Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 16, jueves 28-04. San Benedicto

Ilustración: Víctor Busteros

A las cinco de la mañana desperté con el característico ruido y bamboleo de la navegación, prendí la luz y me di cuenta que Juan ya no estaba en la cabina, entonces aproveché para revisar mis correos electrónicos y luego salí a cubierta, donde encontré a varios compañeros observando las estrellas y charlando sobre ovnis; otra de las especialidades de Juan.

            La oscuridad de aquella madrugada permitía ver un cielo pletórico de luceros y en el horizonte se distinguían tenuemente el faro de Socorro y otra luz lejana a babor, tal vez la de algún barco atunero. El ambiente era ideal para que Juan se explayara con sus fantásticas narraciones y por supuesto lo hizo. Durante un buen rato mantuvo a la concurrencia bastante entretenida; sin embargo, fue Peter quien contó la historia más sorprendente.

            Resulta que nuestro amigo contramaestre ha sido marinero toda su vida y por ello dice haber presenciado fenómenos lo suficientemente raros para creer en los ovnis:

          Durante las noches de navegación se puede ver de todo en el cielo, desde las inconfundibles estrellas fugaces hasta lo que según me han dicho son satélites artificiales, y de vez en cuando también aparecen cosas que difícilmente podrían explicarse. Pero cuando no hay más testigos que uno mismo, es preferible guardar silencio, porque en este oficio las burlas de los compañeros pueden ser muy molestas.

            Y continuó:

           Hace unos años trabajé en una naviera que cubría la ruta Hamburgo-Nueva York y viceversa; en uno de tantos viajes, justo cuando nos encontrábamos a la mitad del Atlántico, yo hacía el segundo rondín nocturno revisando los contenedores en la cubierta superior de carga; de pronto escuché un estruendo sobre mi cabeza, algo similar al ruido de un relámpago, enseguida miré al cielo y vi una luz muy brillante que bajó lentamente hasta la superficie del mar, donde permaneció estática y luego se hundió iluminando brevemente bajo el agua. De inmediato me dirigí al puente para dar aviso a mi superior, quien por fortuna también había presenciado el extraño suceso. Creyendo que un avión había caído al océano, el oficial procedió a despertar al capitán del barco para que se hiciera cargo. No obstante, luego de que lo verificara repetidamente con la guardia costera y ésta lo desmintiera, nos llevamos una fuerte reprimenda.

            Cuando Peter terminaba de narrar su anécdota, empezó a clarear y gradualmente fue apareciendo el contorno gris de San Benedicto, última isla del archipiélago, ubicada en las coordenadas 19 grados, 18 minutos, latitud norte, y 110 grados, 49 minutos, longitud oeste; aproximadamente a 407 kilómetros al sur-suroeste de Cabo San Lucas.

            San Benedicto mide 4.3 kilómetros de largo por 2.5 de ancho, tiene una superficie de alrededor de 6 kilómetros cuadrados y tres estructuras principales, con las características típicas de los conos volcánicos: el López de Villalobos, el Herrera y el Bárcena, este último la mayor elevación de la isla, con una altura de 332 metros sobre el nivel del mar.

            La costa, en extremo agreste y relativamente poco erosionada, así como la ausencia de vegetación y las grandes coladas de lava petrificada que corren hasta el mar, evidencian actividad volcánica reciente y de grandes proporciones. De hecho, el volcán Bárcena es uno de los más jóvenes del mundo, pues apenas nació en agosto de 1952, en medio de un proceso eruptivo que se prolongó cerca de un año y que causó una catástrofe ecológica, que eliminó por completo la vida insular, incluida una pequeña ave endémica conocida como matraquita de San Benedicto (Salpinctes obsoletus exsuls), especie que desde entonces no se ha vuelto a ver y por consiguiente ha sido declarada extinta.

            En cuanto al descubridor de San Benedicto, todo parece indicar que también fue Hernando de Grijalva (1533), ya que desde Socorro es posible divisarla a simple vista. Aunque es importante mencionar que algunos historiadores atribuyen el descubrimiento a Ruy López de Villalobos (1542), que se dice fue quien la nombró Anublada”, aludiendo a las nubes que la cubrían por la intensa actividad volcánica de la isla y que probablemente la mantuvieron oculta a los ojos de Grijalva.
 
