Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 12, domingo 24-04. Roca Partida

Ilustración: Víctor Busteros

La mañana siguiente desperté con la luz del sol que entraba por la ventanilla de mi cabina. A pesar de los malos augurios meteorológicos, el día estaba despejado y el mar tan tranquilo que daba miedo. Salí en búsqueda de mis compañeros, quienes tomaban café en cubierta para poder admirar Roca Partida, la cual ya circundábamos lentamente; ya imaginarán por qué. Así es, Jonás nuevamente estaba en el agua sondeando el fondo y haciendo una filmación subacuática ideada por Jim y los geólogos. El ambiente entre los expedicionarios era de mucho optimismo por el buen clima que nos permitiría bucear.

          Roca Partida es un islote rocoso, dividido en dos estructuras elevadas unidas por un camellón, gran parte está pintada de blanco por las excretas de las aves marinas, sus únicos habitantes en superficie. Su extensión es de 91 metros de largo por 45 metros de ancho y su máxima elevación es de 34 metros sobre la superficie del mar. Igualmente se trata de la cúspide de una montaña submarina de origen volcánica que se localiza en las coordenadas 18 grados, 59 minutos, 50 segundos, latitud norte, y 112 grados, 3 minutos, 54 segundos, longitud oeste. Justo en un área en la que confluyen diversas corrientes provenientes de diferentes regiones del Pacífico y Mar de Cortés, las cuales la abastecen de gran cantidad de nutrientes, que a su vez favorecen la concentración de un sinnúmero de especies animales. Al igual que Isla Clarión, Roca Partida fue descubierta oficialmente en 1779 por el navegante español José Camacho.

            Cuando los expedicionarios admirábamos el islote, Aceves salió a la baranda del puente para avisarnos que había algo interesante que ver: aproximadamente a 2 millas náuticas (3.7 kilómetros) al sur de nuestra posición, se encontraba un barco atunero con su helicóptero en vuelo. Usando los binoculares pudimos constatar que realizaba maniobras muy cerca de Roca Partida, lo que nos hizo sospechar que violaba la zona protegida correspondiente al islote. Adela solicitó al capitán Pichard intentara identificarlo para posteriormente denunciarlo ante las autoridades mexicanas correspondientes. Sin embargo, antes de lograrlo, éste se retiró en dirección sur y ya no hubo forma de actuar al respecto.

            Más tarde en el cielo apareció otro helicóptero; al principio todos pensamos que provenía del barco atunero, pero casi de inmediato, Ferdinan aclaró que la aeronave pertenecía a un yate estadounidense que se aproximaba desde el norte. Minutos después arribó la lujosa embarcación, la cual se detuvo frente a Roca Partida. Por sus emisiones radiales, supimos que provenía de San Diego, California, fletada por una excursión de buceo.

            No pasó mucho tiempo cuando otro barco apareció, esta vez se trataba de un moderno interceptor de la Armada de México, procedente de Isla Socorro y con la misión de revisar los permisos de las embarcaciones. Aunque para entonces el atunero había desaparecido, Adela no dejó pasar la oportunidad para denunciarlo; en respuesta el capitán del interceptor prometió que investigarían el hecho y que patrullarían la zona.

            Terminada la revisión de la Armada, la tripulación del yate norteamericano puso en el agua dos botes inflables y casi de inmediato fueron abordados por un nutrido grupo de buzos. De pronto el recóndito farallón estaba muy concurrido.

            En el Albatrus nos sentimos un poco decepcionados, pues sabíamos que mucha gente en el agua podría ahuyentar a la fauna. Jim propuso prepararnos y esperar a que las dos lanchas regresarán al yate para hacer nuestro primer buceo y así lo hicimos.

            Apenas abordé el bote, me invadió una gran emoción, mis experimentados compañeros tenían muchas expectativas de la inmersión que realizaríamos y por supuesto me sentí afortunado de acompañarlos. Tan pronto entré al agua y pude ver bajo la superficie, entendí por qué había tanto interés por el lugar; la concentración de vida subacuática era realmente extraordinaria. 
           
