Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 13, lunes 25-04. Isla Socorro

Ilustración: Víctor Busteros

Entre sueños percibí como el Albatrus reanudó la travesía y luego dormí profundamente hasta que mi subconsciente se encargó de despertarme con un furioso tiburón martillo que subió al barco con la intención de devorarme. Exaltado brinqué de la cama y al hacerlo desperté a Juan, que de inmediato entendió lo que me ocurría.

            Tranquilo compañero, estás soñando dijo.

            Entonces revisé bajo mi cama para cerciorarme que se trataba de una pesadilla y ya más tranquilo se la platiqué a Juan. Él también confesó haber soñado con tiburones.

            Como ya habían transcurrido cuatro horas y media de navegación, decidimos averiguar qué tan cerca estábamos de Socorro. Esa madrugada el barco daba tumbos de modo inusual, lo que nos hizo suponer que había mal tiempo, y así era. Cuando subimos al puente encontramos a varios miembros de la tripulación preocupados. Desde ahí los reflectores de proa dejaban ver cómo fuertes rachas de viento desprendían caudas de agua de las crestas de las olas, situación que aunada a la poca visibilidad creaba un espectáculo intimidante.

            Al vernos en el puente, el primer oficial sugirió regresáramos a nuestra cabina e ingiriéramos la consabida pastilla para el mareo; recomendaciones que desde luego seguimos, no sin antes enterarnos de la ubicación del barco y el origen de la tormenta.

            El capitán había ordenado desviar ligeramente el curso para permanecer lejos de la isla hasta que pasara la borrasca, por ello todavía nos encontrábamos relativamente lejos de Socorro. De acuerdo al informe del clima, el temporal se debía a la presencia de un frente frío débil, combinado con una corriente de chorro que arrastraba humedad del oeste. Pese a todo, los meteorólogos de a bordo pronosticaron que durante el transcurso de la mañana el clima mejoraría.

            De regreso en la cabina, nos recostamos para tratar de dormir un poco más. Sin embargo, el intenso ajetreo nos mantuvo despiertos, hasta que una hora después el bamboleo disminuyó notablemente.

            Quizá el barco salió de la zona de tormenta dijo Juan mientras lo constataba por la ventanilla.

            Intrigados, decidimos regresar al puente para averiguarlo, y efectivamente, la tormenta había quedado atrás. En ese momento empezaba a clarear, lo que permitió ver un mar todavía crispado; pero el Albatrus navegaba a mayor velocidad y ya no se movía como antes. Más tranquilos bajamos al comedor, en donde encontramos a buena parte de los expedicionarios, que igualmente no habían podido dormir. Tomamos un poco de café y ahí permanecimos charlando en espera de que nos informaran cuando la isla estuviera a la vista.

            Alrededor de las 7:30 a.m., Pichard avisó por los altavoces que ya podíamos salir a cubierta, pero el viento de esa nublada mañana era bastante frío y por ello, luego de ver la silueta gris de Socorro, regresamos al interior del barco.

            La isla Socorro se ubica en las coordenadas 18 grados, 47 minutos, latitud norte, y 110 grados, 58 minutos, longitud oeste; a 703 kilómetros al oeste de Manzanillo y 466 kilómetros al sur-suroeste de Cabo San Lucas. Es la mayor del archipiélago y de hecho, mucho más grande de lo que la mayoría de los mexicanos se imaginan, pues pocas veces se le incluye en los mapas de México. Tiene una superficie de casi 132 kilómetros cuadrados, distribuidos en un largo máximo de casi 17 kilómetros por 15 y medio de ancho. Desde lejos se distingue fácilmente por una montaña central conocida como Evermann, que tiene una altura superior a los 1040 metros sobre el nivel del mar y que es la parte superior del cono volcánico que le dio origen a la isla.

            Isla Socorro fue descubierta en el año 1533 por el explorador Hernando de Grijalva, quien obedeciendo a la tradición de bautizar los nuevos territorios con el nombre correspondiente al santoral, la nombró Santo Tomás. Sin embargo, en aquella época la recién anexada posesión resultó de poca importancia para los intereses de la Corona Española e igualmente permaneció olvidada, hasta que en 1608 el buscador de tesoros Martín Yáñes de Armida la rebautizó con el nombre actual, en honor a su esposa, quien solía acompañarlo en sus viajes de exploración.