Acercarse a San Benedicto implica riesgos, pues está rodeada de arrecifes rocosos que podrían ocasionar el encallamiento del barco, por tal motivo el Capitán tomó la decisión de permanecer fuera de la zona de peligro utilizando el ancla virtual. Así entonces, el Albatrus se posicionó más o menos a una milla náutica al sur de la isla. 

          En el ámbito del buceo deportivo, San Benedicto goza de fama mundial por sus mantarayas diablo (Manta birostris), imponentes gigantes que suelen iteractuar amistosamente con los visitantes. Una experiencia fabulosa que año con año atrae a cientos de turistas.
           
Ya que esa misma noche zarparíamos rumbo a Cabo San Lucas, los documentalistas empezaron a trabajar tan pronto se detuvo el barco. Obviamente uno de los principales objetivos de la expedición era obtener imágenes de las también conocidas como mantas gigantes del Pacífico. Para ello Jim, quien había estado en San Benedicto pocos meses antes y sabía perfectamente dónde encontrarlas, organizó tres inmersiones: la primera en la que sólo bajaría con Sato para lograr mejores tomas y las siguientes con quien quisiera acompañarlos. Por su parte, Paul y Terry se harían cargo de las imágenes aéreas, sobrevolando la isla en el Eol.  Mientras ellos se preparaban, el resto del equipo aprovechó para desayunar.

            Todavía no salía el sol y la siempre dispuesta tripulación ya se apresuraba a alistar los botes para los documentalistas. En el comedor, los geólogos le manifestaban al Primer Oficial su interés por desembarcar. Aceves, renuente les explicaba que las autoridades del Sub-sector Naval le habían advertido que dicha maniobra era peligrosa y que por ello no la recomendaban; pero insistieron tanto, que lograron la autorización del capitán para intentarlo junto con Peter y Jean, los lancheros más experimentados.

            En punto de las ocho de la mañana, el helicóptero emprendió el vuelo. Luego los documentalistas, acompañados por Cardan, abordaron uno de los botes para dirigirse a un sitio conocido como Boiler Rock, donde Jim esperaba encontrar a las grandes mantas. Los geólogos, en otro bote, enfilaron a una especie de playa pedregosa, ubicada al sur de la isla. En eso estábamos, cuando Marcela, que se encontraba en el lado opuesto de la cubierta, gritó:

            ¡Las mantas, las mantas!

            Todos corrimos para ver de qué se trataba y al asomarnos por la borda pudimos ver, casi al ras de la superficie, a media docena de esos majestuosos animales, dos de los cuales parecían darle la bienvenida al barco, pues permanecieron a su lado durante varios minutos haciendo piruetas. De inmediato Aceves le informó a los documentalistas, pero estos decidieron no regresar, ya que también habían sido recibidos por el distinguido comité de bienvenida.

            Las mantas de San Benedicto parecen disfrutar de la presencia humana, son extremadamente amigables con los buzos y algunas inclusive son identificadas con nombres que los prestadores de servicios turísticos les han dado. Sin embargo, no hace mucho, los dóciles gigantes eran cazados indiscriminadamente por los despreciables pescadores furtivos, que se aprovechaban de su mansedumbre. De hecho, en alguna ocasión que el ex-secretario de Gobernación, Santiago Creel, visitó el archipiélago, pudo atestiguarlo personalmente y quizá gracias a ello se ha reforzado la vigilancia para detener la salvaje e ilegal matanza.

            El entusiasmo por bucear se acrecentó a medida que transcurría la mañana, pero pronto se vio opacado con el arribo de dos yates turísticos, uno de ellos el mismo que ya habíamos visto en Roca Partida y otro que provenía de Los Cabos.

           ¡Qué mala suerte!Exclamamos con desilusión.

            Por fortuna uno de los barcos únicamente circundó la isla y luego continuó su viaje rumbo al norte.

