. Explicó que, a lo largo de la historia, los marinos chinos, coreanos y japoneses se han destacado como notables navegantes y constructores de embarcaciones, por ello no es extraño que hoy en día muchos de los más prestigiosos astilleros del mundo se encuentren en Asia.

            En la época colonial, la excelente calidad y bajo costo, tanto de la manufactura como de los materiales para construir barcos mercantes, llevó a los empresarios novohispanos a establecer astilleros en Filipinas, en donde experimentados carpinteros de origen chino construyeron las resistentes naos, las cuales eran capaces de realizar la travesía oceánica más larga del mundo. De hecho, mucho antes que los europeos llegaran a la región, los chinos ya habían construido barcos cinco veces más grandes que las carabelas de Colón, embarcaciones que podían hacer viajes de varios meses sin reabastecimiento.

            En relación a lo anterior, estudios arqueológicos recientes, basados en intrigantes dibujos plasmados en porcelanas Ming, han generado controvertidas hipótesis que pretenden colocar a los chinos del siglo XV como los verdaderos descubridores de América, al menos setenta años antes de que lo hiciera Cristóbal Colón. La verdad es que durante el período de Zhu Di, tercer emperador de la Dinastía Ming, China contaba con la Flota del Tesoro”, misma que se componía de cientos de enormes navíos, los más grandes de la época, que indiscutiblemente habrían podido realizar viajes oceánicos, inclusive a lo ancho de los 16 mil kilómetros del Pacífico. Sin embargo, a la muerte de Zhu Di y siguiendo la retrógrada tradición de reescribir la historia, minimizando los logros de su antecesor, el nuevo emperador ordenó desmantelar los barcos de la flota y destruir los documentos relacionados a la misma, surgiendo así una leyenda que hoy en día alimenta toda clase de especulaciones.

            Aunque la información sobre la Flota del Tesoro es escasa, se sabe que zarpó por primera vez en 1405, comandada por el legendario almirante Zheng He, quien a lo largo del Pacífico asiático y el Indico, exploró activamente para subyugar comercialmente a los pueblos del mundo, algo muy similar a lo que ocurre actualmente. La sobrada capacidad tecnológica de aquellos navíos y las supuestas evidencias cartográficas encontradas en porcelanas de la época, han servido de aliciente para que algunos investigadores sugieran que dicha flota pudo haber bordeado el Cabo de Buena Esperanza (África), para luego cruzar el Atlántico hasta las costas de Brasil (América). Otros investigadores han ido mucho más lejos al sugerir que los exploradores chinos lograron cruzar el Pacífico hasta la costa americana.

            También vale la pena mencionar que cerca de la ciudad de Casma, en la costa central de Perú, existe un complejo ceremonial conocido como Cerro Sechín, correspondiente a la civilización Chavín, de aproximadamente 4 mil años de antigüedad, donde se han encontrado varios monolitos grabados, que según investigadores de ese país, contienen un simbolismo extraordinariamente semejante a la mitología china del I-Ching.

            Durante la charla, Toshi hizo una reflexión muy válida al recordar que no hace mucho, cuando se sugirió que navegantes vascos y vikingos llegaron a América antes de 1492, igualmente se le consideró una idea descabellada. Sin embargo, hoy esa hipótesis es una realidad irrefutable. Y continuó explicando que la Contracorriente Ecuatorial de Urdaneta era conocida en Japón desde tiempos inmemoriales como Kuro Siwo (Río Negro en japonés), y ya que ésta fluye a una velocidad de hasta 3.5 nudos (6.5 km/hr) desde la costa oriental de China hasta el Cabo Mendocino, al norte de California, no se debe descartar la posibilidad de que navegantes asiáticos hayan llegado a América en épocas precolombinas. Aunque reconoció que tal vez nunca pudieron encontrar el camino de regreso para revelar su grandioso descubrimiento, pues la mayoría de las leyendas niponas que se refieren al Kuro Siwo, advierten que cuando los marinos eran atrapados por su furiosa corriente desparecían para siempre.

            Prueba de lo anterior podría ser el Hombre de Kennewick, un esqueleto humano de 9300 años de antigüedad --al menos mil años posterior al deshielo del Estrecho de Bering-- descubierto apenas hace una década a orillas del río Columbia en el estado de Washignton (EUA), una región no muy lejana del Cabo Mendocino. Este hallazgo resultó desconcertante para los científicos, ya que las características antropológicas del individuo no corresponden a los indígenas norteamericanos; sorprendentemente sus rasgos son muy parecidos a los de un pequeño grupo étnico caucásico, conocido como Ainu, el cual habita desde tiempos inmemoriales en la parte septentrional de Japón.

            Otra evidencia que fortalece la teoría de marinos asiáticos traídos a América por la Corriente Kuro Siwo la encontramos en la Bahía Sebastián Vizcaíno, en el extremo noroeste del estado de Baja California Sur. El lugar preciso se llama Playa Malarrimo, famosa por la gran cantidad de objetos raros que ahí han aparecido: botellas, jarrones, tablones, lámparas, partes de embarcaciones, entre otros artículos asiáticos, que desde hace siglos sorprenden a propios y extraños.

            En conclusión, y en apego a la hipótesis tradicional, el verdadero descubrimiento de América debe atribuírsele a las tribus nómadas, las cuales en efecto eran asiáticas y que hace 14 mil años cruzaron el puente congelado que se formó durante la última glaciación sobre el Estrecho de Bering, para luego internarse en el nuevo continente. No obstante, el gran mérito de Cristóbal Colón fue descubrir América para el resto de la humanidad. Lo demás, por lo pronto y mientras no se compruebe, seguirán siendo conjeturas aventuradas, que eso sí, motivan una fascinante pregunta: ¿qué habría sucedido si los chinos se hubieran adelantado a los europeos en la conquista de América? Lo único seguro es que el continente se llamaría diferente.

            Los biólogos, además, mencionaron que la Contracorriente Ecuatorial o Kuro Siwo también es conocida por la relación que guardan con ella algunas especies marinas, destacándose la tortuga amarilla o caguama (Caretta caretta), misma que ha recibido acertadamente el mote de “Embajadora del Pacífico” por realizar una de las migraciones más largas en el mundo animal, ya que cruza el ancho Pacífico, desde las islas de Okinawa en Japón hasta el Mar de Cortés en México.

            La interesante plática continuó durante el almuerzo y mucho después, hasta que el celular de Paul empezó a sonar. De inmediato tomé el mío para cerciorarme si ya estábamos dentro del área de cobertura, al comprobarlo llamé a casa y a la oficina para enterarme cómo iban las cosas por allá. Luego salí a cubierta y alrededor de la una de la tarde divisamos tierra.

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