Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 15, miércoles 27-04. Último día en Socorro


Cobra marina de Bali
Foto: Elias Levy

Al amanecer, Terry y Paul abordaron el Eol para explorar la costa desde las alturas. Por otro lado, Evelyn, acompañada de Rocío, Toshi, Isidore, Sato, Ray y los geólogos, regresaron a Playa Blanca para observar el estado del coral en aquel lado de la isla y también analizar los supuestos petroglifos. Marc, Ferdinan y Adela desembarcaron para entrevistarse con un grupo de científicos mexicanos que realizaban estudios en la isla. Los demás expedicionarios teníamos todo el día libre, así que Ramón y Marcela organizaron una multitudinaria buceada en la misma Bahía Vargas Lozano.

          Prácticamente bajo el barco, el buceo resultó muy atractivo por el buen estado de conservación del lugar, que además cuenta con abundante y variada vida subacuática. Desde el punto de vista biológico, las islas del archipiélago se distinguen por concentrar una singular mezcla de especies marinas costeras; animales y plantas provenientes del Pacífico Americano Tropical, del Mar de Cortés y hasta del lejano Indo Pacífico.

          Lo más destacado de esa inmersión fue un grupo de enormes langostas y otra serpiente marina que recibió mucha atención de Ramón y Marcela, quienes se acercaron al reptil para observarlo y fotografiarlo; era un ejemplar de una especie diferente a la que habían filmado los documentalistas en Cabo Pearce, pues aunque era semejante en apariencia y tamaño, no tenía los flancos de color amarillo; éste animal, en cambio, tenía anillos amarillos a lo largo de su cuerpo. Tras unos minutos de permanecer casi inmóvil en el fondo, la serpiente nadó con elegancia hacia la superficie y finalmente la perdimos de vista. De vuelta en el barco, Ramón se dijo sumamente sorprendido por haber encontrado esa especie en Revillagigedo, algo que en lo personal me extrañó bastante, pues aunque no con mucha frecuencia, suelo verlas cuando voy a bucear o pescar a la costa de Jalisco.

           ¡Era una venenosísima cobra marina de Bali (Laticauda colubrina)! Exclamó emocionado Ramón.

           En México la conocemos como culebra marina de anillos dijo Juan.

           ¿De qué hablas? Ese animal es del Indo Pacífico respondió enérgico Ramón.

           ¿Entonces qué hace en Socorro? Replicó sabiamente Juan.

          Desconcertado, Ramón no tuvo más remedio que recurrir a sus libros y al Internet para tratar de responder el enigma.

          Mucha de la información requerida, antes y durante la expedición, la obtuvimos a través de Internet. Sin lugar a dudas, gracias a ese maravilloso medio de información y por supuesto también a las computadoras y a los satélites de comunicación, los investigadores de hoy cuentan con herramientas que han revolucionado el estudio científico de campo a niveles que hace un par de décadas nadie hubiera imaginado, y qué decir de la fotografía digital. Cabe entonces reconocer el enorme esfuerzo de los investigadores y exploradores de antaño, que a pesar de no contar con esos prodigios tecnológicos, lograron notables descubrimientos y aportaciones al conocimiento humano.

          A Ramón le tomó por lo menos una hora corroborar que la culebra marina de anillos es exactamente lo mismo que la cobra marina de Bali. Asimismo que su presencia en Revillagigedo de cierta forma se justifica porque en el Pacífico Nororiental se le encuentra en las costas de México y también de Centro América. Su reducida área de distribución de éste lado del Pacífico causó suspicacia en Marcela, quien sugirió una hipótesis por demás interesante:

           Quizás la cobra marina de Bali, al igual que el gecko escorpión, llegó a América a bordo del Galeón de Manila.

          Algo muy probable si tomamos en cuenta que las hembras de ese reptil son bien conocidas en Indonesia y Filipinas porque en la temporada de reproducción salen del mar para poner sus huevos en recovecos, muchas veces dentro de los mismos asentamientos humanos.

           Tal vez la madre colocó sus huevos dentro de las mercaderías que transportó La Nao y una o varias crías lograron sobrevivir la travesía, depredándose entre ellas o alimentándose de lo que encontraron dentro de la bodega hasta que llegaron a Acapulco, en donde pudieron salir del barco por sí mismas u ocultas en la carga expuso Marcela.

          Sin descartar la teoría de su colega, Ramón opinó que otra posibilidad podría ser que hayan llegado sobre restos flotantes de vegetación que arrastró la Contracorriente Ecuatorial, la misma que utilizara Urdaneta para establecer el tornaviaje desde Filipinas.

           Por su parte, Diana fue mucho más lejos cuando propuso lo contrario:

           Tal vez la especie es originaria de América Central e igualmente pudo llegar al Indo Pacífico en ramas que arrastró la Corriente Ecuatorial o a bordo del Galeón de Acapulco.

          Una sola pregunta y tantas posibles respuestas nos dieron mucho en qué pensar, hasta que poco antes de las tres de la tarde regresó el grupo de Playa Blanca.

          La expectación por la opinión de los geólogos respecto a los supuestos petroglifos era tal que no esperamos a que subieran al Albatrus para oír sus conclusiones. De hecho, aún en los botes ya les “llovían” preguntas:

           ¿Y bien? Cuestionó Ray desde la baranda de estribor.

           Yo diría que hay un 90 por ciento de posibilidades de que sí sean marcas hechas por manos humanas respondió con mesura Richard.

          ¿Son letras? Preguntó Maurice.

          —Parecen ser una “C” y por debajo hay una “J”. Además hay indicios de otra marca pequeña al pie de ellas, pero está muy borrosa por efecto de la erosión argumentó Didier.

           ¿Antiguas? Cuestionó Ray.

          —Por la tipografía podrían ser contemporáneas, pero por la erosión que encontramos en los bordes labrados, calculamos que al menos tienen cien años concluyeron los dos geólogos cuando abordaron el barco.

           Qué falta nos hizo un arqueólogo lamentó Ray.

          La avalancha de preguntas, especulaciones e hipótesis continuó durante el resto de la tarde. En ese contexto, mientras redactaba el resumen diario de actividades, comprendí que más allá de su importancia ecológica y territorial, el Archipiélago Revillagigedo es muy valioso por ser campo fértil para la investigación en todos los ámbitos, una verdadera mina de conocimiento que debemos valorar y conservar para las futuras generaciones.

          Antes del anochecer, Adela y los meteorólogos regresaron de un largo día de intercambio de datos con un astrónomo y varios climatólogos mexicanos; igualmente regresaron Terry, Paul y Jim, que amontonados en el Eol habían sobrevolado Playa Blanca y Playa Norte para filmar la puesta de sol. Después de comer, Sato se ocupó de preparar la presentación fotográfica del día y el resto de los expedicionarios descansamos en cubierta, admirando el soberbio paisaje del Evermann, enmarcado por el ocaso. También ayudamos a los tripulantes con los preparativos para zarpar. A las 20:30 horas el capitán y el primer oficial tomaron lista general e informaron que partiríamos a las cuatro de la madrugada.

          La isla San Benedicto, nuestra siguiente parada, se ubica apenas a 32 millas náuticas (59 kilómetros) al noroeste de Socorro, así que el viaje duraría alrededor de dos horas y media.

          Una bella noche engalanó la exhibición fotográfica, misma que incluyó imágenes de la culebra marina de anillos, los petroglifos, muchos paisajes de Playa Blanca, Playa Norte y desde luego las panorámicas captadas desde el helicóptero. Al terminar de ver las fotos cenamos carne asada en cubierta y a las 10:00 p.m., la mayoría nos fuimos a dormir.

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