            En efecto, Yáñes y otros aventureros creían que la isla había sido visitada esporádicamente por bucaneros, entre ellos Sir Francis Drake, el célebre corsario inglés del siglo XVI; de quién había muchos mitos y leyendas que decían había escondido tesoros en el archipiélago.
 
En 1793, un navío español que buscaba piratas tomó prisionero al capitán James Colnett, otro inglés que, al ser capturado, elaboraba mapas y recolectaba especimenes botánicos y zoológicos en la isla. Fue llevado a San Blas (Nayarit), en donde permaneció en prisión hasta que el Virrey de la Nueva España, Juan Vicente Güemes Pacheco y Padilla, Segundo Conde de Revillagigedo, ordenó liberarlo, pues consideró que sus intenciones eran meramente científicas. En agradecimiento, Colnett nombró al archipiélago como hoy se le conoce.

La independencia de México y la suspensión definitiva de los viajes del Galeón de Manila, significaron un mayor abandono de las islas, que no obstante se convirtieron en destino de innumerables expediciones científicas extranjeras, destacándose las del barón Alexander Humboldt, el capitán Edward Belcher y el ornitólogo Andrew Jackson Grayson.

            Fue hasta 1861 que el presidente Benito Juárez expidió el decreto que otorgó a Colima la concesión para administrar el archipiélago y un año después ese estado auspició la expedición que dirigió el ingeniero colimense y miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, Longinos Banda; la cual realizó diversos estudios sobre la ecología y geología de las islas.

            Aunque algunas personas náufragos y prisioneros abandonados por piratas debieron vivir en las islas del archipiélago hasta que perecieron o fueron rescatadas; el primer intento por colonizarlas ocurrió en 1869, cuando con la anuencia del gobernador de Colima un pequeño grupo de australianos, encabezados por John Smith, se estableció en Socorro con 25 cabezas de ganado vacuno y 100 ovinos. Las inclementes condiciones de la isla, y sobre todo la carencia de una fuente de agua dulce permanente, pronto cobraron la vida de todos los bovinos y la del mismo Smith. Los frustrados colonizadores se fueron, pero cuando lo hicieron dejaron a la mayoría de sus borregos. Expediciones subsiguientes encontraron que los ovinos del grupo de Smith no sólo habían sobrevivido, también se habían propagado por toda la isla.

            A principios del siglo XX, la California Academy of Sciences efectuó diversas expediciones que estudiaron la flora y fauna del archipiélago, recabando mucha  información. Producto de aquellas visitas, los científicos participantes bautizaron al mayor volcán de la isla como Evermann, en honor a Warton Warren Evermann, director de la academia y principal promotor de las investigaciones en Revillagigedo.

            Posteriormente hubo muchas otras expediciones con diversos objetivos científicos, la mayoría estadounidenses; algunas de ellas, en ruta a las Islas Galápagos, aprovechaban la oportunidad para desembarcar en Socorro y admirar su singular biodiversidad. Igualmente se sabe que el presidente Franklin D. Roosevelt solía visitarla durante sus viajes de pesca.

            En 1954, la Universidad de Guadalajara apoyada por el gobierno del estado de Jalisco, llevó a cabo una nueva expedición mexicana y tres años después (1957) la Armada de México estableció un apostadero e inició la construcción de las instalaciones del Subsector Naval. Se dice que entonces los marinos mexicanos encontraron equipo estadounidense para rastrear satélites, el cual operaba clandestinamente en territorio nacional. Asimismo, y de acuerdo a la información que nos compartió Toshi, también encontraron la pista aérea que construyeron los Marines durante la Segunda Guerra Mundial, quizá en el mismo lugar en el que está la actual.