Al iniciar la inmersión la corriente nos arrastraba en sentido contrario al farallón. Por momentos el grupo de buzos parecía dispersarse, continuamos descendiendo y una vez que alcanzamos los 10 metros de profundidad la corriente amainó y pudimos nadar con tranquilidad. Envueltos en el intenso azul de las aguas oceánicas nos dirigimos hacía la roca. En el trayecto Isidore se detuvo y señaló en dirección contraria, al voltear mi corazón se desbordaba ante nosotros apareció el pez más grande del mundo; un colosal tiburón ballena (Rhincodon typus) de al menos 12 metros de largo.

            Con elegante y lenta cadencia, el majestuoso tiburón, que irónicamente se alimenta únicamente de plancton, peces pequeños y calamares, nadó hacía nosotros y luego, muy cerca, nos eludió, retomando su camino rumbo a la roca. Los documentalistas obviamente lo siguieron para fotografiarlo desde todos los ángulos. En lo personal me impresionó el tamaño de su boca, que al menos mide 2 metros y por la cual succiona grandes cantidades de agua para filtrar su alimento.

            Sato, mi pareja de buceo, igualmente fue tras el tiburón, por lo que me vi obligado a unirme al resto del grupo que continuaba nadando hacia el farallón. Metros antes de llegar a la pared, nuevamente nos detuvimos cuando Evelyn señaló en dirección a la superficie; los rayos del sol delataban unas tenues pero familiares siluetas, se trataba de un inmenso grupo de tiburones martillo (Sphyrna zygaena). El desfile de escualos continuó cuando un par de tiburones sedosos aparecieron de la nada y luego un solitario tiburón martillo se acercó a merodear. Además de los escualos, también vimos grandes cardúmenes; desde coloridos cirujanos hasta vigorosos jureles que pasaron por allí. Asimismo observamos varias morenas de diferentes tipos, que amenazantes se asomaban por las grietas de la pared rocosa. Por último, para rematar el espectáculo, una tortuga prieta (Chelonia agassizi).

            Al agotarse el aire de nuestros tanques tuvimos que regresar a la superficie. Maravillados por la experiencia, tan pronto emergimos, todos le propusimos a Jim organizara otra inmersión en cuanto fuera posible.

            Cuando llegamos al Albatrus nos dirigimos a desayunar, en la mesa cada quien platicó sus vivencias durante la magnífica buceada y al hacerlo nos dimos cuenta que algunos habían visto otros animales. Tal fue el caso de Jim y Sato, quienes avistaron un tiburón puntas negras (Carcharhinus limbatus) y una morena de estrellas (Muraena argus). La charla acrecentó el interés por un nuevo buceo y al terminar el desayuno todos regresamos a la bodega para preparar nuevamente los equipos.

            De acuerdo a las lecturas de la computadora de buceo, para no tener problemas de descompresión, debíamos esperar por lo menos 2 horas 15 minutos antes de volver a sumergirnos; así que hubo bastante tiempo para ver algunas de las imágenes que obtuvieron nuestros compañeros documentalistas durante la primera inmersión.

            Uno de los mayores riesgos del buceo con tanques de aire comprimido es un accidente conocido como descompresión, el cual consiste en una sobresaturación de nitrógeno en el torrente sanguíneo. Esto ocurre debido a que durante la inmersión el cuerpo del buzo es sometido a presión por el propio peso del agua, situación que lo hace susceptible a acumular mayor cantidad de nitrógeno que en superficie. Si por algún motivo el buzo emerge sin liberar ese excedente de gas disuelto en la sangre, sobrevendrá una fuga descontrolada de pequeñas burbujas que le causarán graves y dolorosas lesiones. Para evitarlo existen dos métodos: el primero es emerger a la superficie haciendo varias paradas a distintas profundidades (paradas de descompresión), para en ellas eliminar poco a poco el nitrógeno excedente; y el segundo es evitar la sobresaturación mediante el estricto control del tiempo y la profundidad de la inmersión, utilizando tablas de NO-descompresión o computadoras de buceo. En el caso de buceos repetitivos, es necesario dejar pasar un determinado lapso de tiempo (receso de superficie), para que así el organismo elimine naturalmente el nitrógeno acumulado durante la primera inmersión.

