Libro que describe un México remoto de gran riqueza natural e historia.
ISBN: 978-970-764-960-6

Día 11, sábado 23-04. Último día en Clarión

Gecko o cuija
Foto tomada de Wikipedia

Al cumplir el onceavo día de la expedición, el cansancio comenzó a evidenciarse en muchos de nosotros. En el caso de Adela, que hasta entonces había sido una madrugadora empedernida, se notó cuando esa mañana fue la última en llegar a desayunar. Si bien algunos mostraban signos de fatiga, en general todos estábamos entusiasmados y dispuestos a seguir explorando la isla; sin embargo, después del desayuno Ray y Pichard hicieron un anunció inesperado: esa noche zarparíamos y sólo dos naturalistas, acompañados por Juan, podrían desembarcar para realizar una última caminata. En lo personal la desilusión fue muy grande porque me habría gustado permanecer más tiempo en Clarión, un lugar que siempre soñé visitar. Resignado, ayudé a preparar el argumento sobre la isla Socorro y al terminar busqué qué hacer con Roció e Isidore a quienes hallé justo cuando regresaban de bucear con los geólogos.

            Un poco aburrido, me dirigí a la cubierta de babor, donde Pachi y Peter se distraían con un cordel que lanzaban al agua, de momento creí que estaban pescando, pues observé que en uno de los extremos amarraron un trozo grande de pescado, pero cuando me acerqué y mire hacia abajo... ¡sorpresa! Mis amigos se divertían alimentando a un respetable grupo de tiburones, los cuales tironeaban la carnada hasta liberarla. Para nuestro deleite los animales permanecieron mucho tiempo al costado del barco, consumiendo una buena cantidad de pescado. Más tarde, y sin duda satisfechos, los escualos se alejaron y enseguida muchos peces multicolores se arremolinaron para disputarse los restos de la carnada.

            Alrededor de las seis de la tarde, justo antes del llamado al comedor, regresó el grupo de expedicionarios que habían desembarcado por la mañana, acompañados de los radioaficionados, quienes por fin habían logrado comunicarse con su base. Mientras disfrutábamos del menú también oímos los pormenores de la caminata de los naturalistas. Luego todos salimos a la cubierta de proa, donde para no variar disfrutamos de una bella puesta de sol.

            Ya caída la noche, la tripulación apresuró los preparativos para zarpar, poniendo especial atención en el aseguramiento del helicóptero y los botes inflables, ya que algunos pronósticos meteorológicos alertaban que existía la posibilidad de mal tiempo. Al filo de las 22:00 horas sonó la sirena del barco y reiniciamos el viaje, esta vez rumbo al este-noreste, dejando atrás a la isla mexicana más lejana del territorio continental. Nuestra siguiente parada, si las condiciones climáticas lo permitían, sería Roca Partida, una suerte de farallón situado más o menos a dos terceras partes de la navegación entre isla Clarión e isla Socorro. Dicho lugar es mundialmente famoso por su abundante biodiversidad submarina y por ello muy visitado por expediciones de buceo.

            La distancia entre Clarión y Roca Partida es de 156 millas náuticas (289 kilómetros), así que navegando durante toda la noche llegaríamos al amanecer. El capitán nos informó que si las condiciones resultaban favorables podríamos permanecer ahí todo el día, realizando inmersiones de buceo y haciendo mediciones con la sonda sonar, a la que pretendían instalarle una cámara de video. Aunque no había certeza de hacer el buceo, de inmediato se organizó un grupo al que Adela, Juan y yo nos unimos. Jim, quien había visitado Roca Partida apenas unos meses atrás, se encargó de elaborar el plan de la inmersión, el cual tendría el objetivo principal de apreciar la exuberante biología del entorno subacuático.

            Esa noche, poco antes de irnos a dormir, un fuerte grito proveniente de la sala de estar llamó la atención general; recuerdo que cuando acudí para ver lo que ocurría, encontré a Marcela muy alterada mientras varios hombres buscaban debajo de los sillones.