            Antes de las once de la mañana, los documentalistas regresaron platicando maravillas de su inmersión. Sin ningún preámbulo y con la esperanza de llegar antes que los turistas del barco que había llegado de Los Cabos, los buzos del Albatrus subimos a las lanchas para dirigirnos al Boiler Rock. En el punto de inmersión nos lanzamos todos juntos e iniciamos el descenso. Casi de inmediato empezaron las emociones: primero una familia de delfines nos dio la bienvenida y detrás de ellos un par de mantas con su elegante combinación en blanco y negro, y su intimidante envergadura superior a los cinco metros. Particularmente me impresionó el tamaño de las rémoras (Remora remora) adheridas en cada uno de sus lóbulos frontales, y además el numeroso séquito de peces que nadaban bajo ellas, alimentándose de los pequeños animalitos que parasitan su piel.

            Contrariamente a lo que esperábamos, los dos magníficos ejemplares nos ignoraron y pasaron de largo. Decidimos continuar sobre el lecho marino que estaba tapizado de algas y gorgóneas. Apreciamos gran cantidad de estrellas y pepinos de mar, además de langostas, morenas de diferentes especies y multitud de peces multicolores. De pronto, una sombra nos hizo mirar a la superficie, era una gran manta que volaba describiendo círculos sobre nosotros; paulatinamente el majestuoso animal descendió y se aproximó hasta donde varios pudimos acariciarlo. Luego llegaron dos más, una de ellas pequeña y muy simpática, pues varias veces hizo una serie de maromas verticales frente al grupo de buzos. Evidentemente intentaba decirnos algo, quizá era su forma de saludar a los extraños visitantes o tal vez únicamente retozaba presumiendo su destreza. De cualquier forma nos sentimos afortunados de que esos seres, tan diferentes a los humanos, nos recibieran con increíble hospitalidad.

            El resto del buceo permanecimos con las mantas, que por su comportamiento supusimos eran una familia. Igualmente tuvimos la oportunidad de observar más animales, desde una solitaria manta-raya águila (Aerobatus narinari) hasta los siempre entrometidos tiburones sedosos.

            Cuando se nos terminó el aire, emergimos extasiados por la experiencia y muy agradecidos con los gentiles gigantes. Al abordar los botes, nadie ocultó su júbilo e hicimos planes para un nuevo buceo tan pronto fuese posible.

            De regreso en el barco, buscamos a los documentalistas para platicarles lo que habíamos visto; sin embargo no los encontramos, pues junto con Jean Pierre, el médico de a bordo, fueron en auxilio de los geólogos. La tripulación nos informó que Didier había sufrido un percance.

            Desde el barco vimos al Eol haciendo maniobras sobre el delta de lava ubicado al sureste de la isla. Terry, el piloto, no tardó en dar la mala noticia:

            Didier cayó en una grieta y aparentemente se fracturó una pierna.

            Además, explicó que era muy riesgoso tratar de rescatarlo con el helicóptero, por ello el médico optó por ir hasta el lugar del accidente para inmovilizarlo y luego traerlo de vuelta en un bote.

            Minutos más tarde, Peter informó por radio que estaban listos para trasladar al herido, entonces la tripulación colocó una canastilla en la grúa y luego la pusieron casi a ras de agua. Cuando llegó la lancha con Didier, varios hombres lo pusieron dentro de la canastilla y de inmediato lo subieron a la cubierta del barco. Aunque bastante aporreado, el geólogo francés estaba consciente y muy molesto por lo que le había ocurrido.

            Jean Pierre, Ray y el capitán lo llevaron hasta la enfermería y permanecieron con él a puerta cerrada. El ambiente de preocupación se prolongó por bastante tiempo, todas las actividades se interrumpieron en espera de información sobre la salud de nuestro compañero. Algunos incluso llegamos a pensar que la expedición había terminado.

            La incertidumbre terminó cuando Ray salió de la enfermería con el parte médico: Didier probablemente había sufrido una fractura en la pierna derecha y múltiples contusiones en el resto del cuerpo. Sin embargo, su estado general no era grave y por tal motivo el médico consideró que no había necesidad de cambiar el itinerario, sobretodo porque la siguiente parada programada de la expedición era Cabo San Lucas, lugar donde el accidentado podría ser llevado a un hospital.