            Transcurrido el tiempo de espera regresamos a los botes para hacer la nueva inmersión; curiosamente, la angustia que muchos habíamos experimentado por la presencia de los escualos se había transformado en un ansioso deseo por volver a verlos. De hecho, para entonces únicamente uno de los buzos del grupo portaba bastón espantatiburón y la verdad ya a nadie le importaba.

            Al llegar al lugar de inmersión, nos dimos cuenta que estaríamos acompañados por buzos del barco estadounidense, que en ese momento arribaban en otro bote. A diferencia del descenso anterior, esta vez iniciamos mucho más cerca del islote y desde ese punto pudimos ver una impresionante concentración de erizos de mar adheridos a la pared rocosa, justo por debajo de la línea de superficie, condición que por supuesto desanimaría al más osado explorador que intentase escalar Roca Partida desde el mar.
           
          Así entonces, un numeroso contingente integrado por buzos de ambos barcos iniciamos el descenso con la esperanza de ver más maravillas y así fue, Roca Partida difícilmente defrauda. Al iniciar el recorrido subacuático nuevamente aparecieron los escualos rondando entre grandes cardúmenes de jurel (Caranx lugubris). En aquel tumulto se destacaban los tiburones martillo, que cautelosos nadaban guardando distancia sobre nosotros; y luego, rebasando los 25 metros de profundidad, un evento inusual, una pareja de enormes medregales coronados (Seriola dumerili) se acercaron y durante varios minutos juguetearon alrededor. Por último, cuando subíamos a la superficie, vimos un nutrido grupo de barracudas (Sphyraena barracuda) y entre ellas un ejemplar de dimensiones realmente intimidantes.

            Los al menos 25 minutos que duró el magnífico buceo nos parecieron sólo cinco, por ello, al abordar los botes, Jim propuso convencer a Ray de permanecer un día más en el lugar para continuar disfrutando de su fabulosa vida submarina; pero apenas llegamos al Albatrus y lo sugirió, su respuesta fue un rotundo no, arguyendo que retrasaría los tiempos de la expedición. No obstante, los tres documentalistas insistieron tanto que consiguieron la autorización de bucear una vez más antes del anochecer, pero únicamente ellos. Desde luego muchos nos quedamos con deseos de acompañarlos, pero comprendíamos que para realizar bien su trabajo lo mejor era que bucearan solos.

            Con la tarde libre por delante, busqué a Fermín y Pachi, quienes para no variar pescaban desde la borda del barco utilizando como carnada sobras de comida, sin embargo su primera captura la arruinó un oportunista tiburón; Fermín había logrado atrapar un jurel de buena talla, pero cuando recobraba la línea, el entrometido escualo le devoró la mitad del cuerpo. Frustrados por el incidente, le solicitaron permiso al capitán para pescar troleando en uno de los botes, nuevamente tuve la fortuna de que me invitaran y por supuesto accedí.

            Con tres cañas de pescar y mucha esperanza de obtener la cena, abordamos el bote, nos alejamos un poco del barco, colocamos los curricanes en las líneas y empezamos a avanzar lentamente, circundando a distancia el islote. Aunque era evidente la abundancia de peces por el alboroto que estos causaban en la superficie del agua, después de casi una hora de troleo ninguno mordió el anzuelo, desilusionados enfilamos de regreso al Albatrus, pero como antes mencioné, Roca Partida difícilmente decepciona, aproximadamente a 200 metros del barco la caña de Pachi se retorció y la chicharra de su carrete desbordó la emoción contenida. El señuelo utilizado por el “Cocinero Pescador” era un curricán que él mismo había elaborado con plumas de pájaros bobos de Clipperton, lo cual desde luego le daba mayor valor a su captura.