            En contraste con el color verde grisáceo de Clarión, Socorro luce predominantemente marrón a la distancia. Los geólogos explicaron que esa diferencia se debe a que Socorro se formó mucho después y además a que ha presentado actividad volcánica reciente. De hecho, la última gran erupción del Monte Evermann fue registrada en el año 1848 por la tripulación de un buque inglés que pasaba por allí. Existen además varios volcanes pequeños que rodean al Evermann, los cuales periódicamente presentan actividad. El evento eruptivo más reciente en la isla ocurrió en 1993 y como es de suponerse causó bastante alarma entre el personal de la Armada. En aquella ocasión se detectó actividad volcánica submarina a una milla náutica de la costa, en el flanco oeste del edificio insular.

            A medida que el barco se acercaba a Socorro, empezamos a ver los impresionantes acantilados de su costa. Tal paisaje, combinado con la mañana fría y nublada, resultó familiar para algunos compañeros europeos, quienes coincidieron que la isla les recordaba las costas irlandesas.

            Navegando lentamente, recorrimos todo el litoral de la porción occidental de Socorro hasta Cabo Regla, ubicado precisamente en el extremo sur, que es donde se encuentran las instalaciones del Subsector Naval, un pequeño poblado que alberga alrededor de 150 marinos que, al igual que en Clarión, quincenalmente son abastecidos de agua y alimentos por un barco procedente de Manzanillo.

            Por órdenes del comandante de la isla nos dirigimos a una pequeña ensenada, contigua a Cabo Regla, conocida como Bahía Vargas Lozano, nombrada así en honor al capitán del barco de la Armada de México que llevó la expedición de la Universidad de Guadalajara en 1954. Frente a ese protegido lugar nos detuvimos y la tripulación procedió a fondear el barco.

            Mientras el Albatrus hacía maniobras, me vinieron muchos recuerdos de abril de 1988, mi primera visita a Socorro. En aquella ocasión como parte de la expedición del Club de Buceo Poseidón en el buque Zapoteco.

            Tan pronto se ancló el Albatrus, un grupo de marinos, encabezados por un oficial, subieron al barco para efectuar una nueva inspección; enseguida dieron las indicaciones pertinentes y regresaron a tierra. Ray había planeado permanecer tres días en Socorro para realizar diversas actividades, que obviamente incluían exploraciones terrestres y subacuáticas, de ese modo los científicos y documentalistas tendrían oportunidad de recabar más datos e imágenes de la singular ecología del archipiélago. Por otro lado, los argumentistas buscaríamos evidencia física de antiguos visitantes; de hecho, Ray nos pidió encontrar vestigios, ya fuera de marinos de la Nueva España o de piratas del siglo XVI al XVIII. Personalmente me pareció una misión imposible cuando lo planteó, pero Evelyn y Maurice tenían guardado un as bajo la manga.

            Antes del mediodía, Juan y el primer oficial desembarcaron para entrevistarse con las autoridades de la Base Naval y solicitarles autorización para hacer buceos, recorridos terrestres y sobrevuelos con el Eol. El comandante del Subsector accedió a todas las peticiones, excepto al uso de los vehículos Fourmi, arguyendo peligros. No obstante, puso a disposición de la expedición una camioneta pick-up y además asignó a tres marinos para guiar nuestras exploraciones.

            Por la tarde, aprovechando que el mar había vuelto a la tranquilidad y que el sol brillaba de nuevo, Rocío e Isidore organizaron un buceo al oeste de Cabo Regla, lugar en el que pretendían recolectar muestras de coral para continuar sus estudios. Por supuesto me uní a ellos. En el trayecto a dicho lugar, recordé la experiencia que vivimos justo ahí en 1988, un incidente que bien pudo haber terminado en tragedia, algo muy parecido a lo que ocurre en la película Mar abierto (Open Sea), del 2004, la cual supuestamente está basada en un hecho real.

            Resulta que durante la expedición del Club Poseidón, la comandancia de Isla Socorro, a cargo del contralmirante Manuel Hernández Gordillo, amablemente puso a nuestra disposición dos guías y una lancha ballenera para que nos llevaran a diferentes lugares de buceo. Precisamente cuando nos dirigíamos al litoral noroeste para hacer la primera inmersión, el viejo motor diésel del bote se averió, quedando a la deriva durante más de una hora; por suerte las corrientes marinas nos acercaron a la costa, hasta un sitio donde el ancla alcanzó el fondo. 