            La noticia cambió el ánimo general y a las cuatro de la tarde una docena de buzos, a bordo de tres lanchas, regresamos a Boiler Rock en búsqueda de las cautivadoras mantas. En el bote restante, los biólogos Diana, Marcela y Ramón hicieron un recorrido alrededor de la isla.

            Durante la nueva inmersión solamente encontramos una manta, que por desgracia no fue tan amigable como las anteriores, pero a pesar de ello vimos bastantes tiburones; de hecho, los documentalistas captaron con sus cámaras un temible tiburón tigre (Galeocerdo cuvier), que sigiloso merodeaba a la distancia. En fin, el que fue nuestro último buceo en Revillagigedo igual resultó magnífico.

            Cuando apenas subíamos a los botes, los biólogos se acercaron para platicarnos que habían visto un lobo marino (Zalophus californianus californianus). Jim de inmediato pidió que le indicaran el lugar del avistamiento y en las cuatro lanchas todo el grupo se dirigió al extremo norte de San Benedicto en búsqueda del inusual visitante de la isla, mismo que encontramos posado sobre una roca próxima a la costa. Efectivamente, era un león marino de al menos 300 kilogramos, repleto de cicatrices que denotaban una vida de fieros combates.

            Es probable que se trate de un animal viejo, que fue expulsado de su colonia en la península de Baja California refirió Marcela.

            Suele suceder que cuando los machos dominantes pierden la batalla ante un joven desafiante, son despojados de su harén y obligados a alejarse de la colonia. Esos individuos algunas veces se exilian en lugares muy lejanos, donde viven en total soledad agregó Jim.

            Al escuchar las explicaciones de mis compañeros, recordé una salida de pesca durante la cual también vimos a un león marino de California en las cercanías de Puerto Vallarta (Jalisco), aunque en aquella ocasión creo que se trataba de un ejemplar joven.

            Quizá también los jóvenes son desterrados de sus colonias cuando fracasan en el intento de destronar a los machos dominantes sugerí.

            Es posible respondieron Marcela y Jim, ambos con mucha experiencia en mamíferos marinos.

            La puesta de sol nos sorprendió cuando aún observábamos al viejo pinnípedo bigotón y de triste mirada; así que tuvimos que emprender el retorno al barco, ya que nos esperaban para pasar lista.

            Esa noche en el comedor nos acompañó el accidentado, quien como ya se imaginarán fue objeto de bromas, algunas por cierto bastante pesadas. No obstante, a Didier no le molestaron y la alegre convivencia continuó hasta que el Capitán se presentó para avisarnos que partiríamos en la madrugada.

            Cabo San Lucas se ubica a 216 millas náuticas (400 kilómetros) al norte-noreste, por tal motivo el viaje duraría alrededor de 15 horas. Aceves además informó que no entraríamos a puerto, así que quienes quisieran desembarcar lo harían en los botes.

            Antes de zarpar, y como ya era costumbre, los mexicanos subimos a la cubierta de popa para contemplar en la oscuridad lo poco que todavía podía verse de la isla. En ese momento, más que nunca, los tres nos sentimos sumamente afortunados de haber conocido un poco más de la inmensa riqueza natural de Revillagigedo. Coincidimos que nuestro fugaz paso por el archipiélago fue una experiencia gloriosa, que jamás olvidaremos y que nos invitó a regresar en un futuro para seguir explorándolo, pero sobre todo nos comprometió a preservar ese mágico rincón de México. En un ambiente por demás nostálgico, el barco se puso en marcha y paulatinamente San Benedicto se perdió en la distancia.

            En contraste con la expedición de 1988, esta vez me sorprendió gratamente observar mayor vigilancia en torno a las islas. Pero como también lo pude constatar, todavía falta mucho por hacer para erradicar totalmente la nefasta pesca ilegal y también para controlar mejor las actividades del creciente turismo náutico. Paradójicamente, gracias al narcotráfico se ha fortalecido dicha vigilancia, ya que para nadie es un secreto que la principal ruta de la cocaína a Estados Unidos, pasa precisamente por las inmediaciones del Archipiélago Revillagigedo.

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