            ¿Qué pasó? Pregunté.

            ¡Un bicho, un bicho! Gritaba asustada Marcela.

            Lo primero que pensé fue en algo ponzoñoso, quizá un insecto polizón que había picado a nuestra compañera. La situación se tornó bastante confusa porque Jean Pierre, el doctor, llevó a Marcela a la enfermería para revisarla y quienes se quedaron daban todo tipo de explicaciones en diferentes idiomas. Durante varios minutos continuó la incertidumbre, hasta que Peter, sosteniendo algo entre sus manos, dijo haber encontrado al responsable del incidente. Se acercó hasta una mesa y solicitó un recipiente para colocar al bicho agresor de nuestra amiga naturalista. De pronto todo fue silencio; Peter depositó cuidadosamente en el envase a una aturdida lagartija de tono pálido, popularmente conocida en México como cuija o besucona (Hemidactylus frenatus). Preocupados, algunos expedicionarios que no conocían la especie, cuestionaron a Ramón si era ponzoñosa, entonces el biólogo español, que en ese momento observaba detenidamente al ejemplar, levantó la mirada y empezó a reír.

            Ante tal alboroto, el primer oficial Aceves se presentó y solicitó se le informara lo ocurrido, Ramón y Peter le explicaron que mientras se encontraban en el salón viendo televisión, Marcela buscaba algo dentro del estuche de su cámara y repentinamente un animal desconocido saltó del interior y corrió por su brazo escapando detrás de los sillones.

            ¿Pero ese bicho es capaz de causar algún mal? Cuestionó Aceves.

            Claro que no respondió Ramón. 

            El gecko escorpión o cuija es un pequeño reptil inofensivo que habita en zonas húmedas tropicales, se alimenta de insectos y se ha adaptado muy bien a vivir en compañía del hombre. Se caracteriza por su sorprendente capacidad de desplazarse adherido con sus patas-ventosas a superficies lisas, incluso techos. Además, durante las noches emite un curioso sonido, muy semejante al de besos repetitivos y por eso el bien aplicado sobrenombre de besucona.

            Aunque actualmente se distribuye a lo largo de amplias zonas del litoral mexicano, la cuija es una especie exótica, originaria de la isla de Java en Indonesia. Se cree que fue introducida de modo fortuito durante el siglo XVI, probablemente oculta en las mercaderías que transportaba La Nao de China desde Manila. En las islas Revillagigedo se le encuentra con relativa abundancia en torno a las instalaciones navales.

No obstante la inofensiva apariencia de las cuijas, muchos biólogos creen que su presencia en las islas podría estar impactando negativamente a los ecosistemas nativos por sus hábitos depredadores y por ser un potencial vector de enfermedades.

            Minutos más tarde, Marcela regresó al salón y ya tranquila se disculpó por haber reaccionado de esa forma:

            La verdad me asusté mucho porque no pude ver bien al bicho y su modo de andar me pareció el de un escorpión.

            ¿Te mordió? Le preguntó Adela. 

            No, sólo pasó sobre mí contestó.

            Peter le dio el envase en el que estaba la cuija y al verla dijo que la adoptaría como mascota. Luego discutimos el cómo, cuándo y dónde habría llegado ese animalito a la bolsa de nuestra compañera. Surgieron muchas hipótesis, algunas bastantes descabelladas; pero Marcela terminó con las especulaciones cuando recordó que en Clarión vio una cuija en la pared del cuartel y que en ese lugar dejó el estuche de su cámara durante una de las caminatas.

            Seguramente fue allí donde la cuija se alojó en mi bolso concluyó.

            Ramón propuso bautizar a la cuija y por consenso general se decidió que el nombre indicado era Marcelasaurius. Rocío consiguió un viejo contenedor de plástico que le sirvió de habitáculo temporal y Pachi se encargó del alimento: hormigas polizones que vivían en la alacena del barco.

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