            Sin ningún medio de comunicación que nos permitiera solicitar auxilio, uno de nuestros guías tomó la valiente decisión de nadar hasta la isla para pedir ayuda. Equipado únicamente con aletas y visor, el marino se lanzó al mar, cruzó aguas en las que sabíamos había tiburones y escaló las paredes acantiladas de la costa. Mientras la ayuda llegaba, la mayoría decidimos no desaprovechar la oportunidad de bucear alrededor del ancla; así que rápidamente nos equiparnos y entramos al agua.

            Cuando buceábamos, llegaron dos lanchas al rescate: la primera remolcó a la averiada y también se llevó a los compañeros que optaron por no bucear. La otra se quedó para esperarnos; sin embargo, el lanchero desconocía el número exacto de personas que permanecíamos bajo el agua.

            El lugar, aunque somero, poseía un espléndido paisaje compuesto de formaciones rocosas, con manchones dispersos de coral y muchísimos peces en torno a él, condiciones que obviamente nos mantuvieron muy entretenidos. La poca profundidad además ocasionó que consumiéramos menos aire de lo habitual y en consecuencia la inmersión se prolongó bastante. Aproximadamente 40 minutos después de haber entrado al agua empezamos a emerger. Despreocupados echamos un vistazo alrededor y como supusimos que los buzos faltantes se habían ido en las otras lanchas, regresamos al embarcadero. Pero tan pronto llegamos con el resto del grupo, alguien preguntó:

            ¿Y Armando de León?

            Buceaba con Alejandro Gallo respondió otro.

            ¿Y Alejandro?

            Ya imaginarán la expresión de nuestras caras.

            Alarmados, corrimos hacia la parte alta de Cabo Regla, a un sitio desde el cual sabíamos se divisaba el lugar de buceo; al llegar buscamos en el mar y no vimos nada, pero luego los compañeros perdidos aparecieron escalando el acantilado de una caleta en la que hay un barco langostero encallado, en ese momento nos volvió el alma al cuerpo.

            Al reunirnos con ellos, estaban totalmente desconcertados, lo primero que preguntaron al vernos fue:

            ¿Qué les pasó?

            Entonces les explicamos lo ocurrido y después ellos narraron su experiencia.

            El buceo se prolongó durante mucho tiempo y nadie tuvo la precaución de informarle al marino que nos esperaría, cuál era la cantidad exacta de buzos que debía recoger. Sumado a ello, cuando abordamos y le preguntamos por los demás, él dijo haber visto a varios que se fueron en la lancha averiada, situación que nos hizo suponer que los buzos faltantes ya estaban en tierra.

            Por su parte, Alejandro y Armando cometieron el error de mantenerse alejados del grupo, tal vez buceando a menor profundidad, lo cual les permitió durar más tiempo bajo la superficie. Cuando emergieron se llevaron una gran sorpresa al no encontrar ni lancha, ni buzos. Lo primero que les vino a la mente fue que algo malo había sucedido, quizá un accidente había obligado al grupo a regresar de emergencia al embarcadero. Esperaron a que alguien volviera por ellos, pero pasaron los minutos y nada. Sabiéndose vulnerables a las cambiantes corrientes que circundan la isla, y sobre todo a los tiburones, decidieron hacer lo mismo que el temerario marino que horas antes había ido a pedir ayuda. Entonces nadaron hacia la costa, donde tuvieron que hacer todo tipo de peripecias para salir del mar entre la furia de las olas y las afiladas rocas, llevando acuestas su pesado equipo de buceo, que afortunadamente no perdieron.

            Habían pasado muchos años desde entonces y el lugar permanecía tal como lo recordaba. Sin embargo, esta vez el buceo con mis compañeros de la Agencia Ambiental Europea no fue para nada recreativo; de hecho, fue totalmente científico y muy localizado, ya que nos concentramos únicamente en piezas de coral que presentaban secciones blanqueadas. El objetivo era determinar la causa de dicha enfermedad; para ello mis compañeros hicieron toda clase de mediciones, además con los raspadores recolectaron pedacitos de coral muerto y también tomaron muchas muestras de agua para analizarlas. De vuelta en el barco, Rocío e Isidore se dirigieron al laboratorio para ordenar las muestras y realizar algunos análisis preliminares. A Juan y a mí nos interesaba mucho conocer los resultados, así que permanecimos con ellos ayudando en lo posible.