            Corrieron los segundos y la presa no se dejaba ver

            ¡Tal vez es un tiburón! Exclamé.

            No lo creo dijo el experimentado Fermín, quien recobraba su línea para que no se enredara con la de Pachi.

            Un par de minutos más tarde avistamos un largo y delgado pez, con vistosos tonos azules y verdes. Al principio pensamos que se trataba de algún tipo de barracuda o sierra (Scomberomorus macutatus), pero cuando Pachi lo subió a la lancha nos dimos cuenta que se trataba de otra especie.

            Creo que es un wahoo les dije.

            ¿Un qué? Preguntaron al mismo tiempo.

            Un wahoo reiteré.

            Ya veremos dijo Fermín, quien de su caja de pesca sacó un mazo para rematarlo de un golpe en la cabeza y también una carpeta con cartas de identificación zoológica que contenían infinidad de imágenes y descripciones de peces marinos.

            Efectivamente, en dichas cartas pudimos comprobar que se trataba de un wahoo (Acanthocybium solandri), un tipo de macarela muy apreciada por su rica carne. El ejemplar medía aproximadamente un metro de largo y pesaba 5 kilos. Cabe mencionar que la captura de esta especie es poco frecuente en el litoral mexicano, pero muy abundante en las inmediaciones del archipiélago hawaiano; de hecho, su nombre es una derivación de la palabra Oahu, la isla en la que se encuentra Honolulu. Además se cree que la popular expresión de júbilo wahoo tiene su origen precisamente en la pesca deportiva de estos animales.

            En fin, lo importante es que habíamos conseguido la cena y eso era motivo suficiente para regresar muy contentos al barco, donde ya nos esperaba la comitiva de naturalistas para examinar a la presa. Como siempre, primero lo fotografiaron, luego lo midieron y  por último hicieron una cuidadosa disección para analizar sus órganos internos, pero salvo dos calamares contenidos en su estómago, no hubo nada interesante que ver. Finalizada la inspección por parte de los científicos, Pachi fileteó el pescado; enseguida recogió la cabeza, el espinazo y la piel; y llevó todo a la cocina para prepararlo. Sorprendiéndonos a todos, Juan se ofreció como ayudante y gustoso lo acompañó. Después supimos que su inusual disposición se debía a que quería aprender a cocinar tan rico como él. Los demás permanecimos en cubierta, primero asistiendo a los tres documentalistas que minutos después partieron a bucear acompañados por el Segundo Oficial y más tarde observando a un grupo de aves marinas que se zambullían sobre un banco de sardinas.

            Los buzos regresaron poco antes del anochecer y luego de oír sus impresiones fuimos al comedor, donde nos esperaban unas exquisitas croquetas de pescado, acompañadas de ensalada y puré de papa. Además hubo consomé de pescado, elaborado con la cabeza y espinazo del wahoo.

            ¿Y los filetes del wahoo? Preguntamos.

            Se están marinando en una salsa que Pachi preparó con limón, naranja, aceite de oliva, ajo, cilantro, cebolla, vino blanco, crema de champiñones y otros menjurjes que no pude identificar respondió Juan, el frustrado espía culinario.

            Si bien la velada se prolongó hasta muy tarde, las intensas emociones del día provocaron que la mayoría de los buzos estuviéramos rendidos. Antes de irnos a la cama, el Capitán informó que durante la madrugada reanudaríamos la travesía navegando 63 millas náuticas (117 kilómetros) hasta Isla Socorro.

            En la cabina, antes de dormir, continué platicando con Juan sobre la increíble experiencia que había sido bucear en Roca Partida. También reflexionamos sobre la imponente riqueza natural del lugar, la cual, como pudimos constatar, sigue amenazada por la pesca ilegal y también por el escaso control sobre el cada vez mayor número de visitantes, que por cierto, en su gran mayoría son extranjeros.

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