            El blanqueado del coral es probablemente la mayor evidencia de los efectos del calentamiento global sobre los organismos marinos. Ya antes mencioné lo sensible que es este organismo a la variación térmica del agua, condición que como ya sabemos le causa estrés, y si esta es prolongada puede matarlo. Sin embargo, de acuerdo a Isidore, la principal amenaza del coral en Isla Socorro es la sedimentación, la cual es producida por procesos erosivos de los suelos insulares, que a su vez son ocasionados por factores relativos al humano.

            Tanto en Clarión como en Socorro, el ejemplo típico de este factor es la presencia de mamíferos herbívoros, animales introducidos por el hombre que se han propagado en completa libertad de pastoreo. ¿Recuerdan a los borregos de Smith? Muchos científicos los culpan de ser el peor enemigo del coral hermatípico de Socorro. Dichos ovinos, que en alguna ocasión llegaron a sumar más de 5 mil individuos, consumen los pastos, matorrales y raíces de la isla, dejando grandes extensiones de suelo desnudo y vulnerable a las inclemencias del tiempo. Posteriormente basta que llueva un poco para que grandes cantidades de tierra sean arrastradas por los arroyos hacia el mar, ocasionando turbiedad y esta, a su vez, dificultando la fotosíntesis submarina. Además, al depositarse los sedimentos en el fondo, cubren al coral y literalmente lo ahogan. Otro factor erosivo en el archipiélago son los incendios forestales, los cuales suelen ocurrir por descuido del personal de la Marina y también por la eventual actividad volcánica.

            Lo anterior explica porqué entre los conservacionistas hay tanto interés por erradicar, totalmente, a los más de 2 mil borregos que aún viven en la isla de modo feral. Aunque dicha acción, sin duda, afectará a los miembros de la Armada de México, ya que desde 1957 aprovechan el ganado ovino de Socorro para abastecerse de carne.

            Trabajar en el laboratorio recabando datos ocasionó que olvidáramos la hora de comer y cuando nos dio hambre ya era muy tarde. Por fortuna Pachi guardó algo en el refrigerador y pudimos saciar el apetito. También Paul, Jim y Sato llegaron tarde a comer, pues habían filmado en un lugar ubicado en el extremo oriental de Socorro, llamado Cabo Pearce y del cual hablaron maravillas.

            En el comedor también estaban los argumentistas, se encontraban reunidos revisando viejas cartas de navegación británicas en las que aparecía la isla Socorro. En una de ellas, fechada a finales del siglo XVIII, aparecían por lo menos una docena de acotaciones que indicaban lo que supusimos eran puntos de desembarque. Evelyn explicó que en esa época los cartógrafos ingleses solían basarse en bitácoras proporcionadas por aventureros y por supuesto piratas. Entonces, quizá alguno o varios de los puntos señalados en el plano correspondían al sitio de desembarque de algún corsario famoso. Eso nos daba una pista. Maurice mencionó además que era práctica común entre los bucaneros dejar marcas en troncos de árboles o rocas, para así demostrar su siempre cuestionable estadía en las islas.

            Emocionado, me di cuenta que la petición de Ray no era tan descabellada, de inmediato me uní a uno de los dos grupos que se organizaron para buscar en los puntos señalados. Evelyn sugirió que antes debíamos preguntar a los marinos si ellos conocían algún lugar donde existieran tales marcas, pero ya era tarde y acordamos hacerlo por la mañana.

            Como ocurría siempre que buceábamos, esa noche terminé muerto de cansancio, por tal motivo me fui a dormir apenas y oscureció, además tenía el compromiso de acompañar a los documentalistas que deseaban asistir a la ceremonia de honores a la bandera, la cual se realiza díariamente al amanecer en la base naval.

            Era tal mi cansancio, que me quedé dormido cuando me duchaba. Por fortuna el Albatrus cuenta con un sistema economizador de agua que abastece a las regaderas de modo intermitente, así que desperté cuando el agua dejó de salir.

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